Considero necesaria una aclaración para hablar de finales felices. El recurso de que todo desequilibrio vuelva a un estado original o esperado funciona sólo para el espectador. El final feliz no es más que el alivio emocional que se le regala a quien ha sufrido mientras la trama avanzaba en estado de conflicto. El producto audiovisual de Hollywood conoce muy bien la fórmula.
La segunda aclaración tiene que ver con que el final feliz se refiere casi siempre al encuentro o desencuentro amoroso (por supuesto que heterosexual, hegemónico y privilegiado en la mayoría de los casos).
Hechas las aclaraciones, analicemos dos finales felices (o no) y fantaseemos con lo que vendría después en ambos casos.
Me refiero a la histérica, enfermiza y disonante relación entre Ross Geller (David Schwimmer) y Rachel Green (Jennifer Aniston) en Friends y a la más realista entre Andy Sachs (Anne Hathaway) y Nate (Adrian Grenier) en El diablo viste a la moda.
¿Cuál es el final para cada uno de estos vínculos amorosos? La serie Friends, si bien transgresora en muchos aspectos, es hija de una época en la que no se iba a permitir que una mujer priorizara su carrera profesional. Esta concepción del rol femenino dio como resultado aquella famosa elección de Rachel en favor de Ross antes que París. 
El caso de Andy es la antítesis de Rachel. El diablo viste a la moda (2006) se estrena dos años después que el último capítulo de Friends, por lo que pertenecen a la misma época. Sin embargo, Andy, cuyos anhelos eran similares a los de Rachel, decide abocarse a su vida profesional, e incluso hasta reflexiona sobre lo conflictivo que podría llegar a ser para ella continuar con su relación con Nate.
Y ahora nos debemos preguntar sobre cuál de los dos es un final feliz. Sin previa reflexión y aún tirados en el sillón de casa frente al televisor, no dudaríamos en afirmar que el de Friends nos colma de alegría el corazón. Nos sentimos bien, cómodos; desterramos la angustia de lidiar con lo que no fue y podría haber sido. En fin, para amarguras están nuestras propias vidas. Sin embargo, nuestras felicidades son a costa de la felicidad de la pobre Rachel. Y esto no habla muy bien de nosotros. Por suerte es sólo ficción.
En cambio, en El diablo viste a la moda debemos enfrentarnos con una realidad más cruel. La que nos indica que no somos digitadores de las vidas ajenas. Nos dan ganas de gritarle a Andy que es una egoísta, que piensa en ella misma, que el pobre de Andy va a sufrir, y una sarta de despechos incoherentes. También hay que decir que los guionistas sufrieron de incontinencia moral (o tal vez la productora tuvo un límite de tolerancia a la independencia femenina) y agregaron aquel encuentro final y casual de la ex pareja en la que se dan la posibilidad de volver a verse en Boston en el futuro.
Divaguemos un poco en este anteúltimo párrafo. Quien haya visto las diez temporadas de Friends, y repase las idas y venidas de Rachel y Ross, con sus engaños y reconciliaciones y cartas eternas y culpas echadas y demás, no podrá más que estar de acuerdo en que una vez reinstalada en Nueva York, la feliz pareja no tendrá en modo alguno un final feliz. La actitud controladora de Ross, casi psicótica, generará nuevas desventuras en la pareja. Cada día de su vida Rachel recordará la decisión de quedarse y abandonar su futuro parisino en el mundo de la alta moda. Le recriminará esto a Ross, quien sufrirá de paranoia a causa de su propia inseguridad. Por el otro lado, Andy recorrerá un camino similar al de su jefa Miranda Priestly (de pie, Meryl Streep), alcanzando grandes cargos directivos en revistas de moda y codeándose con los más importantes diseñadores del mundo. Deberá lidiar con la complejidad de mantener una relación estable, pero no mucho más que lo que cualquiera de nosotros hace día a día. 
Finales felices. Una quimera que nos regala la ficción. Un estado de gracia a último momento. Y así olvidamos por un rato que debemos continuar con nuestras vidas. Porque en el mejor momento, no hay fundido a negro.




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