“Flow” representa un salto refrescante en el universo de la animación cinematográfica. Realizada con escaso presupuesto y excesiva imaginación en Letonia, “Flow” es -por sobre todas las cosas- una obra lírica. Y aunque sus personajes son animales y no hay una sola palabra dicha, es también una de las piezas más humanistas que nos ha regalado el séptimo arte en mucho tiempo.
Los premios internacionales, desde el Globo de Oro al Oscar, permitieron que esta película se proyecte en todo el mundo en salas de cine y sea también un pequeño suceso comercial. Las barreras que el director Gints Zilbalodis ha salvado con “Flow” son muchísimas y uno no puede más que congratularse por su proeza.
“Flow” es la historia de un pequeño gato negro que es testigo de una inundación desmesurada producto -imaginamos- del calentamiento global. De un momento a otro, su hábitat, donde ya no hay seres humanos, se ve colmado por las aguas furibundas y debe embarcarse en un viaje con otros animales de otras especies. Un capibara, una imponente ave africana llamada pájaro secretario, un perro labrador y un lémur de cola anillada. La gran diferencia con otras películas de animación con animales es que en “Flow” los mamíferos tienen los comportamientos característicos de su especie. No hay prácticamente rastros de humanización en ellos. El gato actúa como gato, el capibara como capibara, el lémur como lémur y el pájaro secretario como pájaro secretario.
Sí, la convivencia entre ellos en una pequeña barca es poco probable fuera de la ficción, pero en ese mundo distópico “dibujado” en “Flow” lo que importa son las alegorías y los simbolismos. La red de significantes y significados animados que se va trenzando es enorme y la película termina convirtiéndose en una oda nostálgica a la Naturaleza que entraña un gesto tremendamente humanista hecho por un cineasta-artista-creador que de ahora en más habrá que seguir. De hecho, el último tramo del filme parece sumergirse en el universo del mítico Hayao Miyazaki.
La aparición de una ballena con características mitológicas -no busca reproducir ninguna especie de ballena real- lleva al filme hacia lo onírico. En cambio, el director de Letonia copia del mundo animal la escena en la que vemos a una manada de ciervos correr en círculo, porque es ésta la forma que tienen estos mamíferos de confundir a su depredador cuando sienten miedo. La yuxtaposición entre un mundo mitológico y la documentación zoológica conviven perfectamente en “Flow” y todo es gracias al talento de Zilbalodis.
Técnicamente la película llama la atención porque los animales parecen disociados -a la hora de su representación en la pantalla- del entorno. El gato es dibujado con trazos más bien simples y su pelaje es uniforme, sin importar en lo más mínimo el detalle de sus facciones. La atención recae entonces en su comportamiento, que fue estudiado con mucho cuidado por los hacedores del filme. En cambio, los paisajes en “Flow” son representados con tal grado de detalle que dejan al espectador boquiabierto.
El gran logro de Zilbalodis es que esta combinación no sea perciba como una contradicción sino como armonía bellísima. Insisto: “Flow” es una película llena de símbolos y cada uno de ellos es producto de decisiones estéticas perfectamente pulidas. El contraste entre el agua o los bosques tan minuciosamente representados y los animales más simplificados hace que pueda emerger la emoción en la pantalla. El resultado de la interacción entre los mamíferos que navegan en una suerte de Arca de Noé es la empatía, una empatía imprescindible para que los espectadores puedan identificarse y para que la película “fluya”.
Hay muchas cosas más para resaltar de “Flow”, pero ninguna es más importante que conminar a quienes todavía no la vieron en pantalla grande a que corran a hacerlo.



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