Flores de mango 

Advertencia: Esta narración contiene alusiones a la bisexualidad y al poliamor; si te sientes incómodo con estos temas no continúes leyendo.

Apresuro el paso, camino por las mismas calles adoquinadas que desde mi infancia han contado mis pasos y recibido mis huellas. El Conde, que ha pasado mil veces a través de mis pupilas es ahora una calle completamente desconocida para mi, porque ahora es el lugar elegido para nuestro más reciente encuentro, tal como el barco de Teseo o el río de Heráclito.

- No lleves el móvil- me pidió el día anterior a la salida de nuestra clase de ética financiera- aprenderás por tu propia cuenta que la costumbre es la que crea intuición.

Caminábamos de manera acompasada, casi con desgano, vieja táctica de caballeros para sonsacar citas, así es más fácil que te acepten un café o una cerveza. Desde luego, no funciona si tienes auto.

Yo caminaba distraído. Tanto como para no percatarme de que hacía ya por lo menos 30 segundos que no me acompañaba.

- ¡Aneudis!- vociferó 10 0 12 metros detrás.

- Unmmmh.

- ¿Me escuchaste?- quiso saber cuando cubrió la distancia que nos separaba.

- Creo que sí…este… me pediste no llevar el móvil y mencionabas algo sobre la intuición…

En ese momento me daba igual incluso que nos cayera un elefante verde encima.

- ¿En serio, Aneudis? Desde que te conocí al inicio de este semestre has actuado siempre como un idiota conmigo, pero esta vez siento que te estás esforzando más de la cuenta en ello.

- Escucha, me rajaron como una lechoza en ese maldito examen de cálculo ¿Y tú me saltas con acertijos tontos?- exploté- ¿No se te ocurrió pensar que tal vez y solamente tal vez debiste preguntar antes que me pasaba, que no tenía buen semblante? Y luego hablas de que el conocimiento y la intuición y todo eso, consejos vendo que para mi no tengo.

Me siento en un banco frente a la salida de la universidad, ella hace lo mismo ¿Nos sentamos para discutir? ¡Es cómo si lo disfrutáramos y no tuviéramos el valor de admitirlo!

A aquellas alturas, no gritábamos a voz en cuello, solo para no atraer la atención de los demás a nuestro alrededor; pero las palabras hirientes tienen el mismo efecto, sin importar que se acompañen con flauta o con batería.

- ¡No me uses de parapeto!- protestó- sabes muy bien que yo no tuve nada que ver en que reprobaras, fue tu falta de disciplina y responsabilidad la que te condujo a esto, no yo; ayer mismo me estuviste presumiendo que te pasaste todo el día de tragos con esa juntilla insoportable que tienes, ese fue un tiempo que pudiste haber aprovechado estudiando ¿No crees?

Bien, dejé descuidada la portería y me metieron un gol en toda la cara. Continuo con la discusión más por orgullo que por verdadera convicción.

- ¡Por favor! ¿Tú precisamente me vas a hablar de disciplina y responsabilidad? Cuando entré a estudiar aquí ya llevabas 4 semestres y aún debes como yo la mitad del pensum…

los chicos a nuestro alrededor apuraban el paso, iban retrasados a sus clases.

Cuando volvió a hablar me pareció como si se hubiera abierto una brecha en el tiempo.

- Aneudis, es precisamente por estos incidentes que debemos hacer este ejercicio…

Mientras camino viendo de refilón a otros transeúntes reflexiono en las palabras que motivaron este tan anticipado encuentro: ¿Será verdad que la costumbre crea intuición? Si un hombre llega todos los miércoles a las 5:30 a la barra xxxxx, pide una cerveza y se va; podemos ir al bar xxxxx cualquier miércoles a las 5:30 y apostar con nuestros amigos a que entrará por esa puerta en ese preciso momento, pedirá una cerveza, se la tomará solo y se irá; nuestra intuición solamente empezará a fallar el día en que ese sujeto deje de ser tan predecible ¿Qué tal si nuestro sujeto de prueba se pone aventurero, de repente, y en lugar de ir el miércoles decide hacerlo el domingo? ¿O si en lugar de cerveza pide un daikiri? Al menos eso es lo que interpretó de las palabras de Yesenia.

Asumí lo contrario y llevé el móvil, Yesenia es muy contradictoria con sus órdenes, te pide algo en un momento y al siguiente cambia de idea y se decide por lo opuesto. Entro al restaurant típico donde vamos a comer siempre que venimos al Conde, ocupo un asiento junto a la entrada, con la esperanza de que se apareciera allí de un momento a otro.

Su mensaje me distrae de la contemplación del tráfico peatonal a través del escaparate; justo en el momento en que me fijaba, quizás más de lo debido, en una chica con aspecto de nórdica del brazo de un enorme moreno con rastas.

- Felicidades, has tenido un comienzo auspicioso- ahora ve a la segunda mesa de la tercera fila y busca debajo entre los soportes.

Siempre es así, ¿No puede dejar de hacerlo? Está bien tener una pareja creativa para romper el tedio de vez en cuando, pero esto es ya el colmo.

Me cambio a la segunda mesa de la tercera fila, esquivando como puedo la atención de los mozos y de los demás comensales. Tengo a mi favor el hecho de ser cliente frecuente aquí.

Busco a tientas disimuladamente bajo el mantel, voy de un travesaño a otro de la mesa hasta dar con un trozo de papel doblado en la rendija de uno de ellos.

No es un trozo de papel, es un sobre pequeño, hecho a mano; Yesenia es sumamente hábil con las manualidades, en más de una ocasión le he sugerido que saque provecho de ese talento.

Lo retiro de allí y lo deslizo entre mis dedos, en verdad ha cuidado todos los detalles, parece un diminuto sobre de cartas. No está sellado, extraigo de él un simple recorte de cartulina color zapote. ¿Qué podrá ser?

De repente recuerdo el puesto de yogurt cerca de la universidad, siempre pedimos piña, zapote y fibras sintéticas; no me gusta mucho esa combinación, pero la pido más por ella; vive obsesionada con la dieta rica en fibras, hasta el punto de exagerar los beneficios de una buena salud intestinal.

Salgo de allí sin pedir nada, lo cual me causa cierta incomodidad. Espero sinceramente que todo este jueguito valga la pena. Pido un taxi, el chico que me recoge me trae a la mente a Ricardo, en efecto se le parece mucho: cabello rizado, tez aceitunada, complexión media y facciones caricaturescas. Siento la tentación de romper el hielo con algún comentario tonto, pero desisto, el chico se protege tras su propia concentración, como si de alguna forma hubiera adivinado mi naturaleza.

¿Por qué la biología y la sociedad nos han dotado con preferencias y etiquetas? Que hermoso sería si todos fueran tan abiertos como Yesenia o Ricardo. A veces cuando veo junto con ellos alguna cinta porno, me rio internamente de lo surrealista de estas producciones, ya que ningún repartidor de pizza se topará con una chica lo suficientemente fácil como para tener sexo casual con un completo extraño y de manera gratuita; en primer lugar porque en nuestra sociedad es casi imposible que una chica supere los 20 sin estar involucrada en alguna relación; en segundo lugar porque la mayoría de las personas no tienen relaciones abiertas y finalmente, porque gran parte de las ninfómanas que detestan el compromiso son también materialistas. Por otro lado, cualquier hombre, por muy sátiro que sea o muy urgido que esté, desconfiaría de una situación como esa y esos serían solo la excepción, ya que en los demás casos se trataría de sujetos felizmente casados y devotos a sus familias, novios abnegados o mojigatos incorregibles.

Cierta vez en que me atreví a compartir estas reflexiones con Yesenia casi me fulmina con la mirada.

- ¿Qué derecho crees que tenemos nosotros de trazar pautas a los demás acerca de cómo deben relacionarse? Si exigimos respeto por nuestro estilo de vida, debemos otorgarlo de vuelta, ¿No crees? Confórmate con saber que existen personas en el mundo que comparten tu forma de relacionarte sentimentalmente.

Con estos pensamientos llego al puesto de yogurt, guiado por este chico taciturno. Pago el importe y entro al local.

Me topo casualmente con algunos otros chicos de contabilidad que iban de salida, me invitan a una comilona de espaguettis a casa de uno de ellos; tal vez otro día, respondo lo más cortésmente que puedo.

Llamo a la joven tras el mostrador; es morena, con ojos de tigresa, boca generosa y pechos de infarto; es la primera vez que la veo, a lo mejor es nueva. Pido mi combinación favorita: chocolate, galletas y caramelo; Yesenia casi nunca me deja pedirla, dice que me va a provocar un pico de insulina.

- ¿Algo más, mi amor?- pregunta melosa, mientras me roza la mano.

Varias veces me he visto tentado a aprovechar oportunidades así, pero en el fondo sé que son solamente espejismos. Alguien seguramente perderá su empleo muy pronto por aquel trato tan familiar a los clientes.

Salgo a la terraza y tomo una cucharada de yogurt, aquel sabor acaramelado que tanto extrañaba vuelve a inundar mi paladar. Un chiquillo hace un berrinche y su madre trata de disculparlo delante de los otros comensales; dos chicos disfrutan junto con una chica de sus helados de yogurt, se intercambian cucharadas; mi imaginación no alcanza a situarlos en una relación similar a la nuestra, probablemente no la tengan; pero hoy en día los límites de la amistad y este otro tipo de relaciones se diluyen cada vez más, no pocos grupos de amigos llegan a estos términos en su relación sin proponérselo expresamente, al ir estrechando cada vez más sus lazos.

Mi teléfono vibrando en mi bolsillo me distrae de mis cavilaciones, al sacarlo veo un nuevo mensaje de Yesenia, me pide que me fije en un rincón junto a la puerta de entrada, al hacerlo observo una diminuta flor de mango, que casi pasa inadvertida sobre el piso de granito.

¿No se estará refiriendo a eso? me pregunto internamente, al final término convenciéndome de que no puede ser otro lugar: el árbol de mango en el campus, a cuya sombra nos hemos entregado un par de veces, burlando la vigilancia del personal de seguridad.

Entro al campus y me dirijo hasta allí, está algo retirado, se debe pasar frente a tres facultades antes de llegar a esa pequeña sección de bosque. Allí lo encuentro como siempre, frondoso y florecido; ahora, estamos a mediados de mayo, en un par de semanas estará cargado de apetitosos frutos, para deleite de los maroteros ocasionales.

Esta vez he tenido la rara suerte de no encontrarme con amantes furtivos tendidos a la sombra de los árboles; el bosque está solitario, mi corazón late al compás del canto de los pájaros.

De una sección del tronco sobresale ligeramente un trozo de papel, cuidadosamente doblado y disimulado; lo tomo y lo desdoblo.

Estimado Aneudis:

Si has llegado hasta aquí te felicito, has probado que eres muy intuitivo con respecto a nuestra relación. Lo cual me lleva a proponerte lo siguiente: Debemos darnos un tiempo.

¿Recuerdas la premisa que motivo este ejercicio? La costumbre crea intuición, pero ¿Sabes qué más genera? Rutina, tedio, y no quiero asociar ninguno de estos términos con ustedes.

Entiendo que esto debe ser tan duro para ti como lo es para mi, pero, créeme, saldremos de este percance fortalecidos. Aún puedes refugiarte en la compañía de Ricardo, es un buen chico.

Los esperaré y se que ustedes también lo harán, recuerden que no tengo límites para amar. Si por el camino conocen a alguien más de nuestro tipo, compartiremos nuestras vidas sin problemas: yo solo saldré de sus vidas y ustedes de la mía el día en que dejemos de atraernos y ni aún así, ya que todavía nos quedará la amistad.

Tuya siempre,

Yesenia

Me quedo sosteniendo la nota por algunos segundos, una lágrima aterriza sobre ella; me la enjugo. No se exactamente por qué la he derramado, ya ambos veíamos venir esto desde hace un tiempo.

Aún bajo el árbol y sosteniendo la nota, le escribo a Ricardo. No sé exactamente que quiero de él en este momento.

Responde al cabo de 25 o 30 segundos, se disculpa, está en clases. Quedamos de reunirnos en el bar frente al malecón, a unas cuadras de allí.

- ¿Te parece bien si paso a recogerte?- me sugiere.

- No, está bien, solo son un par de cuadras, te veo allí- le escribo de vuelta.

Dos horas más tarde me encuentro en la terraza del Bar Ola dorada, son ya las 7 pm. El rumor de las olas es acallado por el tráfico de la autopista.Sostengo distraídamente la jarra, aún no sé como sentirme o ¿Será más bien que no logro descifrar mis propios sentimientos? ¿Acaso las relaciones sin ataduras conducen a la indiferencia sentimental?

Concluyo que debe ser así; pero, al menos en lo que a mi respecta, la alternativa es peor.

Ricardo llega en su vehículo media hora más tarde: pide dos jarras más y sale un rato a fumar. Por mi mente cruza veloz como un rayo y por primera vez la idea de llevármelo de allí a un lugar más íntimo; pero la desecho casi de inmediato. Ricardo es nuestro sátiro, nuestro tórrido amante, pero solamente en el contexto de nuestra relación tripartita, cuando estamos solos preferimos vernos como amigos.

Al volver y ya con las jarras en la mano, le cuento todo.

- ¿Y qué haremos a partir de ahora?- quiere saber.

Me mira fijamente, como buscando en mis ojos la determinación que le falta.

- ¿Cómo que qué haremos, Ricky?- le pregunto incrédulo- Continuar con nuestras vidas ¿Qué más?

- ¿Crees que ella volverá? ¿Qué pasará con nuestra relación?- sus ansias lo dominan, siempre le cuesta mantener la compostura ante las sorpresas.

Doy un sorbo a mi jarra, la cerveza no logra calmar mis dudas, no me siento ansioso, pero finjo más serenidad aún frente a él.

- ¡Cálmate, Ricardo! No tengo esas respuestas, eso no depende de nosotros- le explico- Hagamos lo que esté en nuestras manos y dejemos al tiempo todo lo demás ¿Sí?

Esboza una media sonrisa y ambos continuamos dando sorbos a nuestras cervezas.

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