Qué fue el Nuevo Cine Australiano – Tercera y última parte 

Después de haber puesto el foco en los dos realizadores más importantes del llamado Nuevo Cine Australiano, Peter Weir y George Miller (Qué fue el Nuevo Cine Australiano (Parte II) – Los primeros pasos de Weir y Miller) cerramos esta serie con un recorrido sobre otros destacados directores de ese movimiento que sacudió el cine internacional en los años 70 y 80 del siglo pasado y por algunas de sus películas más emblemáticas.

Ken Hannam fue uno de los grandes cineastas que dio aquel movimiento y quizás el más injustamente olvidado. Más allá de sus trabajos para la televisión australiana, dirigió apenas cuatro largometrajes. Y dos de ellos fueron fundamentales en el panorama del Nuevo Cine Australiano (NCA): Un domingo demasiado lejano (1975) y Summerfield (1977).

Un domingo… fue la primera película producida por la South Australian Film Corporation, un organismo regional de aquellos que se crearon en los años 70 para fomentar la industria local. Cine de clase trabajadora que refleja la dura vida de los esquiladores de ovejas y gira alrededor de una huelga real que había sucedido en los cincuenta. “La riqueza de Australia cabalga a lomo de las ovejas”, rezaba una frase popular replicando el mito de que el país se hizo grande gracias a la explotación lanar impulsada por los colonos blancos ingleses. Un domingo… viene a mostrar el Lado B del mito poniendo el foco en el desgarrador costo humano de ese desarrollo económico. El film recibió excelentes críticas locales e internacionales, y también fue un éxito comercial.

Summerfield es una muestra del llamado Gótico Australiano, un subgénero en donde brilla por ejemplo Picnic en las Rocas Colgantes, de Peter Weir. Aunque no transcurre en el Outback –el omnipresente desierto australiano, ese “patio trasero” casi deshabitado que ocupa el 70 por ciento del país—, el clima es similar a tantos films del NCA. A Summerfield, en la isla Churchill, llega Simon, un profesor que va a reemplazar a otro que ha desaparecido misteriosamente. El ambiente se va poblando de dudas, sospechas, calor, polvo, cerveza y violencia contenida. “Summerfield ha sido siempre una especie de paraíso, pero una isla no puede ocultarse del mundo para siempre”, reflexiona un personaje y resume un poco el espíritu de esta gran película de Hannam.

Bruce Beresford supo conquistar a Hollywood con títulos como Conduciendo a Miss Daisy (1989) y Crímenes del corazón (1986), pero antes, en su etapa australiana, dejó una película que fue su trampolín: Consejo de guerra (1980). Nominada al Oscar por Mejor Guion narra la historia de tres tenientes australianos, servidores del Imperio británico, acusados de matar a seis prisioneros bóers y un misionero alemán. “De esta historia –recuerda Beresford— no me interesaba el asunto de la inocencia o la culpabilidad. Todo el mundo sabía que eran culpables. Quería indagar qué clase de situación lleva a alguien a hacer cosas que no haría en otro momento de su vida”.

Consejo de Guerra fue seleccionada para competir en el Festival de Cannes, pero no fue la primera australiana en competir. El año anterior (1979) había sido el turno de Mi brillante carrera, de Gillian Armstrong; y en 1978, la primera había sido El canto de Jimmy Blacksmith, de Fred Schepisi. Los tres años consecutivos de competencia en Cannes confirman el impacto que había alcanzado el Nuevo Cine Australiano en ese período.

El canto de Jimmy Blacksmith es también un drama histórico que transcurre en el paisaje favorito de las películas del NCA, el outback, más precisamente en el llamado bush, que refiere a las zonas no tan áridas. Allí se refugiaban los bushranger, como se conocía a los bandoleros que robaban a colonos y viajeros. Jimmy Blacksmith, el protagonista, es un bushranger que había sido criado por un párroco blanco que le enseña a ser sumiso y aguantar todo tipo de maltratos. Y así lo hace el joven… hasta que deja de hacerlo.

Además de sus valores cinematográficos, la película de Schepisi causó un gran revuelo entre la crítica y el público local al tratar el tema aborigen desde un punto de vista alejado de la versión romántica del buen salvaje. Hasta ese momento los aborígenes australianos o eran desconocidos o eran tratados como víctimas del racismo, y en esta película se muestra un hecho real que revela la presencia de una resistencia no exenta de violencia hacia el sistema colonial y sus continuos crímenes y vejámenes.

Gilliam Armstrong es la única mujer en esta camada de cineastas australianos que revolucionaron la industria local, y quizá no sea casual que el leitmotiv de la mayoría de sus películas refleje a fuertes personajes femeninos peleando por sus reivindicaciones y sus deseos en contextos adversos.

Mi brillante carrera cuenta la historia de Sybylla Melvyn, una joven independiente que anuncia que nunca se casará porque prefiere dedicarse a la literatura. El entorno social no se la va a hacer sencilla, sufre el desprecio y los insultos de familiares y vecinos, y deberá recurrir a un seudónimo para ser publicada. Judy Davis y Sam Neill, los protagonistas, eran dos jóvenes e inexpertos actores australianos que se lucen en esta recomendable película.

Gilliam Armstrong volvería a ocuparse de la mujer en films como Starstruck (1982), la historia de una joven que aspiraba a convertirse en estrella del pop en la Sidney contemporánea; Mrs. Soffel. Una historial real (1984), con Diane Keaton y Mel Gibson; Mujercitas (1994), su versión de la clásica novela, con Winona Ryder y Susan Sarandon; y Charlotte Gray (2001), con Cate Blanchett, entre otros.

A Philip Noyce se lo conoce fundamentalmente por ser el hacedor de grandes éxitos internacionales, como los protagonizados por Harrison Ford en el papel de Jack Ryan (Juego de patriotas, 1992 / Peligro inminente, 1994), o Sliver (1993), El coleccionista de huesos (1999) y Agente Salt (2010), entre tantos. Pero, además, fue uno de los artífices más relevantes de la Nueva Ola australiana, fundamentalmente con dos películas claves: Newsfront (1978) y Terror a bordo (1989).

Newsfront sigue la vida de un camarógrafo en los difíciles años de la posguerra (fines de los 40 y comienzos de los 50), dominados por la Guerra Fría y el macartismo. Combinando imágenes reales de noticieros de la época, Noyce retrata un tiempo de vertiginosa americanización de la sociedad australiana y a la vez rinde un sentido homenaje a un oficio que entraba en crisis con la llegada de la televisión.

Terror a bordo es la otra gran película del período “australiano” de Noyce. Cuenta la historia de una pareja que, tras sufrir una dura tragedia, emprende en soledad un viaje en velero por el Pacífico. En medio de la calma del mar se topan con otro barco que está a punto de hundirse con un único sobreviviente a bordo de un bote que se acerca al velero. Sam Neill, Nicole Kidman y Billy Zane son los protagonistas de este film que le abrió al director las puertas de Hollywood.

La selección es injusta y quedan sin citarse otros nombres importantes del Nuevo Cine Australiano, como por ejemplo, Tim Burstall (The last of the Knucklemen, 1979), Russell Mulcahy (Destructor, 1984), Simon Wincer (Arlequin, 1980), Colin Eggleston (Largo fin de semana, 1978), Richard Franklin (Patrick, 1978, y Sangre en la carretera, 1981) y el favorito de Quentin Tarantino, Brian Trenchard-Smith (El hombre de Hong Kong, 1975, y El imperio de la muerte, 1982).

De una u otra manera, las películas de este movimiento tuvieron en común una mirada revisionista de la historia australiana, una búsqueda de identidad, el tema aborigen y la supervivencia en el áspero paisaje del desierto (outback) en el que transcurren muchas de sus historias. “El vacío que aturde, la inmensidad, el espectáculo y el silencio: esos son los actores que marcan el ritmo de casi todas nuestras películas”, reflexionaba George Miller hablando de esa camada que integró, y de Australia, su país, una tierra tan idiosincrática, tan potente, que se merecía los cineastas que tuvo en esta época.

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