Comedia romántica: ¿A eso le llamas final feliz? 

Por: Alejandro Salmón Aguilera

Mucho se habla del “final feliz” como una resolución fácil a una historia compleja que se cuenta a través del cine.

Se dice también que el final feliz es la forma más cómoda de concluir la narración sin molestar al público o, incluso, para invitarlo a que regrese y, si es posible, lo haga acompañado de un amigo, amiga o familiar, después de haberla recomendado.

En algunos círculos cinematográficos, se critica con frecuencia a la filmografía de Hollywood por recurrir hasta el cansancio al “vivieron felices para siempre” para cerrar la película y mandar al público contento y alegre a su casa.

Sobre este particular, la crítica se ha dirigido especialmente hacia el cine de animación, como el de la casa Disney, y también hacia la comedia romántica.

En esta entrega no me ocuparé de Disney, porque amerita un tratamiento aparte. En esta ocasión, me referiré específicamente al “happy end” de la comedia romántica.

Decir que la comedia tradicional contada por Hollywood es afecta al final fácil me parece que es una forma muy cómoda de hacer una crítica cinematográfica y de exaltar las producciones de otros países por encima de las estadounidenses.

Veamos, para este efecto, los ejemplos de algunas de las comedias románticas más emblemáticas de las décadas “de en medio” del siglo XX.

Por ejemplo, An Affair to Remember o Algo para recordar, en México, de Leo McCarey, una de las comedias románticas más exitosas, recordadas y referenciadas de cuantas se hicieron en la década de los 50. ¡Y vaya que se hicieron comedias en aquella época!

El final está como para hacer llorar a cuanta mujer se quedó hasta el último momento para constatar si Nickie Ferrante se queda con Terry McKay, después del malentendido que hizo que el primero creyera que la segunda lo dejó plantado en la cita que tenían en la cima del Empire State, cuando en realidad ella no llegó a la cita porque sufrió un accidente que la dejó paralítica.

La química que hicieron Cary Grant y Deborah Kerr, en un estupendo momento ambos, avivó el fuego en torno a la historia de esos dos seres que se amaron desde el momento en que se vieron, pero a quienes todo se les ha atravesado en el camino para no consumar su amor.

Hasta ahí, todo bonito, ¿o no? El galán de la época se queda con una de las estrellas más esplendorosas del Hollywood de la época de oro.

¿Vivieron felices para siempre? Está por verse. Veamos: Terry queda sin movilidad en sus piernas y sin más ingresos que unas modestas clases en una escuela primaria, mientras que Nicky, un playboy en decadencia, a quien se le acabaron las patrocinadoras de sus andares de Don Juan, está, sí, como va, sin empleo.

Es decir, esa adorable película de final feliz termina con la unión de dos personas que vivirán con el modesto sueldo de una mujer que está sentada en una silla de ruedas.

Pocos años después, se estrenó otro de los grandes filmes representativos de la comedia romántica: Breakfast at Tiffany’s, de Blake Edwards.

Ropa elegante, una mujer encantadora como Audrey Hepburn interpretando a la adorable pero compleja Holly Golightly, y al galán de época, George Peppard, como Paul Varjak, que se derrite de amor por Holly (como todos los que vimos a Hepburn en ese rol) desde el primer momento en que la ve. Por si algo faltara, de fondo está la glamorosa joyería de la casa Tiffany’s. ¿Se puede pedir más?

Sí, se podría pedir un romance entre dos personas que tienen una forma honesta de vivir. Holly es una mujer que cobra por tener citas con hombres en el baño y, además, es una inocente y medio despistada portavoz de un narcotraficante que se encuentra recluido en prisión.

¿Y Paul? Es algo así como un mantenido, para describirlo en pocas palabras.

La historia termina cuando se encuentran en la noche, frente a un callejón oscuro, bajo la lluvia, en la ciudad de Nueva York, con la música de Henry Mancini de fondo. ¡Miel sobre hojuelas!, dirían algunos.

No tan rápido: Holly sujeta con un brazo a Paul y, con la otra, a su gato, en una clara señal de que no puede soltar la vida que ha llevado hasta ese momento y que no le puede dar todo a su enamorado. ¿Y Paul? Termina más o menos igual que su “colega” de An Affair to Remember: sin mujer que lo mantenga y, por lo tanto, desempleado.

¿Final feliz? Definamos primero qué entendemos por eso.

Luego, tenemos The Apartment (El apartamento), de Billy Wilder, una de las comedias más celebradas y galardonadas de la historia del cine, y de las pocas de ese género que se ha alzado con el premio Oscar a la mejor película.

La historia gira en torno a "Bud" Baxter (Jack Lemmon), un burócrata de muy bajo perfil que suele prestar su departamento a su jefe y a otros compañeros de oficina para que tengan sus aventuras amorosas sin que nadie los moleste.

El conflicto se desata cuando Bud conoce a Fran (Shirley MacLaine), de quien se enamora perdidamente desde el primer momento en que la ve.

Al final, Fran se convence de que el amor está al lado de Bud y decide dejar a su amante para ir a buscarlo a un lugar distinto a aquel apartamento donde todo empezó. Todo en orden hasta ahí.

El detalle es que Bud, si bien logra liberarse del yugo de su jefe, renuncia a su empleo y, al menos al momento del final de la película, está sin trabajo. ¡Otro desempleado!

¿Y Fran? Deja en suspenso al buen Bud.

Vistas así las cosas, tal parece que la comedia romántica, lejos de ser un modelo de final feliz, es una historia de desempleados.

Si el término es tan abierto y ambiguo, bien vale discutir si, al final de la película, o al menos de los tres ejemplos aquí presentados, los personajes obtuvieron lo que querían, porque estuvieron dispuestos a pagar el precio, que no era menor, pues lo que les espera es la pobreza y la urgencia de dinero.

Aquí la premisa podría ser: “Bien vale perder algo, o perderlo todo en nombre del amor” o, como dirían los Rolling Stones: “No puedes tener todo lo que quieras, pero si te esfuerzas, tal vez obtengas lo que necesitas”.

¿Final feliz? ¿Por qué no?

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