“La obra fílmica de Romero pertenece más al cinematógrafo que al cine. No creo en la inútil y fatigosa tarea de delimitar una entelequia llamada cine. Eso queda para los puristas y los teóricos. Creo, sí, que el arte del cine consiste en la aparición de formas propias de contar las cosas. Esto es casi siempre transgresivo y tiene más que ver con el lenguaje poético, con los ritmos respiratorios. Mediante el cinematógrafo siempre se está dependiendo de otro factor más importante: el teatro, la literatura, la plástica, la música, la antropología, el ciclismo, el fútbol, el tai chi chuán, la reforma agraria, etcétera.”
Rodrigo Tarruella, “Manuel Romero. Entierro y quema en el día de la primavera”
De todos los cineastas clásicos argentinos, Manuel Romero es el más idiosincráticamente argentino. Intenso y acelerado: entre 1935 y 1942 hizo 30 películas, entre ellas Los muchachos de antes no usaban gomina (1937), Fuera de la ley (1937), Mujeres que trabajan (1938), Casamiento en Buenos Aires (1940), Isabelita (1940), Elvira Fernández, vendedora de tienda (1942), La historia del tango (1949) y El hincha (1951). Como letrista de tango escribió las famosísimas La canción de Buenos Aires, Tiempos viejos y Tomo y obligo. En sus películas supo construir una idea de los trabajadores como una clase noble, solidaria, ingeniosa y talentosa, frente a la inservible y parasitaria clase alta. Como una especie de subibaja narrativo, en el que no hay uno sin el otro, los vínculos románticos entre clase son los encargados de romper esa frontera invisible pero infranqueable de las clases. Son muchas las películas de Romero en las que una chica de clase (usualmente interpretada por Paulina Singerman o Mecha Ortiz) termina viviendo entre trabajadores por gusto, camuflaje o fatalidad, y entendiendo una forma de vida mejor, con finales de avalanchas humanas que unen amores imposibles con su empuje.

Hay un personaje secundario fascinante en el cine de Romero: el chofer de una familia de ricos que, si bien es pobre, adopta los modismos de la clase alta. Una especie de desclasado, el chofer se siente casi como un bien de lujo. El que interpreta Tito Lusiardo en Mujeres que trabajan es el más paradigmático. La niña, Ana María, una chica malcriada de clase alta, muy desagradable, queda de repente en la calle cuando su padre (un empresario millonario) queda en la quiebra y se suicida. Sus amigas ricas la abandonan, y la familia de su novio lo aleja de ella por su desgracia. El chofer de la familia, Lusiardo, se queda a su lado sin cobrar un peso, y se la lleva a vivir en la pensión en la que vive con otras mujeres que trabajan. El personaje de Lusiardo sigue tratando a Ana María como si fuera su patrona, aun cuando Ana María consigue vivir otra vida como trabajadora. El chofer de Romero siempre está al borde de ser un desclasado: alguien que defiende a la clase que lo oprime, porque se siente de alguna manera extraña parte de ellos.
El principio de Gente Bien (1939) es una especie de ajuste de cuentas o re-escritura de este personaje creado por él mismo. Un grupo de choferes se reúne frente a una casona de Buenos Aires con los autos en los que trabajan. Tienen una causa en común: sacar de la línea de coches a un taxista que vino a la casa a traer no a unos invitados de la fiesta, sino a unos artistas que vienen a tocar en vivo a la fiesta. Los choferes arremeten contra el taxi, porque no es de la misma categoría que ellos. De repente, comienzan a pelearse por defender a sus patrones: uno dice que la fiesta es de los suyos, los dueños de casa, que son “gente bien”, y otro dice que en realidad son unos pelados, que al dinero lo traen los suyos, la familia de la novia. Se pelean por el apellido y el capital, y en eso aparece un policía, que frena la pelea. Frente a los argumentos de los choferes, el policía dice que no va a intervenir, que a esa fiesta algunos fueron a trabajar y otros a divertirse, y que es justo que todos tengan el mismo trato. Un zafarrancho tremendo. ¿un peronismo avant la lettre?

El chofer de Gente bien no es un chofer, sino un taxista. Además, es un migrante: un italiano que todavía no pudo aprender a leer y a escribir, y que lleva a los amigos músicos a sus changas siempre de fiados. Los amigos viven con él y su mujer, que lleva la casa como una pensión, y juntos tienen nueve hijos. La pareja les fía a todos, que viven en la casa prácticamente de prestado. El chofer de Gente bien es el opuesto absoluto de un desclasado. Es un hombre que adopta a todos los que son de su clase en su casa, con su familia gigante.
De todas las películas sobre la lucha de clases de Romero, esta quizás sea la más áspera y la más graciosa: la protagonista de la película, Elvira, es una chica que se crió en una casa de “gente bien” (gente rica), pero que no pertenece a la familia. Elvira tuvo un hijo con el señorito de la casa, un tipejo horroroso como los que suele interpretar el actor Enrique Roldán en todas las películas de Romero en las que aparece: un mujeriego sin corazón que maltrata a todo el mundo que no pertenezca a su clase, y a los suyos los engañan. El tipejo se va a casar, y a Elvira y al bebé los tienen encerrados en un cuarto, bajo promesa de que cuando se case podrá reconocer al bebé. Elvira también tiene una especie de desfase de clase: es pobre (de hecho jamás ha tenido dinero en las manos), pero recibió una buena educación (hizo el magisterio). Tiene modales de señorita bien, pero no tiene apellido ni plata. No encaja en ninguna parte: no quiere trabajar en un dancing porque teme perder la tenencia de su hijo, pero ya no puede ser institutriz ni maestra porque tuvo un hijo de soltera y nadie quiere tener en su escuela una mujer sin familia tradicional. El mundo, que Elvira no conoce para nada, es implacable con ella.

La secuencia en la que Elvira es echada de su casa y se enfrenta con la calle es aterradora. Sola, con una valijita, sale a buscar un lugar donde dormir. Ningún hotel le quiere fiar, salvo el de un hombre con unas intenciones bastante dudosas. Sin un centavo ni para un café, camina y la ataca un grupo de niños bien borrachos, que la confunden con una trabajadora sexual. La salva una trabajadora sexual que está buscando gente en la esquina, y le regala unos pesos para tomarse un café en un bar al que no la acompaña, porque a ella no la dejan entrar. Elvira está desencajada, conmovida: la gente con la vivió toda la vida, con la que tuvo un hijo, no osaba ni mirarla. Pero esa mujer desconocida, es trabajadora sin casa, le deja sus últimos pesitos.
Elvira aprende rápidamente a renunciar a todos los modismos de su falsa clase: en el bar se encuentra con los cantantes de tango que la ayudaron en la casa en la que vivían, que se la llevan a ella y a su hijo a vivir con ella con el taxista, la mujer y los hijos, todos en la misma clase, una familia nueva.




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