«La búsqueda de la felicidad era un derecho inalienable para los padres fundadores, un derecho que nuestras películas han convertido en un artículo de fe enloquecidamente duradero», escribe Manohla Dargis, la jefa del área de crítica de cine del prestigioso New York Times, refiriéndose a la obsesión del cine norteamericano por concluir sus películas con la fórmula del “final feliz”. Esta sentencia, felizmente, no se aplica a A real pain (Jesse Eisenberg, 2024), una película que empieza y termina en el mismo espacio físico –un aeropuerto– y mental –la crisis de un hombre joven–.
David Kaplan (Jesse Eisenberg) y Benji Kaplan (Kieran Culkin) son primos hermanos, jóvenes norteamericanos de alrededor de cuarenta años con un vínculo profundo que los une desde siempre. David es un ordenado trabajador independiente del mundo de la internet, cuya mayor preocupación, y su mayor fuente de felicidad, es su familia, formada por su esposa y su pequeño hijo. Benji es un joven desempleado que no busca trabajo, un espíritu libre que carga con la confusión y el desconcierto de la crisis de los cuarenta años. Ambos acumulan montones de recuerdos de infancia en conjunto, y suelen compartirlos delante de extraños, sin importar cuán incómodo pueda resultar para cualquiera de ellos. Muchos de estos recuerdos involucran a la madre de sus respectivos padres, la abuela Dory, una sobreviviente del Holocausto que dejó como parte de su herencia una suma de dinero destinada a que sus nietos realizaran un viaje por Polonia, su tierra natal. Este es el motivo que reúne a los primos, quienes no se frecuentan asiduamente desde que Benji sufrió una sobredosis con somníferos, un episodio que tiene todo el aspecto de un intento de suicidio. Dispuestos a retomar su vínculo, y a honrar la memoria de su abuela, estos jóvenes invierten la dirección de la diáspora judía, retornando al país europeo en el que más judíos murieron como consecuencia de las políticas genocidas de la Alemania nazi.

Co protagonizada y dirigida por Jesse Eisenberg, la construcción que este hace del personaje de David no escapa al arquetipo del joven ansioso e inteligente que suele representar –aquel personaje que alcanzó su pico con The social network (David Fincher, 2010)–. Sin embargo, desde el comienzo queda claro que la fuerza gravitatoria del film es Benji, personaje por el cual Culkin recibió el Premio Óscar al Mejor Actor de Reparto. En palabras de David, Benji es ese tipo de personas que «iluminan el cuarto al entrar… pero que después se cagan en todo lo que está adentro». La intensidad con la que Benji se relaciona con el entorno, y el grado de “realidad” que exige de los demás, no solo es agotadora sino también propia de un maníaco depresivo. Y si bien la película busca todo el tiempo encandilarnos con este personaje “bigger than life” –quien en más de una ocasión escupe genialidades del tipo: «El dinero es como la heroína para la gente aburrida»–, resulta mucho más interesante observar lo trabajoso que resulta para David estar en compañía de su primo.

Dejando de lado las breves escenas de aeropuerto al comienzo y al final, la mayoría de la película se desarrolla en Polonia, en locaciones reales. Calles, bares, ferias, sitios históricos, y un compilado de hoteles de pocas estrellas que todavía poseen la estética del ex bloque soviético, sirven como decorado para las actividades que los primos realizan como parte de un tour “sobre el dolor” planeado y diseñado por James (Will Sharpe), un sensible guía de turismo británico fanatizado con la historia del pueblo judío. Una pareja de jubilados, una mujer rica recientemente divorciada, y un sobreviviente del genocidio de Ruanda (convertido al judaísmo), completan el grupo al que David y Benji se unen poco después de aterrizar en Varsovia. De más está decir que invertir la única semana que dura este viaje en cumplir el estricto cronograma del tour es una idea de David. Aún así, y como consecuencia lógica de su carácter extrovertido y su desfachatez a la hora de relacionarse, Benji es quien saca más partido del mismo. Desafiando el enfoque basado en datos que James tiene del tour, y confrontando a los otros miembros en ocasiones de forma desagradable, Benji termina por imponer su visión de lo que debería ser un viaje al interior del evento más negro de la historia reciente de la humanidad: un espacio de duelo, ni más ni menos. «Estamos en un tour sobre el Holocausto, Dave. Si ahora no es el momento ni el lugar para llorar, para abrirnos, no sé qué decirte, man», le dice Benji a su primo delante del resto de los viajeros.

Esta intención de Benji, esta forma de encarar el viaje (y su vida en general), es el centro de la película, y choca directamente con las ideas de David. En un pasaje conmovedor, David explica los motivos por los cuales es como es: «Yo parezco estar bien, pero no lo estoy. Simplemente, tomo una pastilla para mi maldito TOC, saben. Y salgo a correr, y medito, y voy a trabajar por la mañana, y vuelvo a casa al final del día y sigo adelante, saben, porque sé que mi dolor no es excepcional, así que no siento la necesidad de, no sé, cargar a todo el mundo con él». La represión del dolor, el entumecimiento de las emociones, ya sea como forma de armar un yo o como estrategia para funcionar socialmente, es lo que Benji pone en jaque. Algo que, si bien no se dice explícitamente, uno entiende que supo absorber de la abuela Dory. Pero lo interesante es que mientras Benji le exige al grupo comprometerse emocionalmente con una historia pasada, la del Holocausto, al mismo tiempo asfixia los atolondrados intentos de David por dejar fluir su verdadero dolor, aquel que siente por el desamparo de su primo. La película, lamentablemente, no termina de ponerse del lado de David –posiblemente porque el mismo Eisenberg está obnubilado con el personaje y la interpretación de Culkin–, y desperdicia la oportunidad de desarmar el caparazón de Benji.
Vale la pena recordar una película que funciona como antecedente directo del personaje de Benji: Igby goes down (Burr Steers, 2002). Este drama olvidado, libremente basado en “El guardián en el centeno”, novela capital de J.D. Salinger que funciona como la punta del ovillo de toda una tradición de historias acerca de la angustia existencial en la primera juventud, está protagonizada por un excepcional Kieran Culkin veinte años menor que el de A real pain. Con una fría y distante Nueva York de fondo, Igby recorre espacios y se encuentra con personajes a los que incomoda radicalmente, solo por decir lo que piensa y obligarlos a revelarse tal cual son. La actuación de Culkin es inolvidable, y aún así tuvo que esperar dos décadas para finalmente obtener el reconocimiento que merece, un triste ejemplo de lo poco que vale el talento en Hollywood.

Finalmente, la virtud de A real pain es la de transmitir con lucidez, haciendo equilibrio entre la profundidad y la levedad, temas que son centrales a la experiencia humana. Y también la de presentar a las nuevas generaciones esa historia que se viene contando desde Noche y niebla (1956), el espeluznante cortometraje documental con el que el maestro Alain Resnais expuso al mundo entero el horror de los campos de exterminio nazi. Porque si una imagen de esta película tiene la posibilidad de perdurar en mi memoria, es aquella de Benji llorando desconsoladamente en el bus luego de haber visitado Majdanek, el campo de exterminio preservado en Lublin. Canalizando el dolor de varias generaciones, manteniendo viva la memoria del horror, despidiéndose finalmente de su amada abuela, Benji hace lo que vino a hacer: sentir.



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