Primer largometraje después de varios cortos para el director irlandés Chris Andrews con Bring them down, un estreno vía MUBI para Latinoamérica después de su paso por festivales y algunas salas que desarrolla una historia de venganza entre familias vecinas en la ciudad de Wicklow, Irlanda, que incluye ovejas, carneros, códigos de campo y mucha sangre.
Decimos que la venganza es intrínseca al hombre –o al animal– en la medida que es inmediata, es decir la reacción a una acción; ahora, la premeditación y el plan tienen más que ver con la crueldad que con otra cosa, sobre todo si hay un interés detrás, ya sea económico, el respeto a la tradición o el mero placer. No me posiciono de ningún lado, más allá de alguna leve inclinación, pero habría que ver quién tiró la primera piedra en esta historia que tiene sus inicios muchos años atrás. Aunque será justamente allí donde el film encuentre uno de sus puntos altos: el modo particionado y no lineal que se elige para contar esta historia. Pero ya vamos a volver sobre esto más adelante.

Sobre edades tormentosas e ira acumulada por violencia familiar, Andrews ya se había pronunciado en Fire, el corto del 2015 en el que un joven Ewan Mitchel interpreta a un adolescente con puños de fuego que coquetea con el robo al mismo tiempo que es sometido por un padre agresivo. Acá es el personaje de Jack (Barry Keoghan) quien encarna al adolescente conflictuado en uno de esos papeles que tan bien maneja el actor irlandés pero que ya corren riesgo de volverse su marca registrada: una actitud pasiva en apariencia pero que dependiendo del móvil o asunto que lo atraviese, le despierta una violencia despiadada del orden de lo satánico; una mirada que insinúa que perder la atención un segundo puede costarte la vida. Sí, claro que recuerda a su personaje en The killing of a sacred deer, aunque acá se retoma desde una óptica conflictuada en pos de querer ayudar a su padre o lograr la independecia, sin importar que el costo implique tortura animal o asesinatos. Un llamado de atención a los padres de hijos adolescentes para ver qué tan cerca están de ellos, ahora que está de moda conversar al respecto. Enhorabuena saber quiénes conforman el grupo de amigos de sus hijos. Pastores: cuiden su rebaño.
Como anticipamos, el film presenta una disputa entre familias que viene de larga data, los O´Shea y los Keely. Ambas se dedican al comercio de animales, pero tienen un pasado demasiado vinculante y nada agradable que la película se encarga de mostrar en los primeros minutos. Ambos jefes de familia, aunque por distintas razones y otras velocidades, están dejando el negocio a manos de sus hijos. Mentiras, secretos e intereses hacen sus apariciones y las heridas del pasado aún están latentes, por más tiempo que haya transcurrido. En el medio un robo y una mentira, pero con una premisa básica: la ropa sucia se lava en casa.

Una venganza de nunca acabar que cuenta con secretos casi prescritos en locaciones que, entre paréntesis, tuvieron en estos últimos años entregas de películas muy buenas, porque As Bestas, más allá de la región y del cambio agricultura por ganadería, era también un conflicto entre vecinos en tierras inhóspitas, donde las leyes las impone uno a fuerza de escopetazos porque si no tirás vos, te asesinan tus vecinos.
No es que el thriller brille más por el modo que elige para contarlo que por el argumento en sí, pero estamos frente a un film de esos que repiten escenas desde otro punto de vista, dándole así más información al espectador y jugando con las hipótesis que se van formulando. Además, el procedimiento está bien resuelto: un relato no lineal, pero no en la medida de un gran flashback ni de un flashforward, sino un trabajo minucioso en la temporalidad que además de ser desordenado, muestra de un lado y repite de otro para describir el accionar de los personajes de una mejor manera.
Los dos protagonistas son estas segundas generaciones, aunque en el caso de los O´Shea, son muchas más. Christopher Abbott en el papel de Michael, el pastor al que le roban dos animales, tiene un pasado tormentoso y lucha contra las tradiciones ancestrales de su familia mientras carga con sus padres a cuestas –literalmente–. Keoghan en el papel de Jack, es un misterioso e influenciable adolescente que vive un clima hostil en su propia casa y cuenta con malos consejeros fuera. Ambos actores en un nivel muy alto, interpretando a estos personajes oscuros, afectados por terribles presentes, comparten escenas bien físicas y otras en completa quietud; se ayudan, se agradecen, se perdonan y se apuñalan, pero no en ese orden. Incluso se empujan como carneros dentro de un corral. Uno esquivo e indescifrable, el otro rencoroso y estoico; el casting es sin dudas otro de los aspectos destacables del film de Andrews. Para el caso de los mencionados, ambos se unieron tarde al proyecto y entiendo que es una de las mejores cosas que ocurrieron dado que originalmente incluía a Paul Mescal y Tom Burke.
A nivel sonoro y musical es superior, con unos pocos golpes de percusión entramos en el ritmo inquietante que propone el film, que incluye quejidos de animales y una buena cantidad de lesiones, es otro punto a destacar desde lo técnico, incluso más que en la parte visual, que a pesar de transmitir con precisión lo perturbador, por momentos exagera la cámara en mano, sobre todo al correr de noche a campo, logrando transmitir la desesperación pero dificultando el visionado.
El thriller es crudo y violento, y para sumarle hostilidad se da un pueblo y de campo, donde el infierno, como dice el dicho, es grande. Da la impresión que todos quieren irse de allí, sea como sea, y aunque mantener la tradición de 500 años de buenas ovejas se torne grillete atado al pie de Michael y la historia nunca termine, siempre se está a tiempo de pedir perdón.



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