100 años de La quimera del oro 

A un siglo de su estreno, La quimera del oro sigue siendo una obra maestra indiscutible que demuestra el talento de Charles Chaplin para combinar comedia física, romanticismo, drama, un sentido del timing y de los elementos narrativos impresionante. Fue, en su momento, un gran avance tanto para su obra personal como en el contexto de la cinematografía norteamericana. Lo fue también para Charlot, su personaje del vagabundo, que a esa altura ya era uno de los más famosos del planeta, pero que expandía aquí su ya conocida posibilidad de recursos. Nada sería igual para Chaplin a partir de La quimera del oro. Así, es curioso pensar en que poco antes de la realización de la película las cosas no estaban tan alineadas. Hay, detrás, una historia, que, si bien ya fue contada muchas veces, es interesante volver sobre ella, ahora a cien años del estreno del film.

A un siglo de su estreno, La quimera del oro sigue brillando como una obra maestra absoluta, un testimonio del genio de Charles Chaplin y su habilidad para combinar con maestría comedia física, romanticismo y drama, todo ello acompañado de un impecable sentido del ritmo y una construcción narrativa precisa. Esta película no solo representó un hito en la filmografía de Chaplin, sino también un avance significativo en la historia del cine estadounidense. Su impacto fue doble: por un lado, consolidó su reputación como cineasta innovador; por otro, amplió la profundidad y las posibilidades expresivas de Charlot, el icónico vagabundo que ya era un fenómeno mundial. Con esta película, Chaplin no solo llevó a su personaje a nuevos territorios, sino que también se embarcó en una exploración de temas más complejos y oscuros. Nada volvió a ser igual para él después de La quimera del oro.

Lo curioso es que, poco antes de iniciar este proyecto, la situación de Chaplin no era la más prometedora. Detrás de la gestación de la película hay una historia llena de incertidumbre, giros inesperados y decisiones cruciales. Aunque este relato se ha contado en múltiples ocasiones, resulta interesante volver sobre él ahora, cuando se cumplen cien años del estreno del film.

A finales de 1923, Chaplin se encontraba en un momento difícil. Su película anterior, Una mujer de París, había sido un fracaso de taquilla. Este proyecto, una apuesta por el cine dramático sin la presencia de Charlot, había sido recibido con indiferencia por el público. El experimento no había funcionado y la lección era clara: su audiencia quería verlo a él en pantalla. Frente a esta situación, Douglas Fairbanks y Mary Pickford, sus socios en United Artists, lo invitaron a un desayuno para discutir el rumbo de su próxima película. Chaplin necesitaba un nuevo éxito que reafirmara su posición en la industria y despejara las dudas que comenzaban a rodearlo.

Fue en esa reunión cuando, casi por casualidad, Chaplin encontró la inspiración que necesitaba. Mientras hojeaba unas imágenes, se detuvo en una serie de fotografías en las que se veía a un grupo de buscadores de oro avanzando en fila india hacia el Paso Chilkoot, en Alaska, durante la fiebre del oro de 1898. Algo en esas imágenes despertó su interés. Intrigado, se sumergió en la lectura de relatos sobre la fiebre del oro y las dificultades extremas que enfrentaron muchos inmigrantes que llegaron a Estados Unidos a mediados del siglo XIX en busca de fortuna. Descubrió historias sobre aventureros perdidos en la Sierra Nevada, atrapados por las tormentas, luchando contra el hambre y la desesperación, obligados a alimentarse de sus propios perros, del cuero de sus botas e incluso cayendo en el canibalismo.

Con esas imágenes y relatos en mente, Chaplin comenzó a trabajar en una nueva historia. Lo que inicialmente era solo una vaga idea pronto tomó forma en un primer borrador titulado provisionalmente The Lucky Strike. A diferencia de sus películas anteriores, en las que la acción se desarrollaba en entornos urbanos, esta vez situaría a Charlot en un paisaje completamente distinto: un mundo helado, inhóspito y hostil. Pero más allá del cambio de escenario, La quimera del oro le permitiría explorar nuevos matices emocionales. La avaricia, la miseria y la desesperación serían elementos centrales de la historia, emociones hasta entonces poco exploradas en su cine. El reto era inmenso, pero Chaplin estaba decidido a hacer algo grande, algo que marcara la diferencia.

Para febrero de 1924, el rodaje estaba casi listo para comenzar. Casi todo estaba en su lugar, excepto un elemento crucial: la protagonista femenina. Chaplin aún no había encontrado a la actriz adecuada para el papel. Finalmente, la elegida fue Lillita MacMurray, conocida artísticamente como Lita Grey. Chaplin ya había trabajado con ella en The Kid, en una breve aparición, y quedó impresionado por su juventud y frescura. Sin embargo, más allá de su talento como actriz, la relación entre ambos tomó un giro inesperado. Lita Grey tenía apenas 15 años (aunque el estudio declararía que tenía 19 para evitar el escándalo). Chaplin, que siempre había sentido una marcada atracción por mujeres jóvenes, no tardó en “sugerírsele” a la joven Lita, y otro poco en concretar un encuentro íntimo (se dijo repetidas veces que la Lolita de Nabokov estaba basada en Lita Grey), en días en los que todavía Chaplin andaba enredado con Rebecca Wells (mujer de H.G. Wells) y además seguía picoteando con Marion Davies (ha corrido un río de tinta y otras tantas películas sobre esto). Lo cierto es que, en medio del rodaje, Lita Grey le anunció a Chaplin que esperaba un hijo suyo. Conociendo el riesgo de ser condenado a prisión por mantener relaciones sexuales con una menor, Chaplin no tuvo más remedio que ceder al pedido de los padres de Grey y casarse con ella -aun cuando ninguno de los dos protagonistas se soportaban demasiado a esa altura. Es por estos días en los que sucedió uno de los hechos más curiosos y comentados del Hollywood de esa época, y que sirvió de base para múltiples relatos literarios y cinematográficos. Sí, es muy tentador volver a contarlo.

Pocos días antes de su compromiso con Lita, el magnate William Randolph Hearst y su joven pareja Marion Davies invitaron a amigos y allegados a dar un paseo a bordo de su yate Oneida. Entre los invitados estaban Charles Chaplin y el productor de cine Thomas Ince. La travesía terminó con Ince llevado de urgencia a un hospital, donde falleció enseguida por un supuesto ataque al corazón. Con el tiempo se tejieron muchas hipótesis alrededor de una muerte nunca investigada (ni siquiera se realizó una autopsia al cuerpo de Ince), y todas ellas hablaban de un disparo de Hearst hacia el pobre de Ince, al que el magnate confundió con Chaplin (parece que de espaldas tenían una contextura física similar). Se dice que Hearst quería vengar el affair del actor con Davies, y que las cosas no salieron como esperaba. Como la sombra de su poder se extendía a límites insospechados, pudo camuflar, tapar y evitar cualquier comentario sobre lo que pasó esa noche a bordeo del Oneida. Alrededor de aquello se creó un aura de misterio que jamás se aclaró. Hoy es una de las leyendas más jugosas de la historia de Hollywood y de la prensa amarilla mundial. Lo cierto es que esta situación trágica pudo haber “convencido” a Chaplin de que le convenía acceder a casarse con Lita Grey para, de esta manera, aplacar la irritabilidad de Hearst con respecto a que el affaire entre Chaplin y Davies continuara. La ceremonia fue breve y secreta, con pocos invitados. Y el matrimonio fue, claro, una calamidad. Pero eso es parte de otra historia. Finalmente, el embarazo de Lita Grey imposibilitó que continuara con su papel en la película. Así que, luego de haber filmado unas pocas escenas, se decidió que fuera reemplazada por Georgia Hale.

Desde el comienzo, La quimera del oro implicaba una producción de una escala imponente, inédita hasta entonces. Exteriores en locaciones complejas, con frío elevado, un decorado que imitaba un campamento minero, una multitud de 500 extras para la escena inicial, además de montañas de sal, yeso y harina que emulaban glaciares un entorno majestuoso al estilo de las épicas de DeMille y Griffith. Con un costo de un millón de dólares, luego de 17 meses y 170 días de rodaje, se convertía en la película más cara del cine de esa época. También en la más rentable, luego de obtener 6 millones de ganancia. Y si bien la filmografía de Chaplin está marcada por distintos momentos icónicos, La quimera del oro es su película definitiva.

Es un paso adelante en su camino por combinar el humor físico con temas universales como el romanticismo, la supervivencia, la búsqueda de la felicidad, el valor de los sueños y la humanidad en tiempos difíciles. Es, también, una crítica mordaz sobre lo que por esos días era “el sueño americano”, cómo la fiebre del oro puede generar tanto esperanza como decepción. Y la importancia de entender que, a pesar de los esfuerzos del protagonista por acceder a una fortuna, lo que realmente le da sentido a su vida es encontrar el amor. Chaplin perfecciona el uso de la comedia física, combina el slapstick con una gran carga emocional, mezclando humor con tensión dramática (la escena con el oso es un ejemplo icónico de esto) como nunca antes hasta ese entonces, y en un juego de contrastes (lo físico y lo moral en un contexto sórdido) que el cómico utiliza con material para su comicidad. Es una película enorme, cargada de elementos y simbolismos que por su sencillez no dejan de ser profundos. Y que merece ser revisada cada tanto y, para algunos afortunados, descubierta y revelada. El propio Chaplin diría luego que esta era la obra por la que quería ser recordado.

J.D.

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