Todo está guardado en la memoria 

"Todo está guardado en la memoria
Sueño de la vida y de la historia"

La memoria, León Gieco

La última película del realizador brasileño Walter Salles, Aún estoy aquí (Ainda estou aqui, 2024) resultó ser la ganadora a Mejor Película Internacional en la 97ª Edición de los Premios Oscars y resulta una digna y meritoria ganadora. Tratemos de pensar porqué.

En el comienzo una mujer está haciendo la plancha en un mar soñado. Se trata de un momento de clama, apacible que a poco es interrumpido por la perturbación sonora que implica la entrada en el campo de un helicóptero del ejército que sobrevuela la zona. Estamos en Rio de Janeiro en 1970, en plena dictadura militar.

El tono en toda la primera parte de la película sigue el de este comienzo. Imágenes de una luminosidad brillante, colorida, acompañada de música alegre, propia del contexto de la época, nos van describiendo la vida cotidiana de la familia Paiva. Ésta se halla compuesta por Rubens (Selton Mello), el padre, un ex-diputado del partido laborista que al presente trabaja como ingeniero civil; Eunice (Fernanda Torres), la madre dedicada al cuidado del hogar y de la prole; y los hijos: Vera (Valentina Herszage), que está a punto de ingresar a la universidad, le gusta la música y el cine, y se encuentra en una etapa de rebeldía; Eliana (Luiza Kosovski), que juega al volley en la playa con unos amigos; Nalu (Barbara Luz), de quien se desliza cierta identificación viril mediante el uso de las camisas de su padre y el baile de la canción Je T’aime Moi Non Plus (Serge Gainsbourg y Jane Birkin), junto a su amiga cercana; y los pequeños Beatriz (Cora Mora), pronta a que se le caiga un diente de leche y Marcelo (Antonio Saboia), que juega a la pelota con sus amigos y adopta a un cachorro vagabundo que aparece en la playa. Se trata de una amilia de clase media acomodada, que vive en una casa en un buen barrio de Rio, que tiene empleada cama dentro y que está por construir una nueva casa en las afueras de la ciudad.

El cuadro de familia idílica comienza a verse perturbado por un retén militar que detiene a Vera y sus amigos al regreso el cine para registrarlos, por el desplazamiento de camiones militares por la avenida costanera (lo cual captura la atención de Eunice, que se aparta el grupo con ligera angustia, tras la toma de una foto de conjunto familiar en la playa), por la tensión social que transmite la televisión respecto el secuestro del embajador suizo por parte de un grupo guerrillero a cambio de la liberación de presos políticos, por amigos de la familia que comienzan a irse al exilio y la decisión del matrimonio Paiva de enviar al exilio en Londres a la mayor para protegerla, dado el incidente acontecido con ella. Y el retrato de familia feliz se ve finalmente resquebrajado en 1971, cuando un grupo de tareas se lleva detenido a Rubens y después a Eunice y Eliana, punto a partir del cual la iluminación de la película se oscurece y los colores de la misma, pierden su brillantez para volverse opacos, a la vez que el tratamiento en interiores, vuelve a la atmósfera mucho más densa y claustrofóbica.

Lo que sigue es la manifestación del coraje de Eunice que se enfrenta a los poderosos para dar con el paradero de su esposo detenido y desaparecido, a través del grupo de amigos y de entrevistas realizadas con la prensa internacional y su lucha perseverante por sostener a su familia, lo cual la transforma en una mujer que de mera esposa-acompañante pasa a ser la administradora del hogar, además de su soporte afectivo. Y luego vemos su posterior devenir en activista por los derechos humanos de los pueblos originarios y de los desaparecidos durante la dictadura militar, tras licenciarse en derecho a sus 48 años; a partir de obtener la noticia no oficial de que su esposo fue asesinado. A lo que asistimos entonces es a la trasformación de la pérdida en causa, punto en que la lucha por la memoria, la verdad y la justicia, se traduce en una manera de seguir aferrándose a la vida; lo mismo que el gesto de sonreír en las fotos se vuelve signo de resistencia, a pesar de la inhumada crueldad que afectó a la familia.

Resulta interesante cómo Salles anticipa el destino de Rubens con el atropello vial y la muerte del cachorro Pimpao, que le ladra a los extraños que vigilan la casa desde el auto apostado en la calle y también cómo da cuenta de la ausencia y de los sentimientos de pérdida, desamparo y desolación, mediante el registro de las habitaciones vacías de la casa.

No obstante la digna y férrea lucha de Eunice, resulta profundamente conmovedor y al mismo tiempo desolador para el espectador que lo máximo a lo que pudo llegar, después de tantos años, haya sido a un certificado de defunción oficial en 1996. Si bien se trata de un punto no menor ya que la inscripción de la muerte, detiene la infinitud de la incertidumbre y de un duelo que no puede efectuarse frente a la figura del desaparecido, nos deja con sabor a poco. Eunice sostiene la memoria de Rubens y lucha por la verdad y la justicia. La primera la alcanza, pero la segunda no. Memoria, verdad y justicia, son necesarias no sólo para que las víctimas y sus sobrevivientes puedan descansar en paz, sino para que al no quedar impunes estos crímenes, la dimensión de la crueldad humana tenga un dique simbólico a partir el cual no se vuelva a repetir, que funcione también como bastión para que desde lo vivido en el pasado, podamos definir un futuro diferente.

En términos del género, la película es una ficción dramático-política, y sobre el final de la misma, mediante las fotos de archivo y la información en intertítulos, nos enteramos de que está basada en personas y acontecimientos reales, y más especialmente en el libro homónimo autobiográfico que fue escrito por Marcelo Paiva en el año 2015, punto en que se complejiza el trabajo que tiene la película, que no sólo inserta a la ficción, imágenes de archivo documental de la época desde el diálogo con el discurso periodístico a través de la televisión, sino que también conlleva un trabajo de guion adaptado, donde el cambio sustancial corresponde al punto de vista, pues la película está narrada desde Eunice (que es el personaje que está presente en todas las escenas), cuyo periplo emocional del descenso a la oscuridad hacia el renacimiento estoico, vamos siguiendo y experimentando a lo largo el largometraje, mientras que el libro asume el punto de vista de su autor.

En el último tramo del largometraje estamos en el año 2014 y asistimos a la reunión familiar donde una Eunice ya anciana (Fernanda Montenegro) y padeciendo un Alzheimer avanzado, se encuentra en silla de ruedas, rodeada por sus hijos y nietos. La mujer en lo sustancial permanece ajena a lo que la rodea en su exterior, pero su semblante se yergue y su mirada se enciende ante el programa de televisión que recuerda y homenajea a las figuras emblemáticas de las desapariciones en la dictadura militar, entre las que se menciona a su esposo Rubens. Se trata por un lado, de un cuerpo que encuentra sus límites, que acusa las heridas del trauma y que parece necesitar un reposo después de tantas batallas; pero que permanece estoico a pesar de todo (de allí el título, que aboga por la persistencia de la memoria).

El tema de la memoria Walter Salles lo trabaja con acierto no sólo desde la construcción del personaje protagonista que se constituye en un baluarte de la misma hasta sus últimos días, sino también desde lo formal, apelando a la idea el cine como memoria de quiénes fuimos y como proyección de quiénes queremos ser. Y en esta línea es interesante el recurso de apelar a las fotografías familiares y también a los videos caseros que filma Vera como registro de la vida familiar en Rio y de su vida en Londres (de la cual envía un pequeño cortometraje que evoca al cine mudo, además de dar cuenta del cine como experiencia colectiva). También resulta interesante la intertextualidad explícita con la película Blow Up (Antonioni, 1966), que no sólo repone el contexto cultural de la época, junto a La Chinoise de Godard, 1967 o Psicosis de Hitchcock, 1960; sino que en ella juega un papel importante la fotografía como punto de partida de la pesquisa de un crimen, no sin su cuota de absurdo existencial.

En suma, Aún estoy aquí es una película en la que Salles, fiel a su estilo y a su ética humanista, a través de la fortaleza y la transformación personal y emocional de su protagonista en su incansable búsqueda por la memoria, la verdad y la justicia, logra amalgamar las formas del realismo social con un sentido profundamente poético de la imagen a través de la sensibilidad con que maneja la iluminación, la fotografía, la música y la puesta en escena. De esta manera, nos lega una obra que si bien es dura en su realismo, no deja de ser de una belleza conmovedora.

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