EL SUEÑO  

Desperté con un extraño cosquilleo en el cuerpo, como si las leyes del mundo conocido se estuvieran desmoronando lentamente a mi alrededor. Abrí los ojos y, en lugar del techo de mi habitación, lo que vi era una pantalla gigante. No era una pantalla común, sino una que reflejaba mi vida entera, como si estuviera siendo proyectada en el centro de un cine vacío.

Me senté en lo que parecía una butaca confortable, aunque no recordaba haberme movido para sentarme allí. La pantalla, tan grande que abarcaba toda mi visión, comenzó a mostrar imágenes de mi infancia. Vi mi primer día de escuela, el primer perro que tuve, mi primer beso. Todo parecía tan real, tan vívido, que podía sentir la nostalgia de esos momentos, como si estuviera reviviéndolos.

De repente, la proyección cambió. Ya no eran recuerdos de la niñez, sino de mi vida adulta: las decisiones que había tomado, las personas que había conocido. Cada elección que había hecho parecía estar en la pantalla como si de alguna forma alguien la hubiera editado para mí. Podía ver las veces que me equivoqué, pero también los momentos de alegría pura, como aquel atardecer en la playa con mis amigos o el día en que por fin conseguí el trabajo que siempre quise.

La pantalla comenzó a mostrarme no solo los eventos de mi vida, sino los momentos internos que nunca había compartido con nadie: las inseguridades, las dudas, los miedos. Vi las veces que me había sentido solo, las veces que me había cuestionado si realmente estaba viviendo mi vida de la manera correcta. Era como si estuviera frente a un espejo que no solo reflejaba lo que había hecho, sino lo que había sentido.

Fue entonces cuando algo extraño ocurrió. La pantalla empezó a avanzar rápidamente, mostrándome momentos futuros. Pude ver los días que vendrían, los viajes que aún no había hecho, las personas que conocería y las que perdería. La imagen de mi vida futura me llenó de incertidumbre, pero también de una extraña sensación de tranquilidad. Aunque no todo estaría bajo mi control, había algo reconfortante en saber que el camino ya estaba escrito, aunque no pudiera verlo por completo.

En ese instante, la pantalla se apagó abruptamente y, por un segundo, todo se sumió en la oscuridad. El silencio fue absoluto, pero pronto una voz resonó en mi mente: "¿Qué harás con todo lo que has visto?"

La pregunta me dejó perplejo. No sabía qué responder. Había sido testigo de mi vida entera, en sus más grandes alegrías y sus más profundas miserias, y ahora, con todo ese conocimiento, no sabía cómo seguir adelante. La vida no estaba predestinada; era el resultado de las decisiones que tomaba, y al ver el panorama completo, todo parecía aún más incierto.

De repente, la pantalla volvió a encenderse, esta vez mostrándome una sola escena: yo, de pie, mirando el horizonte. A mi alrededor, las huellas de todo lo vivido, de lo que aún quedaba por venir. Y entendí que la película no era el final. Era solo un recordatorio de que, al final, mi vida no era un guion predeterminado. Era una historia que yo aún tenía que escribir.

Con esa revelación, me desperté, o al menos eso pensé. Abrí los ojos y, de nuevo, vi el techo de mi habitación. Pero algo había cambiado. El aire parecía más fresco, la luz del sol que entraba por la ventana más brillante. Miré mi reloj: un día nuevo comenzaba. Y, aunque no sabía cómo sería, sentí que tenía el poder de escribir mi propio guion.

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