Luces, cámara, y acción, puede decirse en cualquier parte. Pero en Hollywood, la cuna donde los sueños se fabrican en lotes como cerillas y el oro de esas estatuillas doradas brilla como un icono de un culto moderno…, tiene otro significado. Para ponerte en contexto vamos a recordar un poco la esencial de los Óscar. Su fundador, Louis B. Mayer, y cito director a un artículo de la propia peliplat.com: "Comprendió la importancia de reconocer el talento y la excelencia en la industria del cine. Fue esta visión la que lo llevó a establecer los premios Oscar en 1929”. Dicho así, suena muy limpio y solemne.
Lamentablemente con el tiempo algunas cosas se pierden…
Existe una pregunta qué nadie se atreve a hacer en voz alta: ¿Qué demonios estamos celebrando? Y es que todo parecía ir bien hasta este año. Esto nadie lo dijo, pero según parece, ese premio estándar de excelencia cinematográfico se ha convertido casi en un ritual anual de auto felicitación. Suena exagerado, lo sé, pero solo piénsalo: ¿Qué pasa cuando una película como Flow, hecha con un presupuesto que no alcanzaría ni para el catering de una producción de Pixar, llega y dice aquí estoy yo?
Se demostró delante del mundo que estamos produciendo material "reutilizado": buenos gráficos, buen sonido, historias con un esquema estructural predecible de principio a fin (a veces rebuscadas), y unos cuantos etcéteras más. Flow recodo la esencia del cine, no siempre tiene que ser perfecto, o caro, o complejo… Tiene que transmitir excelencia en su ejecución. Y atención: excelente y perfección son sinónimos, pero no la misma cosa.
¿A qué voy con todo esto?
Esperen que en los próximos años los premios de la Academia al mérito se otorguen a esos nuevos proyectos que aún no hemos visto. Esperen que las productoras cinematográficas se empiecen a replantear sus cintas; que vean, que suñen en grande como si aún no tuvieran el renombre que han conseguido. Que piensen, una vez más, en hacer cine y no solo dinero. El cine lo premian ellos, pero gracias a la valoración de nosotros.
Ni los Óscar, ni el cine, ni la escritura serían relevantes sin el cariño (e incluso la crítica) del público.
Competir por esas estatuillas doradas anualmente quizá ha convertido la magia del cine en un producto más allá del arte. En una adicción. Para el público como tú y como yo constituye un logro menos arraigada al éxito de lo que es para el actor o director, quienes lo viven, lo respiran; lo piensan quizá en cada gesto, lágrima y palabras que dan a sus personajes a lo largo de un año. Me he puesto a pensar en lo peligroso a veces que puede llegar a ser para un actor y actriz tomar la decisión de interpretar papeles arriesgados solo porque desean llamar la atención, brillar y, tal vez… obtener la nicotina de que ha sido nominado.
Incluso, es probable que algunos pienses que han fracasado únicamente por no tener una simple estatuilla dorada. Aunque realmente es un tema digno de debate, así lo creo.
Quizá suene descabellado, pero, ya que estás aquí, te pido que tomes un minuto para despejar tu fanatismo y pensar en la siguiente pregunta: Si la Academia anuncia que no se van a entregar más premios Óscar, ¿qué forma tomarían el cine con respecto a la concepto de éxito que tiene un actor, y cómo afectaría eso a su forma de tomar decisiones?
Si deseas contestar, eres libre de hacerlo en comentarios.
ATT: Daniel R.R. Siso


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