Las anclas emocionales son esos refugios inesperados que encontramos en momentos de vulnerabilidad. Pueden ser una serie que nos atrapa, un actor que nos inspira, o una canción que resuena en nuestro interior. A menudo, estas anclas surgen sin que nos demos cuenta, como un susurro en el viento que nos invita a aferrarnos a algo que nos brinda consuelo. Pueden ser una serie que nos atrapa con su narrativa, un actor que nos hace reír o llorar, una actividad que nos sumerge en un estado de flujo, o una melodía que resuena en lo más profundo de nuestro ser.
En esos instantes, nos aferramos a lo que nos hace sentir bien, convirtiéndolo en nuestro salvavidas. En esos momentos, la actividad o gusto se transforma en un ancla, un lugar donde puedes ser tú mismo sin juicios ni presiones externas. Nos recuerda que, a pesar de las dificultades, hay algo que nos hace sonreír.
Sin embargo, lo más fascinante de las anclas emocionales es que a menudo surgen de manera inesperada. Puede que un día, mientras paseas por un parque, te encuentres con un grupo de niños jugando y riendo. Esa risa contagiosa, esa alegría pura, puede tocar una fibra sensible en ti y, sin que lo sepas, te conviertes en un amante de la infancia, buscando momentos de alegría en lo simple. Esa conexión se convierte en tu ancla, recordándote que, a pesar de las dificultades, siempre hay espacio para la felicidad.
Y en mi caso; mi ancla fue un lápiz y una hoja, creando así un poema de mariquitas.


¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.