Náufragos y navegantes – Nota 26
Segunda y última entrega sobre el cine argentino en el marco de esta serie de Náufragos y Navegantes. No me referiré a apellidos más ilustres del cine nacional, como Torre Nilsson, Favio o Martel, prefiero en este caso ocuparme de directores no tan famosos pero fundamentales como Gleyzer, Birri y Prelorán, y de muchos otros cuyo cine visibilizó la injusticia y la desigualdad de este país.
Un tema que siempre es presente. En esta misma semana se habló mucho de la figura de Osvaldo Bayer, por atentado que sufrió un monumento suyo en el mismo y conflictivo territorio patagónico que supo ser marco para sus escritos. Una mala noticia que por lo menos sirve para constatar que su figura sigue incomodando. Bayer es el autor de un libro de cuatro tomos que fue llevado casi inmediatamente al cine después de su publicación, con la película homónima de Héctor Olivera La patagonia rebelde (1974). Hace apenas una semana me referí a este título, pero quiero ampliar ese concepto con una cronología títulos que ya desde el cine mudo se han ocupado de estos temas.
Cine mudo con mucho para decir
La injusticia como tema está presente casi desde siempre en el cine argentino, ya que muchas de las primeras películas del cine mudo nacional recurrieron a la temática gauchesca, entre ellas, una fundacional como Nobleza gaucha (1915) dirigida por Humberto Cairo, Ernesto Gunche y Eduardo Martínez de la Pera. Con una premisa muy elemental y finalmente de fórmula: villano secuestra dama y héroe parte a rescatarla, el hecho de que el héroe sea un gaucho y el villano un estanciero despótico que se aprovecha de su red de poder le da un componente. De una manera rudimentaria, esa desigualdad de clases instala la villanía para un vehículo de entretenimiento. La película también es un extraordinario documento para ver el Buenos Aires hace 110 años. Lamentablemente un 95% del cine mudo argentino se ha perdido.
Juan sin ropa (1919), dirigida por George Benoit va mucho lejos, su protagonista llega a la industria frigorífica y se convierte en líder sindical, llevando adelante una huelga que es salvajemente reprimida por la policía. Con el tiempo regresa a su tierra de origen y organiza a los colonos contra el caudillo del lugar.
Siempre dentro del cine mudo, hay que destacar otra película, En pos de la tierra, Episodio de la vida de un campesino, realizada entre 1921 y 1922 por encargo de la Federación agraria. Fue dirigida por Antonio Defranza y ,si bien no estaba perdida, el material circulante era de pésima calidad (lo mismo que los otros dos títulos mencionados). El año pasado fue encontrada una copia en nitrato del film, un hallazgo extraordinario que permitió realizar una copia restaurada en excelente calidad.

Esta película de ficción fue rodada en Casilda, e incluye en su tramo final un registro documental previo de una gran manifestación agraria, siendo probablemente la primera protesta real de la que se tenga registro filmado.
El protagonismo de los excluidos
Ya me he referido en el artículo anterior a la década infame, los años '30, cuya intolerable desigualdad cimentó los cambios que sobrevendrían en la siguiente década. La explotación de trabajadores forestales en el norte argentino fue el tema de muchas películas fundamentales de nuestra historia. Me he referido en otra nota reciente a Quebracho (1974), de Ricardo Wullicher. Y una referencia insoslayable es Las aguas bajan turbias (1952) de quien para mi es, sin dudas, uno de los cinco directores más importantes del cine argentino, Hugo del Carril.
Pero quiero detenerme en otra película previa, que pertenece justamente a esa década infame. Se trata de Prisioneros de la tierra (1939), de Mario Soffici, que tiene puntos de contacto con la obra de 1952, pero con un espíritu pionero que hay que señalar. Si bien lo que prima es el melodrama, como en todo el cine nacional del período clásico, esta obra esta considerada como la primera película de denuncia de todo el cine latinoamericano. Ya he señalado antecedentes en el cine mudo pero la diferencia es que este título fue muy reconocido, ocupando siempre los primeros lugares en la encuestas sobre la mejor película argentina de la historia. Y sigue vigente, en la última encuesta importante, realizada en 2022, quedó en el puesto 19. Su trama se ocupa de la explotación de trabajadores de la yerba mate en la provincia de Misiones y el guion de Ulises Petit de Murat está basado en varios cuentos de Horacio Quiroga.

Es importante también señalar algunos puntos de contacto entre esta película con el Neorrealismo italiano. Pienso en películas como por Arroz amargo (1949) de Giuseppe de Santis, pero todo eso ocurrió varios años más tarde.
Precisamente ese movimiento sería clave en la formación de Fernando Birri, que en su regreso a Argentina en 1953 forjaría una destacara carrera que abarcaría a toda la región, primero desde la Escuela Documental de Santa Fe y luego desde la Fundación de Nuevo Cine Latinoamericano en Cuba. Ya me he referido a él en un artículo sobre el cine de ese país. De todo su amplio trabajo en el documental y la ficción quiero destacar la película Los inundados (1962), basada en el cuento homónimo de Mateo Booz, otra película que figura alto en las encuestas y que en su momento ganó el premio a Mejor Ópera Prima en el Festival de Venecia. Con clara herencia neorrealista y toques de comedia picaresca, pero con una mirada propia, Los inundados señala un conflicto que no para de reactualizarse, el de la tensa relación entre el estado y las víctimas de las inundaciones. La ciudad de Santa Fe que retrata siguió sufriendo este drama y en el presente de este artículo la ciudad de Bahía Blanca lo está padeciendo.

En el mismo artículo en el que hablé de La patagonia rebelde y Quebracho mencioné a Raymundo Gleyzer, desaparecido en 1976. Su cine se ocupó de igual forma de los desposeídos de toda Latinoamérica, con títulos como La tierra quema (1964) sobre la miseria de los campesinos del noroeste de Brasil o la cuestionadora México, la revolución congelada (1971).
En sus inicios había trabajado con otro director tan imprescindible como poco conocido, y el último que mencionaré en este artículo, Jorge Prelorán. Tienen un trabajo en conjunto, el cortometraje Ocurrido en Hualfín (1965).
Prelorán es un gran referente del cine etnográfico, con más de 60 títulos en su haber, la mayoría cortometrajes registrados en zonas rurales remotas. Uno de ellos, llamado Luther Melke a los 94, incluso llegó a estar nominado al Oscar en 1981. Otros títulos destacados para conocerlo podrían ser Chucalezna (1968), Hermógenes Cayo (1969) y Los onas: vida y muerte en Tierra del Fuego (1977). Su estilo inmersivo, paciente y atento siempre estuvo a contramano de toda corriente o tendencia.
El próximo destino en este viaje ya será el último, Uruguay. Me ocuparé del repaso habitual por el cine de ese país, pero también de la figura de Galeano que inspiró estos artículos. También será tiempo de memoria y balance, aunque no me preocupe tanto el balance como la memoria.




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