No falta mucho para que se anuncie la película que inaugurará la 78ª edición del festival de cine más importante del mundo, el Festival de Cannes, y aprovechamos la excusa para hablar de Le Deuxième Acte que fue la proyección de apertura de la edición pasada. En noviembre la tuvimos en Mar del Plata y ahora está disponible en algunas plataformas de streaming; dirigida por el francés Quentin Dupieux, el director de Daaaaaalí, Mandibules y Yannick (acá mis comentarios), entre otras, y que, fiel a sus antecesoras, no deja de sorprender al interpelar a los espectadores en una sátira metatextual que se ríe de todo y de todos, incluso del cine, incluso de la inteligencia artificial e incluso del cine en tiempos de inteligencia artificial.
La película gira en torno a otra película que se está rodando en la que la demarcación entre ambas ficciones no queda del todo clara hasta bastante avanzado el film, aunque, tal vez, “claridad” no sea el mejor término para aplicar. Un problema de demarcaciones no establecidas y límites difusos ciento por ciento intencionales, que solapan capas y desdoblamientos dentro de una y otra ficción, amenazando el colapso de las estructuras narrativas y entremezclando la(s) historia(s).

Una de las dos películas, la que no tiene nombre y se rueda dentro de la película de Dupieux, está dirigida por un director virtual que aparece mediado por una pantalla y siendo sostenido por un asistente real y una mala señal de internet. Esta se filma dentro –o durante– de Le Deuxième acte, en una nueva entrega del subgénero “cine dentro del cine”, que tantos fanáticos tiene.
Tres actores y una actriz en roles principales sumados a varios extras, ruedan un film en el que David (Louis Garrel) y Willie (Rapahël Quenard) van a un encuentro con la novia del primero, Florence (Lea Seydoux), y su padre Guillaume (Vincent Lindon). La reunión inicial estaba planeada para todos sin Willie pero David piensa llevarlo para que enamore a su novia, dada la presión y atosigamiento que ella ejerce sobre él. Florence, por su lado, pretende que su padre conozca a David en un principio y les dé el visto bueno en la relación, aunque no tardará mucho en hacerle notar a Willie que en realidad no es eso lo que quiere sino que pretende romper con David, dado que, contrario a lo que él pregona, es ella quien se siente presionada por él. Este sería parte del argumento de la película que filma una IA con avatar de director y que aparece en formato virtual (con tanto avance es necesaria la distinción) donde estos cuatro personajes entran y salen de su propio papel de manera frecuente comentando sobre sus quehaceres profesionales en la actuación o para discutir sobre otros aspectos, mientras reciben llamadas de agentes, convocatorias de directores de renombre y demás; cine dentro del cine.
Los actores del film sin nombre están actuando que actúan; no los actores de Dupieux (Quenard, Garrel, Seydoux y Lindon) sino los actores de la IA (Willie, David, Florence y Guillaume), ellos son los intérpretes de una película sobre un enredo de parejas que no tiene mucho sentido, como si efectivamente le hubieran pedido a una IA que creara una ficción en la que los personajes entraran y salieran de papel con frecuencia sin dejar en claro en qué momento lo están haciendo.
No obstante, hay, al menos, dos cuestiones que quiero marcar acá: la primera tiene que ver con que se utilizan las mismas cámaras para filmar la ficción de Dupieux y la ficción que filma la IA dentro de la suya (voy a volver sobre esto más adelante); y, la segunda, tiene que ver con que esa otra ficción es, en realidad, una nueva; amplificando esa separación a un grado más de distanciamiento y generando cierto disloque narrativo. ¿Cómo notamos eso? Veámoslo de la siguiente manera: la escena final de la ficción sin nombre es producto de una charla en la que Willie y Guillaume se burlan de los nervios de uno de los actores de reparto, Stéphane (Manuel Guillot), dado que es su primera incursión en cine y no está pudiendo lidiar con ello; no se burlan de un camarero que tiembla al servir el vino que están tomando, sino que se burlan del actor que no puede con la escena. Esa burla se da mientras los actores están un impasse de esos en los que hablan de sus carreras o de Paul Thomas Anderson y termina con el suicidio de Stéphane; y será allí y solo allí, que la aparición del director (mediada por un dispositivo) anuncie el fin del rodaje y vengan los comentarios sobre que tan fieles han sido con el guión y que tan bien estuvieron los interpretes. Todo esto mientras celebra lo “real” de la falsa ejecución.
Es decir: mientras todos creemos que se ha pasado una instancia brutal dentro de ese film que solo presentaba una dificultad, ahora vemos que todo era artificio. Algo así como una manera de resolver rápidamente algo con lo que empezábamos a familiarizarnos. Un minuto antes del disparo, una señora dentro del restaurante (una extra) le pregunta a David si esto es o no parte del film, y la respuesta de David es llevarse el dedo índice a la boca solicitando silencio; por lo tanto, están rodando. Después Stéphane se lleva el arma a la frente, gatilla, y mientras todos quedan absortos, la acción es finalmente interrumpida por los aplausos a la película sin nombre. Entonces, los momentos en los que los supuestos actores se burlaban del extra también eran parte de este film sin nombre dirigido por la IA. A partir de allí, LDA parecería retomar su narración habiendo deshecho una de las capas más conflictivas del film que era esa metadiscursiva, aunque todo sea registrado por la misma cámara.

Vayamos un poco hacia atrás: En La nuit Américaine (1973), precisamente en el inicio del film de François Truffaut, la referencia al subgénero es clara desde el travelling de apertura, porque segundos después de escuchar “corte”, son vistos los extras, los iluminadores, las cámaras, etc. Es decir: cine dentro del cine con la separación demarcada entre ficción rodada dentro de la ficción primaria. Hay muchísimos ejemplos pero siempre es un honor citar a Truffaut. En línea con esto, Allen suele dar esos guiños de hablarle al público y romper esa famosa cuarta pared, igual que series de estos últimos años que se hicieron famosas por el mismo recurso, como House of Cards o Fleabag. De todos modos, está claro que hablarle al espectador y hacer cine dentro de cine, son cosas totalmente distintas: la segunda no implica falsear el acuerdo tácito entre el que mira y el que es mirado como sí ocurre por esos segundos en los que hay una mirada a cámara. Acá, Dupieux, explora ambos procedimientos y los combina. Se evidencian marcas de enunciación fuertes como la aparición de este director en escena, algún asistente y alguien que apunta letra fuera de cuadro, al mismo tiempo que hay miradas a cámara que le hablan al público aclarando alguna confusión. Pero a diferencia de Truffaut, seguimos sin ver las cámaras que registran la película que dirige la IA.

Desarrollando un poco más lo dicho, se advierte al comienzo del film, en esa larga caminata entre Willie y David cuando la misma cámara que los toma en la ficción es la que los toma queriendo enmendar los dichos de uno y mostrando corrección política del otro en sus parlamentos. ¿Ese Nos están filmando es a los espectadores de Dupieux o es a los falsos espectadores del film dirigido por la IA que es –a su vez– un film dentro de otro?.
En un momento ya sospechamos que se viene una madeja y la película no da tregua, solo pretende dar un mini cierre cuando el director le da las devoluciones a cada uno al mismo tiempo que les aclara qué tan fieles han sido con su guión o que tanto dinero van a descontarle de su caché por no haberlo sido.
Cuando pasa el tiempo y consideramos que la aventura de Dupieux ha sido entretenida y ha logrado volvernos un poco locos: Los parejas se mezclan y ahora Florence regresa con David y Guillaume –colocación de falsos bigotes mediante– regresa con Willie, su pareja. Sí, los dos homo y trans fóbicos del film, regresan a su casa juntos porque sus comentarios anteriores eran parte del papel.
Nunca sabremos si la muerte es realmente el fin o si se trata de otra de esas capas que Dupieux propone para meterse dentro de otra ficción. Más que rememorar a Woody Allen o incluso a Charlie Kauffman, la sensación remite más a Inception, solo que sin esos amuletos que nos permitían saber en qué plano de la realidad estábamos o si éramos parte del sueño de alguien. Parece resolverse en boca de David y esos parlamentos que sostienen que la ficción es la realidad y que la realidad es la ficción o mejor dicho: la que creemos que es una es la otra y así.

En la secuencia de créditos se sigue develando el artificio, luego de esa sátira de y por el cine, de los modos, de la profesión de director o de la de actor, aunque también muestre su costado ingrato: mentir sobre el saber hacer, no es otra cosa que exponer el nulo saber. Este segundo acto –también nombre del restaurante donde es la reunión– opera en una doble significación –como las dos caras del signo– mezcla todo y tanto, que ya da que pensar si en realidad es eso lo que importa o si se trata de un ensayo hilarante sobre el cine frente a las nuevas tecnologías con cierto sello distintivo y algo disruptivo del director francés. Nuevamente en plano lúdico y con intercambios de roles, sometiendo al espectador a su merced. Algo de todo esto que viene con los avances tecnológicos también había preocupado a Walter Benjamin en la década del 30, pero cada uno usa el soporte que mejor maneja ante el auditorio que mejor conoce.
Capas narrativas, puesta en abismo, metadiscursos. Todos conceptos que entran en jaque al no poder definirse con precisión; elementos, por decir, habituales dentro de la filmografía del director. Será el cine, entonces, el encargado de hablar de sí mismo y del momento que está atravesando. No puedo evitar recordar las palabras de Paul Schrader quien hace unos meses, manifestó su asombro ante las posibilidades de la IA en la escritura de guiones. La película es otra entrega de un director que ya dijo en alguna ocasión que no trabaja con ideas demasiado pensadas, o que prefiere guiarse por su inconsciente, a pesar de saberse hacedor de cosas sin pies ni cabeza (sic). No sé cuánto hay de cierto en esas declaraciones que suele dar Dupieux pero sin dudas prefiere reírse de todo, entre absurdos e imposibles, haciendo lo que sabe hacer: películas.



¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.