Skinamarink: cambio de paradigmas en el terror  

Skinamarink and the Many Reddit Theories About Kevin, the Monster, and the  Ending | Den of Geek

El terror es, de todos los géneros cinematográficos, el que más sufrió la avaricia de las grandes productoras norteamericanas y su necesidad irrefrenable de aprovechar una mina de oro hasta agotarla por completo. En los últimos diez años, las secuelas, precuelas, remakes y spin-offs se convirtieron en enfermedades graves para el audiovisual entero. Pero, para el horror en específico, significaron una infección casi letal, que afectó la calidad de sus mejores creaciones. En otras palabras, las películas de género sufren de una monotonía abrasadora, posible de ser rastreada en los dos niveles que hacen a este tipo de producciones.

Primero, en las historias que se cuentan y como se cuentan. Al observar los títulos que se estrenaron a partir del 2010 y causaron un impacto fuerte en la taquilla, lo que resalta es la falta de una identidad propia que distinga uno del otro, tanto al nivel de la trama (la casa embrujada, el asilo abandonado), como los modos en los que esta fue filmada (la moda del jumpscare). En segundo lugar, aparece la predisposición ya mencionada a extender la vida útil de las historias que brillaron en la mejor época del género o son consideradas nuevos clásicos. Algunos ejemplos que denotan tal exageración son la decimocuarta entrega de Halloween, la sexta de Scream, y la décima de Saw.

A simple vista, el terror parece estar estancado en una invariabilidad infinita, pero no le falta mucho para encarnar una evolución trascendental. La metamorfosis destinada a corregir sus normativas está encabezada por el subgénero del analog horror o terror analógico, un modelo narrativo que tuvo su origen en Youtube alrededor del 2010, y que, después de una década repleta de producciones exitosas como Mandela Catalogue y Local 58, llegó a las pantallas grandes con Skinamarink en el 2022.

Esta forma de contar el horror se distingue de la tradicional por hacer uso de una narrativa críptica al extremo, donde sus directores emplean tecnologías obsoletas como cintas VHS, transmisiones de televisión por aire, cámaras de seguridad de baja resolución y software antiguo de computadoras para generar una sensación de nostalgia combinada con elementos perturbadores, creando una disonancia que induce ansiedad.

Aunque las críticas mayormente desfavorables a Skinamarink demostraron que el subgénero está encontrando muchos obstáculos para asegurarse un lugar inamovible en el ámbito comercial del terror, es un hecho que, más temprano que tarde, irrumpirá en él para redefinir cada una de sus reglas ¿Por qué la película marca el paso definitivo hacia la renovación del cine de terror contemporáneo?

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Costos de producción y modalidades de estreno: Skinamarink triunfa en la adversidad de sus orígenes

La redefinición que propone el filme comienza antes de su existencia propiamente dicha. En primer lugar, involucra repensar el modelo de producción tradicional, sostenido por la contratación de estrellas de primera línea y/o el abuso de efectos especiales costosos. Hasta octubre de 2024, los títulos de género que mejor se desempeñaron en la taquilla fueron Alien: Romulus y A Quiet Place: Day One, cuyos gastos alcanzaron los ochenta y setenta millones, respectivamente. Incluso Longlegs, que ocupa el tercer puesto en recaudación y se considera a sí misma como una cinta independiente, reclutó a Nicolas Cage y utilizó un presupuesto de diez millones.

Estos números no son nuevos, ni lo son la marginación de los directores que quieren financiar sus propios proyectos o sus originales formas de ingeniárselas, resultantes en movimientos que van desde el nuevo cine argentino hasta el mumblecore. Más bien, Kyle Edward Ball, el director de Skinamarink, escribe una entrada inédita en la historia del cine realizado con poco, habiendo aprovechado las formas del terror análogo para reducir el presupuesto a quince mil dólares conseguidos vía recaudación, con un reparto que raramente aparece en escena y secuencias crudas. Nadie pudo definir la esencia de esta última mejor que sus detractores: “Con largos periodos en los que no ocurre nada, la película se dedica a observar lentamente las paredes y el techo de cada habitación de la casa”.

Peor, antes de saltar al desglose de las herramientas que hacen al relato, cabe destacar una etapa del desarrollo de Skinamarink en la que sí resultó ser pionera absoluta (aunque no intencionalmente), y es en los buenos resultados de su caótico estreno. En 2022, Ball apenas pudo celebrar que su creación había sido admitida en varios festivales cuando uno de ellos experimentó un fallo técnico en las carpetas que alojaban los títulos de la programación, y todos ellos se filtraron.

En un abrir y cerrar de ojos, la piratería hizo lo suyo, y la cinta se esparció a través de Youtube, Twitter, Reddit, y otras redes sociales. Entonces, la película comenzó a generar un enorme revuelo, y se edificó una grieta que separaba a un público que la adulaba y otro que dudaba de cada una de sus propuestas. En cualquier caso, la creciente conversación sobre el tema poco alegraba a Ball, claramente frustrado por las entonces anuladas posibilidades económicas de la película. Como lo expresó en Variety, “Creo que las personas tenían la impresión de que no teníamos posibilidades de distribución y que nos estaban haciendo un favor pirateándonos. Pero sí teníamos un plan” .

Lo que el cineasta no previó es que este se vería favorecido por dicha filtración, ya que, una vez visualizada en pantalla chica, los nuevos fanáticos de Skinamarink extendieron la palabra sobre la necesidad de verla en pantalla grande. De esta manera, el proyecto experimental pasó de firmar un contrato menor con Shudder (la plataforma líder en cine de terror vía streaming) y asegurar un paso fugaz por algunos festivales a ser la bandera de aquel servicio on demand, tejer una alianza con Mubi para ser distribuido en el mundo entero y conseguir salas en cada parte del globo.

Por eso, en lo que respecta a los primeros pasos de su desarrollo, la película no solo logró innovar en el circuito tradicional mediante la no-narratividad que abarató los costos de producción al máximo, sino que también pudo sobreponerse al problema de la piratería gracias a su calidad y propuesta original, que llevó a los “piratas” a verla dos veces; una para degustarla sin involucrar el bolsillo, y otra para visualizarla en su mejor versión y apoyar su recaudación en una especie de agradecimiento por traer algo nuevo a la monotonía actual del género.

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Las formas diegéticas y técnicas de Skinamarink: personalización antes que generalización

A medida que Skinamarink iba ganando más y más popularidad a raíz de su filtración, la pregunta sobre si tenía o no screamers se repetía constantemente. Y es que hoy, el género se condensa en ese modo de ser filmado. Al clasificar sus títulos, los dividimos entre los que se organizan en base a sustos y los que no, siendo el segundo un receptáculo de reiterados errores sobre lo que es el terror psicológico.

Lo cierto es que el filme tiene dos o tres jumpscares brillantes, funcionales gracias a la tensión infinita que se palpa en cada segundo del largometraje y que nunca le da un respiro al espectador para que se relaje. Es decir, no posee los típicos momentos anticipatorios del horror, el susto y los posteriores espacios de calma para que el público se recomponga. No otorga tal seguridad, y sostiene su atmósfera críptica de principio a fin. De todas formas, la propuesta de Skinamarink apenas toca dicho recurso oxidado, casi como si apuntase a satisfacer brevemente a los amantes del pánico barato, y se esfuerza por hacer florecer el miedo en los no-lugares.

Sin enfocarlos de frente ni de cuerpo entero, la cámara sigue a dos hermanos pequeños que, en medio de la noche, descubren que sus padres desaparecieron. Además, observan como las ventanas, las puertas, y otros objetos de su casa se desvanecen poco a poco, mientras una entidad sin rostro ni cuerpo les habla desde las sombras. Entre tantos monstruos del exceso, monjas malditas que flotan y asesinos que desangran cuerpos con las más variadas herramientas de tortura, la película pionera del terror análogo en los cines se centra en el eje opuesto: la ausencia.

No hay rostros, no hay cuerpos, no hay padres, los muebles se borran para transformar el espacio conocido en desconocido, y la entidad maligna carece de una forma física que nos permita digerirla. Así como los planos largos de rincones oscuros hacen que el público se pregunte qué acecha donde no pueden ver, la película entera es, en realidad, una invitación a que el espectador rellene el “espacio en blanco” con los miedos que lo son propios, y allí radica su efectividad.

De hecho, Ball mismo lo explicó en una entrevista que dio para Ad Lib Podcast. Cuando se le preguntaron las razones por las que creía que la película había tenido tanto éxito, respondió que Skinamarink funcionaba como “una copia personalizada del horror para cada espectador” . En ese sentido, declaró que el futuro del género reside en que los directores prefieran contar historias personales antes que apuntar a tejer un temor desdibujado y desesperado por contentar a todos los públicos existentes.

Agregó que la universalidad no debe buscarse por el camino fácil del relato generalizador, sino que, al contrario, tiene que erguirse como la prueba de que el autor sabe trabajar en la delgada línea que une a los miedos comunes con los personales. En el largometraje, su don queda demostrado en el hecho de que el público nunca sabe si se ubica en el punto de vista de los hermanos escapando del monstruo, o si mira a los pequeños con los ojos de la entidad que los acecha.

Así, el tratamiento de la historia, tanto al nivel de la trama propiamente dicha como en el que corresponde a su filmación y edición, es otra de las razones por las que los inversores del terror superficial que hoy nos gobierna tragaron saliva ante la bandera plantada por la cinta. La popularidad de la producción, que puede rastrearse en el hecho de que Shudder y Mubi la hayan agregado a su catálogo en streaming, indica que los consumidores del género están listos para dar el salto hacia la predilección por un modelo creativo que los grandes estudios no pueden emular usando su tradicional “copiar y pegar”.

Blumhouse, por ejemplo, se especializa en contratar directores con poca experiencia para que acaten las órdenes de los productores, cineastas que alguna vez brillaron por su originalidad (como James Wan, el autor del universo de The Conjuring), y que hoy prefieren manejar el bolsillo de la empresa. A24, que hace un par de años supo distinguirse por engendrar a Ari Aster, está desviándose en la misma dirección, y ello lo prueba el hecho de que su última película en el tema, Talk to Me, haya sido dirigida por dos Youtubers. Entonces, es claro que cualquiera puede sentarse en la silla de director, pero muy pocos van a poder siquiera copiar lo que Ball consiguió en cuanto a la construcción de una atmósfera asfixiante.

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