Crítica: Un dolor real (A Real Pain, Jesse Eisenberg, 2024) Spoilers

David (Jesse Eisenberg) y Benji Kaplan (Kieran Culkin), dos primos judíos que han pasado un tiempo distanciados, viajan a Polonia para hacer un tour del Holocausto en memoria de su abuela recientemente fallecida. Pero en el camino las diferencias y el drama entre ambos comenzarán a salir a flote.

Un dolor real (A Real Pain, 2024) no es la primera película escrita y dirigida por Jesse Eisenberg, pero sí es la más destacada de su ―hasta los momentos― breve filmografía como guionista y director. Y al igual que otros reconocidos actores de su generación, entre los que se cuentan a Jonah Hill o Dev Patel, Eisenberg demuestra con este largometraje que tiene talento para la comedia y el drama tanto frente como detrás de las cámaras. Incluso, su estilo tiene semejanzas con el de Woody Allen: personajes neuróticos que conversan largo y tendido mientras caminan por ciudades estadounidenses o europeas, buen gusto para el humor serio y suavidad en la dirección. Esto no es casual, puesto que este director novel ha confesado que Allen, con quien trabajó en De Roma con amor (To Rome With Love, 2012) y Café Society (Allen, 2016), es el realizador que más lo ha inspirado. Así pues, la influencia de Allen le sienta bien a esta historia acerca de dos primos ―casi hermanos, en realidad― frustrados, bastante opuestos y sensibles.

Precisamente, parte del interés que genera la trama reside en la oposición entre David y Benji: el primero es planificador, obsesivo compulsivo, temeroso y discreto; además, es padre de familia y tiene un trabajo estable. El segundo es tosco hasta el punto que puede ser grosero, indiferente en apariencia e indiscreto; tiene más sentido del humor que su primo, aunque está deprimido; y a lo largo de la narración se muestra como un personaje inesperadamente sensitivo. Por consiguiente, al principio no se llevan tan bien como intentan fingir el uno al otro, como si tuvieran una relación tensa y pasivo-agresiva que tratan de ocultar. Y a medida que van avanzando en su viaje de conocimiento y autodescubrimiento, sus diferencias y asperezas salen a flote, a la par de sus miedos y penas: David siente algo de frustración con su vida, pero sobre todo hacia Benji, quien intentó suicidarse seis meses antes; por su parte, este carga con un profundo dolor por la muerte de su abuela, Dory, una sensación de fracaso y resentimiento hacia David por relegarlo de su vida.

¿Qué tienen ambos en común, pues? A primera vista la sangre, la religión y poco más, pero lo que Un dolor real revela es que también los une una infelicidad general, un profundo cariño que han olvidado, y el recuerdo y el peso de la herencia que su abuela les dejó como sobreviviente del Holocausto e inmigrante polaca. De forma similar a Los hijos de Katie Elder (The Sons of Kate Elder, Henry Hathaway, 1965) o Rebeca (Rebecca, Alfred Hitchcock, 1940), nunca vemos a Dory, ni siquiera una foto suya, pero su memoria (o presencia incorpórea, si se quiere) es relevante para la narración porque impulsa a sus nietos a reencontrarse, viajar a Polonia y llegar hasta su casa para ofrecerle respeto; incluso, se insinúa que su fallecimiento pudo tener mucho que ver con la depresión de Benji, su familiar más cercano. A juzgar por su relación con este y las historias que él y David cuentan de ella, la abuela debió ser un personaje de lo más curioso.

Afín al tacto y emoción contenidos con el cual aborda el drama de los protagonistas, Un dolor real trata de la misma forma todo lo relacionado con el Holocausto. A través de las ideas de los protagonistas, los diálogos con otros personajes y su recorrido por las partes civilizadas o no de la Polonia actual, Eisenberg se acerca con discreción, pero sentida emoción, a la historia, los lugares y las duras vivencias pasadas de los sobrevivientes que pesan sobre sus descendientes. Con su interpretación en Resistencia (Resistance, Jonathan Jakubowicz, 2020) y ahora con Un dolor real, Eisenberg manifiesta interés en la Shoah como judío y ser humano; y es que ochenta años después del final de la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto debe seguir siendo representado y difundido por judíos o no, ya que es una de las grandes tragedias de la humanidad.

En este punto radica la importancia del grupo de personajes que acompañan a los protagonistas en el tour: James (Will Sharpe), el guía inglés, no es judío, pero conoce profunda e íntimamente el tema; parecida a los chicos, Marcia (Jennifer Gray) es hija de una sobreviviente de los campos y desea honrarla; los esposos Diane (Liza Sadovy) y Mark (Daniel Oreskes) son descendientes de judíos europeos que emigraron a los Estados Unidos a principios del siglo XX, pero aun así sienten una deuda con la historia judía de los años cuarenta; y aunque Eloge (Kurt Egyiawan) no nació judío, se convirtió al judaísmo, y sobrevivió al genocidio de Ruanda, otra de las grandes atrocidades del siglo pasado, por lo cual entiende el dolor de los sobrevivientes y sus familias. En otras palabras, sin importar su religión, color, edad, género o nacionalidad, todos representan los distintos rostros de la empatía, preservación e importancia de la memoria del Holocausto.

Otro aspecto interesante de la representación del Holocausto está en los espacios que visitan los personajes: el Monumento a los Héroes del Gueto; el Monumento al Alzamiento de Varsovia; el mismo Gueto de Varsovia (o lo que queda de él, al menos); y especialmente el campo de concentración de Majdanek, del que se conservan los baños, las barracas, los hornos crematorios y las cámaras de gas con su funesto rastro azulado de Zyklon B. Como bien le señala James al grupo “Será un tour por el dolor” y las escenas de Majdanek están entre las más importantes de la película tanto por lo que ocasionan en David y Benji, como por la misma sensibilidad con que Eisenberg filma y nos muestra el campo.

Pero la historia de Polonia no solo está contada por medio de la arquitectura y las obras alusivas al genocidio judío, sino asimismo por los edificios austeros de la era soviética, las calles reformadas de Lublin o el barrio judío antes de la llegada de los guetos. Entre esto y lo anterior, Un dolor real muestra el contraste entre la arquitectura y el urbanismo del presente y el pasado, para resaltar la idea de que la historia nunca muere, al contrario, permanece latente sin importar el tiempo transcurrido; y así como James para los demás personajes, Eisenberg se convierte para los espectadores en un guía de la historia de un país que sufrió el terror nazi y soviético, pero fue capaz de resurgir de las cenizas.

Al igual que Benji, es difícil para los espectadores no resultar afectado con este andar por la historia del Holocausto en Polonia. No obstante, la película es extrañamente pacífica en este sentido, lo cual es paradójico tratándose de una obra acerca de la Shoah; a esta suerte de tranquila emotividad contribuyen la luminosa fotografía, el sereno ritmo del montaje y los temas musicales de Chopin Nocturne No. 2, que se repite en varias oportunidades, y la Ballade No.2, con el que cierra la película.

Al final, así como Eisenberg y Culkin se complementaron con naturalidad, también lo hacen sus personajes: David reconecta discretamente con su primo y este, a su vez, lo ayuda con su actitud despreocupada de la vida a soltarse. Y después del gran abrazo que se dan, David vuelve a su vida en Nueva York; y Benji, en una imagen conmovedora, se queda en el aeropuerto rodeado de gente, buscando algo de conexión. Parece extraviado, pero sabe bien dónde quiere estar.

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