Entre tela rojo y pelaje plateado, un cuento más allá de Caperucita  

En un pequeño pueblo rodeado de un denso bosque, vivía un joven llamado Mattheo, conocido por todos como el chico de la chaqueta roja. Su prenda favorita no solo lo hacía destacar entre los demás, sino que también le otorgaba un aire de misterio. Mattheo era un soñador, un aventurero que anhelaba explorar más allá de los límites de su hogar. Sin embargo, había algo más que lo mantenía atado a ese bosque: Theodore, un lobo que no era como los demás.

Theodore era un lobo solitario, con un pelaje gris que brillaba bajo la luz de la luna. A diferencia de sus congéneres, que se dedicaban a cazar y a vivir en la oscuridad, Theodore pasaba sus días observando a Mattheo desde la distancia, sintiendo una conexión especial con el chico de la chaqueta roja. La curiosidad y el amor lo llevaron a acercarse a él, y así comenzó una amistad secreta entre el lobo y el joven.

Una tarde, mientras el sol se ocultaba tras los árboles, Mattheo decidió aventurarse más profundo en el bosque. Sabía que Theodore lo estaría esperando. Al llegar a su lugar secreto, un claro iluminado por la luz de las estrellas, encontró al lobo sentado, con sus ojos brillantes llenos de emoción.

—Hola, Theodore —saludó Mattheo, sonriendo.

—Hola, pequeño chico de la capucha roja —respondió Theodore, acercándose con cautela.

Ambos se sentaron en el claro, disfrutando de la compañía del otro. Sin embargo, la tensión en el aire era palpable. Mattheo sabía que su amor por Theodore era un secreto que no podían compartir con el mundo, y eso lo llenaba de ansiedad.

—No crees que esto es peligroso, pequeño chico de la capucha roja? —preguntó Theodore, su voz grave llena de preocupación.

Mattheo lo miró a los ojos, desafiando la advertencia.

—Querido lobo, no fui el primero en enamorarse de un lobo; por algo mi abuela vivía en el bosque sola —respondió, con una sonrisa traviesa.

Theodore se rió suavemente, pero su mirada seguía siendo seria. Sabía que su amor era un tabú, un romance que desafiaba las normas de su mundo. Sin embargo, no podía evitar sentirse atraído por la valentía de Mattheo.

—A veces me pregunto si podríamos ser felices juntos, sin importar lo que digan los demás —dijo Theodore, su voz un susurro.

—¿Y qué importa lo que digan? —replicó Mattheo, acercándose más a él—. Lo que importa es lo que sentimos.

El lobo sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. La conexión entre ellos era innegable, y aunque el mundo exterior podría no entenderlo, en ese claro, bajo el manto de las estrellas, eran solo un chico y un lobo, unidos por un amor que desafiaba todas las expectativas.

Con el tiempo, su relación se volvió más fuerte, y aunque sabían que debían ser cautelosos, cada encuentro en el bosque era un recordatorio de que el amor verdadero no conoce límites. Así, Mattheo y Theodore continuaron su historia, un cuento de amor en un mundo que a menudo no lo entendía, pero que ellos estaban dispuestos a enfrentar juntos.

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