El mono (the monkey) O como aprendí que de tantas muertes, hay un final feliz. 

Sábado 1 de marzo, tuve la oportunidad de ver mí primera película, de lo que puedo considerar de culto actual, en la pantalla grande y no en alguna página o plataforma.

Todo estaba encomendado por un poder superior para que ese día, mí pareja y yo vayamos al cine. Con mis dos hijas con su tía del corazón, conmigo atravesando por un momento de mí vida donde el descontrol no es prioridad ni opción, que mejor señal divina para visitar un shopping y disfrutar de la última función de una película. La señal divina sería un mensaje de Luciana, mí pareja, casi por impulso demostrando sus deseos de salir de la ciudad para “hacer algo”. Mí mente perversa pero también algo conservadora, no procesaba la idea de salir de la ciudad con tan poco presupuesto y con tal improvisación, en otro momento común en mi. Hice todo lo contrario a lo que mís pensamientos del siglo XX me recomendaban y casi como desafiando ese mensaje de mí pareja, le di un si rotundo, que eligiera la pelicula. Tal vez ella no lo esperaba porque automáticamente se tiró para atrás, ahí fue cuando mí consiente se quedó tranquilo y planeo algo, como un choripan en mí ciudad. Esa si hubiera sido una idea de terror, más que el mono, el cual considero más de suspenso ruidoso, donde las sorpresas y sonidos son lo que más asustan. Por suerte, cara de culos que iban y reproches que vienen, pude recapacitar, y luego de un buen corte de pelo pudimos emprender un viaje de 50km al shopping más cercano. Es una ironía que tengo un cine a la vuelta de casa, pero se imaginarán un cine de una ciudad de 120mil habitantes.

23:10 sería la cita, luego de aprovechar un 2X1 en el burger King, tenía algunas otras opciones de película pero ninguna me atraía tanto como la imagen en cartelera de ese primate del cual, tenía muy fresco el recuerdo de verlo en la película de los Simpsons, pero cambiando el redoble por dos platillos.

El mono basada en la historia de Stephen King, adaptada por Osgood Perkins, me pareció una historia que no le sobra ni le falta nada. Rápida, consisa y con todos los ingredientes para captar nuestra atención durante 98 minutos.

El placer entro, más que por mí entendimiento, por mis ojos. Sus visuales muy de los noventa, genera en los fanáticos del cine de Tarantino, Coppola o los hermanos Cohen una satisfacción con solo ver los títulos y la nitidez de la imagen.

Rozando lo absurdo, aún así lo hace parecer algo normal y juega con ese concepto haciéndonos creer que la película se va a ir a la m*** pero se mantiene dentro de los márgenes para que nosotros, los mortales, no nos espantemos ante tales giros que da la historia.

Sin más preámbulos y con una sensación, al igual que cualquier sustancia adictiva, de que no voy a experimentar lo que sentí con esta película nunca o por lo menos, en poco tiempo.

Saludos

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