Era difícil de vislumbrar, hace exactos treinta años, que la rubia que corría salvavidas en mano por las playas de California enfundada en una maya roja shocker se transformaría en una actriz de gestos y roles jugados. Al menos esto último es lo que deja ver la performance de Pamela Anderson en The Last Showgirl. película que marca un reseteo en su carrera.

Desde el primer fotograma del film dirigido por Gia Coppola, nieta de
(nos ponemos de pie)
Francis Ford Coppola,
(nos sentamos)
se nos plantean elevados niveles de incomodidad de la mano de Shelley, la atribulada bailarina que compone Pamela. Ella trabaja desde hace varias décadas como chica-semi-desnuda en un teatro pequeño y húmedo, ubicado en algún casino de Las Vegas. La derruida vida de la bailarina es expuesta con un filtro visual que cruza colores desgastados y poro grueso —en una tonalidad que recuerda a The Wrestler (2008), el notable largo de Darren Aronofsky con protagónico de Mickey Rourke—. Y, como sucedió con el cascoteado ex galán, aquí la ex Baywatch se luce y seduce.

Hay algo de sexualidad pasada por agua en la artista B que compone Anderson, también algo de iconografía enviada a la papelera, en los matices que pone en juego la actriz, quien elabora un rol para el que luce su rostro sin make up, solo intervenido en las escenas donde su Shelley debe subir al escenario.
El grito de guerra que supone para una estrella que fue ícono sexual la decisión de no usar maquillaje en la vida cotidiana, e incluso en entrevistas o el propio personaje que encarna, resume algo de la mencionada incomodidad que atraviesa al relato, se apodera de las situaciones y atraviesa a todos los personajes en danza. Ese disgusto que se siente en el aire es mucho más intranquilizador que el planteo del otro gran cambio de perfil de estos meses, que fue el de Demi Moore a bordo de The Substance.
Pam sin maquillaje en escenarios desgastados y patéticos desencaja mucho más que Demi cubierta de máscaras trabajadas a nivel mainstream y post producción hi tech en un entorno de luces, colores y mucho brillo en pantalla.
¿Necesitamos otro versus? ¿Pam vs. Demi, en serio?
Pues claro que sí.

Pamela Anderson fue nominada a los premios Globos de Oro por su labor en The Last Showgirl y qué gran acto de justicia hubiera sido que su perfo cuasi punk —en el marco de una industria radicalizada en la medianía— se quedara con el trofeo de la prensa extranjera de Hollywood, el cual finalmente fue a parar a manos de la morocha que protagonizó el hit comercial con filtros indie de 2024.
En este trabajo la rubia de raíces oscuras le dice a Hollywood que puede actuar y que lo hace poniendo el cuerpo y a cara lavada, de un modo todo lo literal que el cine de los Estados Unidos se puede permitir dentro de sus márgenes.
En su batalla personal contra los estándares de belleza que sigue militando Hollywood, la ex rescatista catódica no está sola y cuenta para su empresa con una coequiper con credenciales ya presentadas: Jamie Lee Curtis. La mujer que pasó de ser la scream queen de Halloween a una actriz interesante, con carácter y matices, gracias a su elogiado trabajo en Everything Everywhere All at Once (Daniel Kwan/Daniel Scheinert, 2022), lo da todo aquí, en su rol de camarera sexy/decadente. A sus casi 70 años pone todas sus fichas y además de componer y entregar un personaje salvaje y terminal, planta cuerpo y mucha piel en un jugado plano general que nos dice: a ver, chicos, chicas, ya no soy la stripper amateur de True Lies (James Cameron, 1994).
“Lo que ves es lo que hay”, cantó e hizo carne (no importa cuando leas esto) Charly García.

Un dato que explica la mirada backstage desde la que narra Gia Coppola es que los shows que emprenden Shelley y sus compañeras no se ven, quedan en el fuera de cuadro durante casi todo el film. Todo es una gran preparación para la vidriera, nos explica, sin hacerlo, el guion de Kate Gersten (misma escriba de la muy buena serie Mozart in the Jungle).
El derrotero de la Shelley de Pamela se dibuja en pendiente descendente: primero joven soltera embarazada, luego madre abandónica, para pasar a ser durante décadas empleada de un cabaret clase B. Derrotada por la vida, por sí misma, por acción u omisión.
Dentro de ese marco, es que el reencuentro con su hija después de largo tiempo es lo menos logrado del relato. Ni guion ni dirección parecen tener en claro qué hacer con esa hija que cuadra con el verosímil de la historia pero que choca de frente con la poca solidez de las motivaciones. Una joven enojada con el abandono que sufrió. Otra más. Reencuentro conflictivo, discordia y resolución son un debe en el resultado final.
La hija de Shelley (¿representación de la moral del público promedio, de los directivos del negocio?), al fin de cuentas, está entre su madre y nosotros solo para marcarle a nuestra antiheroína todo lo que hizo mal.

En paralelo, entre lo más atractivo de estos pasajes de la última showgirl está el falso homenaje a los años dorados del show business. La parodia trágica que protagoniza la reina del escote más televisado de los 90s es también un link al metaverso del what if. ¿Qué hubiera pasado si Pamela Anderson no era tocada por la varita del hada del entertainment que la colocó en el cast de Baywatch?
El hilo se arma solo. Pam éxito con Baywatch. Pam estrella de la película futurista pop Barb Wire (David Hogan, 1996) que resulta un fracaso de taquilla y crítica. Pam protagonista involuntaria de un video porno viral cuando todavía no había redes sociales (hablemos de un hit). Pam catapultada al ostracismo durante varios años. Pam volviendo con un protagónico de peso, un ticket directo al respeto de la industria y el público.
¿La resurrección que no fue?
En la previa de los premios Oscar, y con la nominación que había conseguido Anderson al Globo de Oro, la idea de un versus definitivo entre ella y Demi Moore (que se quedó con el Golden Globe) picó en punta en las apuestas. Pero no sucedió. La Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas no consideró para mención alguna a The Last Showgirl. En tanto, la legendaria protagonista de Striptease tampoco se alzó con el premio legitimador por excelencia, que fue a manos de Mikey Madison por su enorme trabajo en Anora (Sean Baker, 2024).
La alfombra roja al Dolby Theatre que quedó trunca puede, sin embargo, que signifique poco y nada en lo que resta de carrera para una actriz renacida en el mundo del negocio cinematográfico.
Paratexto: el papel que casi no llega
Pamela Anderson estuvo a punto de no ser parte de The Last Showgirl y nada menos que por culpa de su representante. Según cuentan los pasillos de Hollywood, la producción de Gia Coppola le acercó el guion al agente de la actriz, este ni siquiera le avisó y arrojó el texto a la papelera de reciclaje. Fue el hijo de Pam, Brandon Thomas Lee, quien vio pasar el guion y se lo acercó a su madre, que lo leyó y quedó impactada por el ofrecimiento.
Final feliz: Pamela tomó el papel y echó a su representante.
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