JURASSIC PARK: ESAS COSAS NO SON DINOSAURIOS.  

CUANDO LLEGUE

Esa mañana, cuando el sol

estaba arribando desde el horizonte, el frío dejaba de congelar nuestro barco llegó, casi a las seis y media de la mañana. Recuerdo que alguien, en algún lado dijo:

—Estaba a ser una experiencia única en la vida —.Cuanta razón tenía.

Ya para las ocho de la mañana el sol estaba despierto y, sin embargo, aún seguía pareciendo que fuesen las seis de la tarde, con ese tono triste y vacío, con ese frío que te deja los nudillos rojos y las mejillas dolorosas.

Recuerdo que nos llevaron a todo el personal a un pequeño espacio, solo para nosotros, casas pequeñas donde nos quedaríamos por los próximos cinco meses de apertura del parque jurásico. en mi pequeña habitación había una televisión gigantesca, una cama individual blanca con una mesa de noche y una lampara mediana, todo con una hermosa vista hacia el recinto de los sauropodos, pero aun no había visto a alguno.

a las nueve el helicóptero llego, resonó por toda la isla y cuándo fui a recibir a los visitantes en uno de los jeeps me encontré con un gran grupo de personas. los cuales solo recuerdo el primer nombre: Alan; Ian; Ellie; Genaro y el señor Hammond, el fundador. Alan y Ellie fueron conmigo en el primer jeep, había otros dos jeeps donde llevarían a los demás, seguimos el sendero hasta pasar por la laguna de los herbívoros y me hicieron parar el vehículo. Divisé un tocón solitario, totalmente desnudo, sin hojas: era grande y curvado. pero entonces, el tocón se empezó a mover, recuerdo que me dijeron lo que vería, pero aun así no estaba listo. el tocón se movió y dio la cara hacia los recién llegados. levante la viste y me di cuenta que el tocón era, en realidad, un cuello monumental y grueso de un ser vivo, que estaba a casi quince metros arriba de nosotros.

—Dios mío… —Escuche que alguien murmuró.

el Sauropodo emitió un barritar, como el de un elefante, instantáneamente como respuesta se escucho un segundo barritar a lo lejos, y una segunda cabeza asomo por entre las palmeras, luego otra, otra y otra mas. Vi a Alan levantarse y caminar entre los matorrales, pasar por un pequeño camino y ver a los dinosaurios sin habla, pero rápidamente se hecho a reír.

—¿Qué pasa? —Preguntó Hammond con intriga.

—No es nada, no es nada… —Dijo Alan con tranquilidad.

eran mas de cuatro enormes dinosaurios que barritaban, uno después otro. uno de mis colegas dijo:

—Les están dando la bienvenida al Parque Jurásico

Ian estaba sentado en la parte trasera de uno de los jeeps, se dirigió a Hammond y le dijo:

—Supongo que no son muñecos --Dijo con esa sonrisa —. parecen muy reales

—Claro que lo son, digo, deben serlos ¿No?

Hammond les explico que de ahora en adelante, seguiría un recorrido por todo el parque, y podrían ver a todas las hermosas criaturas del parque jurásico, pero aun así, nadie estaba preparado para lo que pasaría horas después.

LAS PRIMERAS INCONGRUENCIAS

Seguimos nuestro camino en el jeep, pasamos por un puente verdoso que luego se abrió para dar paso a la gran vegetación, unas cuantas casetas y luego al edificio principal, imponente como siempre, deje a mis dos pasajeros y fui a dejar el auto en el estacionamiento. cuando entre había mas de veinte jeeps controlados por cableado en el suelo, solo había unos pocos como los míos, ha gasolina. fui caminando, pasando por la parte trasera del edificio principal, por un pequeño camino de tierra, sabia que el recorrido seria en aproximadamente una hora, pero como me entere yo no seria el que de el recorrido, a pesar de haberme memorizado el guion que nos dieron a muchos. el que daría el recorrido era un hombre pelirrojo, que no era parte de los trabajadores como yo, era de recursos humanos, no entendí porque el lo haría, pero no podía hacer nada.

pase por unas rejas hasta llegar a un pequeño recinto escondido. Vi al señor Alan, Ian, Ellie y un niño, que supe después era el nieto del señor Hammond. la cerca que estaba delante de ellos chispeo y algo salió volando dentro de la cerca. moví mis piernas con fuerza, de un salto empecé a correr hasta donde estaban ellos y con una voz agitada pregunte:

—¿Todos están bien?

—Estamos bien —Me dijo el Señor Alan.

—He visto el estallido. --Mire la cerca, torcida y chamuscada —. ¿Los han atacado?

—Tres de ellos, sí.

Asentí con la cabeza.

—Mis compañeros dicen que no se acercan tanto aquí, los Velociraptores lo hacen una y otra vez: Golpean la cerca y se electrifican. parece que no les importa.

—No son muy inteligentes, ¿Verdad? —Dijo Ian.

todo mi cuerpo se estremeció, recordé todas las historias que me contaron mis colegas. esos dinosaurios eran rápidos, inteligentes y despiadados, eran cualquier cosa menos dinosaurios tontos.

—Dé gracias que haya estado esa cerca, señor

entre ellos hablaban, y antes de irme pude escuchar la ultima frase del Doctor Ian.

—Los animales como leones o guepardos empiezan a cazar humanos una vez descubren que es fácil matarlos, siguiendo esa lógica… estos dinosaurios en algún punto cazaron humanos y empezaron a hacerlo porque les resulta fácil

deje al grupo y fui de nuevo hacia los edificios para descansar y esperar por otra recado. al llegar estaba mas de diez empleados, pero pase de largo hasta mi habitación, que al ver por la ventana estaba cayendo una fina capa de lluvia y las nubes estaban grises, oscuras que se iluminaban por los rayos.

El sonido de la lluvia golpeando el techo me despertó de golpe. Era una tormenta feroz. El viento aullaba y los relámpagos iluminaban la habitación en breves destellos fantasmales. Me incorporé en la cama, sintiendo una opresión en el pecho. Algo no estaba bien.

Entonces, escuché los gritos.

No eran simples voces confundidas por la tormenta. Eran alaridos de pánico.

Me levanté de un salto, tropezando con mis propias botas en la oscuridad. No había luz. Solo el resplandor intermitente de los relámpagos iluminaba la habitación en ráfagas breves y aterradoras. El generador debía haberse caído.

Salí al pasillo y vi sombras moviéndose en todas direcciones. Algunos empleados corrían con linternas, otros simplemente gritaban órdenes o advertencias que se perdían entre el estruendo de la tormenta.

—¡¿Qué pasa?! —pregunté a un guardia que pasaba corriendo.

—¡Algo rompió la cerca! —gritó sin detenerse.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Avancé con cautela hasta la salida. La lluvia golpeaba con furia, y los truenos hacían retumbar el suelo. A lo lejos, en la espesura, vi destellos de linternas parpadeando y siluetas corriendo entre el lodo.

Y entonces, un rugido.

No fue un trueno. No fue el viento.

Fue un rugido grave, profundo, que hizo que la tierra vibrara bajo mis pies.

Algo estaba ahí afuera. Y había escapado.

Salí a toda prisa de la zona de empleados, la puerta golpeó contra la pared por la fuerza del viento, y el agua helada me golpeó el rostro como si alguien me lanzara agujas diminutas. El aire estaba cargado con el olor a tierra mojada y electricidad estática, y la lluvia caía en cortinas gruesas que dificultaban la visión.

Tiritando, traté de sacudirme el agua de la cara y avancé por el sendero de tierra que conducía al complejo principal. La oscuridad era casi total, rota solo por los relámpagos que parpadeaban en el cielo, revelando por breves instantes la silueta de los edificios y las vallas de seguridad.

Los gritos seguían resonando en la distancia, cada uno más desesperado que el anterior. Algo había salido mal. Algo estaba suelto.

Mi instinto me decía que corriera, que no me detuviera, pero el frío y el agua me hacían más lento. Cada paso era un desafío; el suelo estaba convertido en lodo resbaladizo y traicionero. Mis botas chapoteaban con cada pisada, hundiéndose más de lo que deberían.

Respiré hondo y apreté los dientes. Solo tenía que llegar al complejo principal. Desde ahí, podría entender qué estaba pasando.

Pero entonces me detuve en seco.

Frente a mí, en mitad del camino, algo se movía en la penumbra.

El siguiente relámpago iluminó la escena con un destello blanquecino, congelando por un instante el mundo a mi alrededor.

Dos siluetas delgadas y musculosas se alzaban sobre un bulto oscuro en el suelo. No tardé en reconocer el cuerpo… o lo que quedaba de él.

Los Velociraptores estaban inclinados sobre el cadáver de un trabajador, sus fauces manchadas de sangre fresca. Uno de ellos arrancó un pedazo de carne con un chasquido húmedo, mientras el otro levantaba la cabeza, sus ojos brillando como pequeñas llamas en la oscuridad.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

Mi respiración se volvió errática. Sabía lo que debía hacer: retroceder lentamente, sin hacer ruido, sin llamar la atención. Pero mi cuerpo no respondía.

El miedo me tenía atrapado.

El raptor que me vio inclinó la cabeza, como si estuviera evaluándome. Su aliento era visible en el aire frío de la noche. El otro siguió devorando el cadáver, ajeno a nuestra silenciosa confrontación.

Tenía que salir de ahí.

Deslicé un pie hacia atrás, con el corazón martillando en mis oídos. Luego otro paso. Otro más. No sabía si lo estaba logrando o si el dinosaurio solo se estaba tomando su tiempo antes de atacarme.

Entonces, en mi desesperación por alejarme, mi espalda chocó contra algo metálico. Un chasquido seco me hizo saltar de pavor.

La cerca.

Mi piel se erizó al instante. Esperé el impacto de una descarga eléctrica, el dolor punzante recorriendo mi cuerpo.

Pero no pasó nada.

No había corriente.

La cerca estaba muerta.

Mis piernas flaquearon y una oleada de pánico me recorrió el cuerpo.

No había luz.

No había seguridad.

Y los Velociraptores estaban sueltos.

EN BUSCA DE AYUDA

mi única idea fue pasar por las cercas y llegar mas rápido, pase mi cuerpo entre la cerca y por toda la humedad pase resbalando. Caí en el fango, mi ropa se ensució, pero no le tome importancia. empecé a correr sin detenerme y pude ver el edificio principal , como una montaña oculta por la falta de luz.

Respirando con dificultad, entré al complejo. Varios empleados estaban dentro, algunos alterados, otros tratando de comunicarse con radios que solo soltaban estática. Un hombre con camisa empapada y el cabello pegado a la frente me miró con preocupación.

—¿Viste algo ahí afuera?

Intenté recuperar el aliento.

—Dos Velociraptores… estaban devorando a alguien.

Él tragó saliva, su expresión se ensombreció.

—Maldición…

—¿Dónde está el grupo del recorrido?

El hombre apartó la mirada.

—No han vuelto. No tenemos contacto con ellos desde hace una hora.

Sentí un nudo formarse en mi estómago.

Si llevaban tanto tiempo afuera, con la electricidad caída y los depredadores sueltos… Las probabilidades de que siguieran vivos eran mínimas. Sin perder más tiempo, fui directo a la zona de seguridad. Allí encontré a Muldon, con el ceño fruncido mientras intentaba sin éxito comunicarse por radio.

—Las luces han fallado por completo —dijo en cuanto me vio.

—Lo sé. Y el grupo del recorrido sigue afuera.

Muldon golpeó la radio con frustración.

—Sabía que esto iba a pasar.

—¿Qué hacemos?

—Vamos por los jeeps.

Salimos nuevamente bajo la tormenta. La lluvia no había cesado, y la sensación de vulnerabilidad era insoportable. Avanzamos rápidamente hasta la zona donde estaban los vehículos, pero en cuanto llegamos, algo llamó nuestra atención.

Un cuerpo.

O lo que quedaba de él.

El guía del recorrido estaba destrozado. Sus miembros estaban esparcidos, su torso abierto como si un animal enorme lo hubiera arrancado de un solo golpe.

El olor era nauseabundo. Él silencio que nos envolvió se rompió con un bramido.

Un rugido profundo, salvaje, que vibró en el suelo bajo nuestros pies. Muldon se tensó.

—De vuelta al edificio. Ahora.

No discutí. Corrimos, pero en el camino vimos algo que nos obligó a detenernos. Entre el lodo y la lluvia, una figura humana yacía en el suelo. Nos acercamos rápidamente.

Ian Malcolm.

Su pierna estaba cubierta de sangre, su piel pálida por la pérdida de líquido. Cuando se percató de nuestra presencia, levantó la cabeza levemente y sonrió con esfuerzo.

—Debería… haber pedido… el recorrido corto.

Muldon gruñó.

—No es momento para bromas.

—Siempre… hay tiempo para un mal chiste…

El rugido volvió a sonar, más cerca. No podíamos quedarnos aquí.

Muldon y yo intercambiamos una mirada rápida. No había tiempo para titubear. Nos agachamos y, sin mucha delicadeza, sujetamos a Ian Malcolm por los brazos. Él soltó un gruñido de dolor, pero no se resistió. Sabía que no tenía opción.

La lluvia golpeaba nuestras caras, el lodo nos hacía resbalar con cada paso, y el peso de Ian hacía que avanzar fuera una pesadilla. Pero no podíamos detenernos. El bramido del depredador retumbó nuevamente, esta vez tan cerca que pude sentir la vibración en mi pecho. Giré la cabeza un segundo y lo vi.

Una silueta gigantesca emergió de la oscuridad.

El Tyrannosaurus rex.

El monstruo avanzaba con pasos pesados, su cabeza oscilando de un lado a otro mientras olfateaba el aire. Su ojo amarillo y oscuro reflejaba la tormenta en su brillo mortal. Nos estaba buscando. Nos estaba cazando.

—¡Rápido! —gruñó Muldon, apretando la mandíbula mientras cargábamos a Ian.

Corrimos como pudimos. El barro nos tragaba los pies con cada paso, haciéndonos perder un tiempo valioso. El sonido del T. rex avanzando hacia nosotros era ensordecedor. El crujido de sus enormes patas aplastando el suelo mojado y el eco de su respiración profunda me erizaron la piel.

El jeep estaba a unos metros. Podía verlo a través de la cortina de agua. Solo teníamos que llegar.

Un estruendo nos sacudió cuando el dinosaurio se lanzó sobre los restos del guía. Sus mandíbulas se cerraron con un chasquido seco, y el sonido de huesos triturándose nos revolvió el estómago. Usó el hocico para levantar lo que quedaba del cuerpo y lo arrojó al aire, devorándolo de un solo bocado.

Nos movimos más rápido.

Finalmente llegamos al jeep. Muldon abrió la puerta de golpe y prácticamente empujamos a Ian dentro del asiento trasero. Sus manos temblorosas intentaron aferrarse a algo, su cara estaba pálida por la pérdida de sangre, pero no se quejó.

—¡Arranca! —grité.

Muldon se lanzó al asiento del conductor y giró la llave.

El motor rugió… y luego tosió.

El jeep no encendió.

El pánico nos golpeó de lleno. Muldon giró la llave una, dos, tres veces, pero el maldito motor seguía ahogado. Me giré y vi al T. rex levantar la cabeza, sus enormes fosas nasales dilatándose al captar nuestro olor. Su cola azotó el suelo y su cuerpo giró en nuestra dirección.

Nos había encontrado.

—¡Maldición! —gruñó Muldon, golpeando el volante. Lo intentó una vez más.

El motor rugió… y esta vez, se mantuvo encendido.

No esperó más. Pisó el acelerador y el jeep derrapó en el barro antes de ganar velocidad. La lluvia golpeaba el parabrisas con furia, las luces delanteras apenas iluminaban el camino resbaladizo, y el rugido del T. rex nos persiguió mientras se lanzaba tras nosotros.

—¡Más rápido! —grité, mirando por el espejo retrovisor. La bestia nos seguía, su enorme cuerpo cortando la tormenta con cada zancada. Sus patas golpeaban el suelo con un estruendo que hacía vibrar el jeep entero.

Muldon apretó los dientes y aceleró lo más que pudo. Las ramas de los árboles azotaban el vehículo, el barro salpicaba los neumáticos y las luces parpadeaban por la inestabilidad del sistema eléctrico.

El T. rex nos alcanzaba.

Con un último rugido ensordecedor, la bestia abrió sus mandíbulas y se lanzó hacia nosotros.

La enorme cabeza descendió justo cuando giramos bruscamente. Sus mandíbulas se cerraron a centímetros del techo del jeep. Se escuchó un crujido metálico cuando su diente golpeó la estructura, pero no logró atraparnos.

El jeep derrapó, pero Muldon logró controlarlo. La carretera principal estaba frente a nosotros, y con ella, la esperanza de alejarnos de la zona de caza del depredador.

Después de lo que parecieron horas, el T. rex se detuvo. Su respiración era visible bajo la lluvia, su enorme pecho subiendo y bajando mientras nos miraba desaparecer en la tormenta.

No nos siguió. No porque no pudiera. Sino porque sabía que no éramos su única presa.

LO QUE PASO

—¿Ian? —pregunté, mi voz saliendo temblorosa a pesar de mi intento de mantenerme firme.

Malcolm levantó la cabeza, con una expresión de dolor que no podía disimular. Sonrió débilmente, pero su rostro estaba pálido.

—¿Tú estás vivo? —dijo, casi como una broma, aunque podía ver que la situación no era para nada graciosa. Su tono irónico no ayudaba a disipar la creciente ansiedad que sentía.

—Te ayudo a moverte. No puedes quedarte aquí —respondí, comenzando a tomarlo por los hombros para ofrecerle apoyo.

Él intentó levantarse, pero un nuevo gemido de dolor escapó de su boca, y se apoyó más en mí para mantenerse en pie. Su pierna estaba malherida, pero parecía que aún podía caminar, aunque con dificultad.

—La tormenta… —dijo entre dientes—. Los velociraptores… ¿cómo hemos llegado a este punto? ¿Cómo puede salir algo tan mal? Y Hammond, el maldito parque… todo esto debería ser… debería haber funcionado.

Miré a Ian y asentí, aunque, en realidad, no sabía cómo responder. El caos que nos rodeaba me sobrepasaba. Los velociraptores no solo habían escapado, sino que todo el parque se estaba desmoronando frente a nosotros. No era solo la tormenta. Algo mucho peor estaba sucediendo, algo fuera de nuestro control.

—¿Has visto algo más? —le pregunté, tratando de concentrarme en lo que estaba pasando. Sabía que debía ser directo, pero lo que realmente necesitaba era encontrar respuestas.

Ian resopló, mirando al frente, a lo lejos. Su rostro reflejaba cansancio, pero también una especie de resignación.

—Gennaro. El tipo de recursos humanos. Lo vi hace un rato. No volví con el grupo… Se lo llevaron… o se lo comieron, no estoy seguro. Los velociraptores... esos malditos…

Mi estómago dio un vuelco. Sabía que las criaturas eran letales, pero escuchar a Ian hablar con tal horror era un recordatorio de lo que realmente estaba en juego. Cada segundo que pasaba, el parque se volvía más peligroso.

—No podemos quedarnos aquí —dije, apretando los dientes—. Si no regresamos, vamos a estar en serios problemas.

Comenzamos a caminar hacia el complejo, los truenos retumbando a nuestro alrededor. De repente, un rugido profundo y gutural resonó desde algún lugar en la oscuridad. Todos los músculos de mi cuerpo se tensaron al instante, el sonido era inconfundible.

Era el T. rex.

Ian, visiblemente afectado por el dolor de su herida, apretó la mandíbula. Se detuvo, y sus ojos se clavaron en la oscuridad, como si pudiera ver al monstruo que se acercaba.

—No es solo el parque lo que está fallando. Es el concepto entero —dijo en un susurro—. Este lugar nunca debió existir. Ni una sola criatura debería estar aquí.

Antes de que pudiera responder, algo rompió el silencio: un grito, seguido de un crujir de ramas. Aceleré el paso, arrastrando a Ian conmigo, aunque la herida de su pierna lo ralentizaba considerablemente. En la distancia, la figura de Muldoon apareció de entre la oscuridad, corriendo hacia nosotros, con su rostro tenso y sudoroso.

—¡Ian! ¡Tienes que moverte! —gritó Muldoon, con una mirada feroz. Su tono no dejaba lugar a dudas. Algo estaba pasando. Algo mucho peor de lo que imaginábamos.

—¿Qué está pasando? —le pregunté, mi voz ronca de tanto correr. Mi respiración se entrecortaba, pero la urgencia de la situación me mantenía alerta.

Muldoon respiró profundamente, señalando hacia el complejo.

—La electricidad ha fallado completamente. El cerco ya no está activo, los raptores están fuera de control. Y el Rex… lo acaban de ver cerca de la zona. No tenemos mucho tiempo.

El corazón me dio un vuelco. Pensé que las cosas ya no podían empeorar, pero este lugar siempre parecía encontrar maneras de sorprenderme con más caos.

Miré a Ian, que no podía evitar balbucear algo incoherente, y luego volví la mirada hacia Muldoon, que parecía tenerlo todo bajo control, aunque la preocupación en su rostro decía lo contrario.

—¿Y los demás? ¿Ellie? —pregunté, esperando una respuesta que me diera algo de esperanza.

Muldoon frunció el ceño y asintió hacia la oscuridad.

—Ellie está al frente, tratando de restablecer la energía. Pero no sé cuánto tiempo podremos contenerlos. Hay una brecha. Y si no conseguimos restablecer la energía pronto, todo se vendrá abajo.

No tuve tiempo de pensar en más preguntas. Sin dudarlo, comenzamos a movernos hacia el complejo, pero justo cuando estábamos a punto de entrar, un fuerte rugido rompió el aire.

Era el T. rex. La bestia nos había seguido hasta allí.

8:45 p.m.

El Tyrannosaurus rex apareció entre las sombras, su enorme figura iluminada por un relámpago. Sus ojos brillaban con hambre y furia, y el rugido resonó como un trueno que hacía temblar el suelo bajo nuestros pies.

—¡Corran! —gritó Muldoon, empujándonos a todos hacia un lado, mientras se lanzaba hacia un rincón, buscando algo que pudiera servir para enfrentar al monstruo.

Pero el animal ya se había dado cuenta de nosotros. El rugido que siguió fue ensordecedor, y sentí el aire moverse cuando el T. rex avanzó hacia nosotros, arrasando con todo a su paso.

Ian y yo comenzamos a correr, pero no pude evitar mirar hacia atrás. El T. rex estaba a solo unos metros de nosotros. Si no corríamos lo suficiente, estaríamos muertos.

La jungla parecía cobrar vida propia, con árboles que caían a medida que el dinosaurio avanzaba. No había tiempo para pensar en nada más que en salvar nuestras vidas.

En ese momento, sentí que la fuerza de la naturaleza estaba del lado del T. rex. El rugido continuó mientras intentábamos encontrar refugio, pero el monstruo seguía allí, como una sombra que no quería dejarnos ir.

Finalmente, nos adentramos en el edificio principal, donde Muldoon, con su conocimiento del terreno, había encontrado una forma de bloquear las puertas. Al cerrar las puertas a nuestras espaldas, escuchamos el rugido lejano del dinosaurio, que seguía buscando su presa.

9:00 p.m.

Estamos a salvo por ahora. Ian está sentado en una silla, pálido, mirando la puerta cerrada. Muldoon está revisando las estaciones de seguridad, pero todos sabemos que esto es solo una tregua.

La selva nunca estuvo tan cerca. Y este lugar, esta maldita isla, nunca debió haber existido.

Creo que ahora lo entiendo.

Este parque no está hecho para los hombres.

Después de lo que parecía una eternidad, nos reunimos con Alan, Ellie y los niños en la sala de operaciones. La habitación estaba silenciosa, un silencio incómodo que solo era interrumpido por el sonido de las ráfagas de viento que azotaban el techo. Hammond estaba allí también, con la mirada perdida en algún lugar lejano, como si ya hubiera dejado de intentar comprender lo que estaba sucediendo.

Alan y Ellie estaban tratando de mantener a los niños calmados, aunque no era fácil. Los pequeños parecían haber perdido la noción de lo que estaba pasando. Cada vez que el viento soplaba más fuerte, cada vez que un rugido lejano llegaba a nuestros oídos, sus ojos se llenaban de miedo.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Ellie, mirando a Alan, pero su voz temblaba como si ya supiera la respuesta.

Alan suspiró, mirando la estación de control que ahora parecía más una jaula de la que no podíamos escapar.

—Lo único que podemos hacer ahora es salir de la isla. Este lugar ya no es seguro.

Hammond, que hasta ese momento había permanecido en silencio, finalmente habló. Su voz temblaba un poco, pero había algo de determinación en sus palabras.

—Hay un puerto pequeño en el otro lado de la isla. Deberíamos intentar llegar allí.

Es nuestra única opción ahora. Un escalofrío recorrió mi espalda. El puerto. Sabía que esa zona no estaba protegida, que era una de las áreas menos monitoreadas. Habíamos estado allí antes, pero nunca bajo estas circunstancias. La idea de salir hacia esa zona, a través de la jungla infestada de dinosaurios, era una idea suicida. Sin embargo, no teníamos otra opción.

Ian, que había estado callado hasta ese momento, asintió lentamente.

—Si vamos a hacerlo, necesitamos estar preparados. No vamos a llegar fácilmente, lo sé.

Miré a Muldoon, que estaba revisando las armas que habíamos encontrado en los almacenes. No podía dejar de pensar en el caos que aún nos esperaba afuera. La situación era desesperada, pero no había marcha atrás.

Finalmente, nos pusimos en marcha, con Muldoon liderando el camino, seguido de Alan, Ellie, los niños, Ian y yo, con Hammond al final, mirando la seguridad del edificio que dejábamos atrás.

10:15 p.m.

Nos dirigimos hacia el puerto. La tormenta empeoraba con cada paso que dábamos, y el sonido del viento y la lluvia se mezclaba con los rugidos distantes de los dinosaurios. Era como si la isla misma estuviera viva, furiosa por nuestra presencia. Los árboles se doblaban bajo la fuerza del viento, y las sombras del pasado y del presente se entrelazaban en cada rincón.

De repente, un fuerte rugido nos hizo detenernos en seco. Todos nos agachamos, mirando alrededor, buscando la fuente del sonido.

Fue entonces cuando los vimos.

Una estampida.

Un grupo de dinosaurios herbívoros, gigantescos y aterrorizados, corrían hacia nosotros a toda velocidad, saltando sobre todo lo que se interponía en su camino. Sauropodo, Triceratops, y otros, algunos de los cuales jamás había visto de tan cerca, avanzaban sin control. No era difícil adivinar la causa de su pánico.

El T. rex.

El rugido del depredador resonó nuevamente en la distancia, y el suelo comenzó a temblar bajo nuestros pies. Los herbívoros, como si hubieran percibido la amenaza de su cazador, huían a toda velocidad, sin importarles lo que dejaban atrás.

Nosotros, por supuesto, estábamos justo en su camino.

—¡Corran! —gritó Muldoon, dándonos una señal para movernos rápido.

La estampida llegó con tal fuerza que los árboles caían a nuestro paso, y las enormes criaturas apenas se daban cuenta de nuestra presencia. Cada uno de nosotros se apartó hacia los costados, intentando esquivar el caos mientras corríamos hacia el puerto. Los rugidos de los dinosaurios y el crujir de los árboles nos rodeaban.

Mis piernas ardían de tanto correr, y mi respiración se entrecortaba. Miré a mi alrededor. Los niños estaban entre Alan y Ellie, quienes hacían todo lo posible por protegerlos mientras avanzábamos. Muldoon estaba detrás de nosotros, asegurándose de que nada nos sorprendiera por la retaguardia.

Finalmente, llegamos a un claro, donde el puerto pequeño estaba a la vista. Pero no estábamos a salvo. Un Sauropodo se desvió hacia nosotros, y por un momento pensé que nos aplastaría con su enorme cuerpo. Pero, gracias a los reflejos rápidos de Muldoon, logramos esquivarlo a tiempo.

10:45 p.m.

El puerto estaba vacío, pero el helicóptero estaba allí, esperando por nosotros. La plataforma parecía sólida, pero el viento y la lluvia dificultaban el despegue. Los motores del helicóptero comenzaron a roncar, pero el sonido del T. rex acercándose nos hizo acelerar aún más.

—¡Vamos, rápido! —gritó Alan, empujando a los niños hacia el helicóptero.

La escena era caótica. Los herbívoros seguían huyendo a través de la isla, y los rugidos del T. rex continuaban, ahora más cerca que nunca. Muldoon subió al helicóptero primero, asegurándose de que todos estuviéramos dentro.

Finalmente, después de lo que pareció una eternidad, el helicóptero comenzó a elevarse. El viento y la lluvia nos azotaban, pero por fin, estábamos dejando la isla atrás.

Miré una última vez hacia abajo, hacia la selva, donde los dinosaurios todavía corrían. El caos, el horror… todo quedaba atrás.

11:00 p.m.

La isla se desvaneció en la distancia mientras el helicóptero se alejaba. Habíamos sobrevivido, por ahora, pero todos sabíamos que no había vuelta atrás. Lo que habíamos visto, lo que habíamos vivido… todo eso era solo el comienzo de algo mucho más grande, mucho más peligroso.

Y mientras el helicóptero volaba hacia la seguridad, supe que nunca olvidaría lo que había sucedido en esa isla.

Nunca olvidaría los dinosaurios.

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