
«Tal vez muerto»
Lo primero que recuerdo es que me despertó un dolor punzante en la espalda. De esos que parecen agujas atravesándote el tórax al respirar. Intenté acomodarme y echar el peso de mi cuerpo sobre un brazo para recostarme de lado, pero mi sistema motriz oponía resistencia y no obedecía las órdenes débiles que mi cerebro le enviaba, como si estuviese bajo el efecto de algún cóctel de sedantes o las secuelas de una borrachera de magnitudes siderales. Me llevó un buen rato abrir los ojos y acostumbrarme a la luz que, a pesar de ser tenue, me obligó a amusgarlos.
Hice un gran esfuerzo para recordar algo, mi memoria nunca funcionó del todo bien, sin embargo, algunas imágenes se desplegaron frente a mis ojos.
Volvía a casa en mi bicicleta, después de un largo día de trabajo. Llegué a mi apartamento y como de costumbre, me quité los zapatos, dejé mi abrigo sobre el sofá, y me encaminé hacia la cocina para prepararme un café. Revisé las notificaciones de mi teléfono por enésima vez, esperando encontrarme con un correo electrónico que me tenía expectante hacía ya varios días, pero nada. Guardé mi teléfono en un bolsillo de mis pantalones, encendí la máquina de café y coloqué una cápsula de Ristretto Decaffeinato, y luego... Nada. Oscuridad total.
De vuelta en ese lugar.
Cuando mis ojos por fin me dieron una visión más clara del entorno, me di cuenta de que estaba encerrado, o eso pensé en ese momento. Tenía sobre mí, y a unos escasos centímetros, tablas dispuestas en forma horizontal y con pequeños espacios entre una y otra, por donde se colaban haces de luz que trazaban hileras de velos incandescentes que, de alguna manera, me mantuvieron maravillado. Hasta que súbitamente todo cambió.
Una pestilencia me envolvió de improviso, invadiéndome e imprimiendo en mis sentidos una repulsión sofocante. Respirar no sólo me provocaba un dolor en la espalda insoportable, sino que también era un martirio sentir como ese aroma inmundo se me colaba en los pulmones. No puedo explicarlo de forma precisa, sin embargo, podría decirse que era una mezcla fétida de barro humedecido con una buena cantidad de orina y heces humanas, sumándole un rancio olor a piel sucia. Si alguna vez se preguntaron a que huele el infierno, creo que esto se le debe acercar bastante.
«¿Dónde demonios estoy?», pensé.
Giré la cabeza hacia la derecha con cierta dificultad y sentí un fuerte escalofrío que me erizó la piel. No podía dar crédito de lo que mis ojos aturdidos veían. A mi lado yacía una persona. Un hombre adentrado en años, con la piel pegada a los huesos de la cara, enfundado en andrajos y recubierto de tierra. Jamás en mi vida lo había visto. Giró hacia mí y entretejimos miradas de desconcierto. Acto seguido, se llevó con debilidad el dedo índice hacia los labios y me indicó que haga silencio.
«Tranquilo, estás dormido y esto no es más que una pesadilla», me dije a mí mismo.
El hombre balbuceó.
—Reste immobile et garde le silence.
—¿Discúlpeme? —le respondí en modo automático. No estaba seguro si había escuchado bien, pero reconocí el idioma francés.
Antes de que pueda preguntarme por qué diablos me había hablado en francés, la cabeza de otra persona apareció por encima del torso del hombre. Era una mujer de pelo grisáceo y rostro pálido, maquillada con la suciedad equivalente a quién sabe cuánto tiempo sin bañarse.
—Shhh... silence —soltó de inmediato.
—¿Dónde estamos? —repliqué sin pensar. Al parecer mi boca iba a una velocidad que mi mente no podía manejar.
En ese momento sentí que algo me apretaba la mandíbula, y me obligaba a callar. La ferocidad de los dedos de la mano que me sostenía me privó de volver a articular alguna otra palabra. Luego, ejerció la fuerza necesaria para hacerme girar hacia el otro lado. No pude resistirme.
La mujer que estaba a mi izquierda era una joven de menos de veinte años, de pelo dorado alborotado, labios delgados, y ojos azules como el agua del océano. Su belleza eclipsaba la grotesca puesta en escena.
Me atravesó con la mirada y susurró.
—Je ne sais pas qui tu es, mais ferme ta bouche.
Esta vez, aunque no entendí, asentí y me quedé en silencio. Observándola, su rostro me resultaba familiar.
«¿De dónde te conozco?», pensé.
Me tomé un momento para pensar en la situación. Intenté convencerme de que estaba en un sueño nuevamente, pero aquello era distinto. Las voces eran reales, el hedor era real. El dolor en la espalda era real.
Recorrí con la vista lo poco que podía ver entre los espacios de las maderas que se disponían sobre nosotros. Luego de un instante, pude distinguir el escenario.
«Estamos debajo del piso de una casa», me dije, mientras mi mente comenzaba a armar las piezas de aquel enigma.
El sonido de una puerta al abrirse más allá del piso provocó que se me tensaran los músculos. Busqué en los rostros de los demás algún atisbo de qué estaba pasando, pero sólo me devolvieron semblantes aterrorizados.
«Estamos escondiéndonos de alguien», pensé.
Del otro lado, el silencio se transformó en una batería de pasos intensos que hacía crujir las maderas, lo que me llevó a imaginar que más de una persona había ingresado en la sala.
Separados por tan sólo unos centímetros, pude escuchar la voz de un hombre. Una vez más, en francés.
—Colonel Landa, voici ma famille.
Alguien dio unos pasos justo encima de mi posición, arrastró lo que debió ser una silla, y comenzó a hablar.
—Colonel SS Hans Landa, mademoiselle, à votre service. Les remeurs qui circulent dans le village au sujet de votre famille sont tout à fait fondées.
Me pareció entender algo de todo aquello, sin embargo, las voces sonaban amortiguadas. El francés es un idioma que no entra en mis oídos con facilidad. Siempre me resultó un sinfín de palabras enmarañadas en el aire, a diferencia de casi todo el mundo que disfruta de su romanticismo.
La conversación siguió por un buen rato, pero para mi sorpresa, y no para mi fortuna, podía entender lo que decían. Hablaban en inglés. Un idioma con el que estaba muy familiarizado y entendía a la perfección.
—Sr. LaPadite. ¿Conoce el trabajo que me han ordenado hacer en Francia? —preguntó alguien con un acento alemán.
—Sí.
—Dígame que ha oído, por favor.
—Oí. —Hizo una pausa—. Que el Führer le encargó atrapar a los judíos que quedan en Francia. Que se esconden o se hacen pasar por gentiles.
Hubo un silencio.
—El Führer no podía haberlo dicho mejor.
—Los alemanes buscaron judíos escondidos en mi casa hace nueve meses, y no hallaron nada. —replicó LaPadite.
—Leí eso. Leí los reportes de la zona. Pero como cualquier tarea, cuando hay un jefe nuevo, siempre hay una duplicación de esfuerzos.
Luego de escuchar aquellas palabras, el terror se apoderó de mí. Comencé a temblar sin control y sentí náuseas. Mi corazón estaba al borde de estallar bajo mi pecho. Me pregunté, no una, no dos, sino tres veces si había escuchado bien a uno de ellos decir El Führer. Me repetí un sinfín de veces que aquello era imposible. Judíos, El Führer, Francia, alemanes. Qué demonios era todo eso. Dónde diablos estaba yo, cómo había llegado allí.
El hombre con acento alemán continuó.
—Antes de la ocupación, había cuatro familias judías en la zona. Los Dolerac, Rollin, los Loveitt, y los Dreyfus. ¿Es correcto?
—Hasta donde sé, esas eran las familias judías entre los productores lácteos.
—Le es familiar el apellido Dreyfus, ¿los conoce? ¿los ha visto?
LaPadite titubeó.
—Eran cinco; Jacob, el padre; Miriam, su esposa; el hermano de ella, Bob; y… Shossana, la hija.
Intenté no perder la cordura y me volví hacia la joven de pelo dorado, la observé meticulosamente, y recorrí cada detalle de su bello rostro. Jamás me devolvió la mirada. Ella sólo prestaba total atención a lo que sucedía al otro lado de las tablas que teníamos sobre nosotros. Su rostro me era familiar. La conocía. Ella era Shossana Dreyfus. No sé por qué, pero la conocía.
Shossana comenzó a moverse, tan lento que casi no parecía hacerlo. Yo intenté moverme, pero en ese momento me di cuenta de la causa de mi dolor en la espalda. Tenía una roca afilada incrustada cerca del omóplato. Moverme me significaría un dolor insoportable y una dificultad para ponerme de lado. Moverme implicaría clavarme aún más la roca.
En ese momento pude advertir que el alemán preguntó severamente.
—Esconde enemigos del estado, ¿verdad?
El otro le respondió.
—Si.
—¿Los esconde debajo del piso de su casa, no es cierto?
Eso fue lo último que escuché con atención. Supe que el tiempo se nos había acabado.
Comencé a moverme sin hacer el menor ruido. Tragándome los gemidos de dolor. Ya no me importaba la piedra en la espalda, el hedor a estiércol, ni si estaba soñando o todo aquello era real. Debía salir de allí de inmediato. No tenía otra opción.
Seguí a Shossana arrastrándome en el barro húmedo, enterrando las manos suavemente para buscar algo sólido que me sirviera de sostén para empujarme hacia adelante. Clavé mis uñas en terreno firme y avancé unos cuantos centímetros. La superficie estaba demasiado fangosa y cualquier movimiento en falso emitiría algún ruido delator. Volví a avanzar, untado por completo en barro, y mientras lograba acercarme a Shossana, escuché pasos que retumbaron en toda la casa.
—Creo que hemos terminado. Le agradezco por su tiempo, señor LaPadite.
Escarbé sin reparar en más nada. El corazón se me salía por la boca. No podía respirar. Seguí empujándome hacia adelante, sobre el camino que había trazado el cuerpo de la joven de cabello dorado en el barro.
Luego de un instante de silencio, comenzaron a dispararnos desde el otro lado de las tablas del piso. Los proyectiles trituraban la madera rabiosamente, penetrando y destrozando a los Dreyfus con una violencia inimaginable. Escuché los gritos de la mujer de cabello grisáceo, me volví hacia ella, y fui testigo de su ejecución, mientras recibía una lluvia de plomo infinita por todo el cuerpo. El hombre corrió con la misma suerte. La sangre regó todo el subsuelo y llegaba hasta mis pies. Me cubrí la cabeza con las manos, y tensé cada centímetro de mi cuerpo para recibir los impactos de las balas. Aunque no estaba preparado para morir, me resigné. Sin embargo, por alguna razón, los alemanes disparaban en una sola dirección, a tan sólo dos metros de donde yo estaba.
Shossana Dreyfus y yo salimos desesperados por una pequeña ventana ubicada a nivel del suelo, aturdidos por los estruendos provenientes de los fusiles, y enceguecidos por la belleza intrínseca del paisaje que se desplegaba frente a nosotros a plena luz del día. Nunca me había deleitado con el color del cielo como en aquella fracción de tiempo inerte.
Recorrí una buena distancia dando zancadas, en dirección opuesta a Shossana, a consciencia de que era mi única chance de sobrevivir, y mientras me escabullía con mi torpeza característica, me di cuenta de que me había abierto la carne con algún elemento afilado al salir por la ventana, a la altura del muslo. Aunque el dolor no se manifestaría hasta minutos más tarde, empecé a sentir que me desmayaba.
Shossana se adelantó considerablemente y logró llegar donde la colina comenzaba a descender, impulsada por su anatomía atlética y juvenil, cualidades con las que yo no contaba.
—¡Au revoir Shossana! —exclamó el hombre alemán.
Miré por encima de mis hombros, hacia la humilde residencia de los LaPadite, y pude advertir que el hombre estaba parado en la puerta, apuntándole con su arma a Shossana. Yo estaba a unos cincuenta metros, bastante más cerca que ella, y pensé que el oficial no sería capaz de atinarnos un disparo con esa pistola, pero qué sabía yo de pistolas alemanas.
Junté fuerzas y le grité.
—¡Imbécil!
El alemán se dirigió hacia mí con la mirada, me apuntó y disparó.
Como he dicho antes. Qué sabía yo de pistolas.
Caí con todo el peso de mi cuerpo, sin más reflejos que intentar apoyar las manos para no golpearme la cabeza, pero fue en vano. Antes de desmayarme, recorrí con la mano mi estómago, tanteé con la punta de los dedos de derecha a izquierda hasta que di con un orificio. El ardor era insoportable. Solté un quejido. Levanté la mano y pude advertir que estaba bañada en sangre.
Todo fue oscuridad nuevamente.
«Tal vez vivo»
Acabo de despertar en la habitación de algún hospital de mi ciudad. Luego de una horrible pesadilla junto a los Dreyfus. En la comodidad de una cama tibia y limpia. La sala está iluminada por algunos rayos de sol que pasan a través de las telas que cuelgan delante de la ventana, sobre mi cabeza. El baile que realizan las cortinas me maravilla. Aun me siento adormecido. La vista todavía no se me acomoda, y no puedo distinguir con claridad los detalles finos del lugar, pero el aroma a lavanda proveniente del jarrón sobre la mesa a mi lado me reconforta.
«Fue sólo un sueño», pienso.
Una mujer vestida de blanco acaba de ingresar en mi habitación. Supongo que es una enfermera, o al menos eso parece. De todos modos, no puedo enfocar más que para apreciar sólo su silueta elegante. Lo que me desafía a adivinar el color de sus ojos.
«Azules como el océano, como los ojos de Shossana Dreyfus. La heroína de mi sueño. La única capaz de sobrevivir en aquel infierno», suena en mi mente.
Mi visión vuelve a la normalidad. Ella viene hacia mí, llevando en la mano una carpeta.
—Discúlpeme, señorita. ¿Podría usted decirme dónde estoy?
Ella no responde.
Titubeo, y pregunto otra vez.
—Disculpe, ¿podría llamar a alguien que me explique por qué estoy aquí?
Nuevamente me ignora.
Le pregunto por tercera vez, pero no obtengo respuesta alguna.
—¡Oiga, señorita! ¿Oye usted bien? ¿Me escucha? Necesito que alguien venga y me explique por qué estoy hospitalizado.
Nada.
La mujer anota algo en la carpeta y se da media vuelta.
—¡Hola! ¿Es usted sorda? ¡Maldita sea, llame a alguien!
Comienzo a ponerme nervioso. Intento levantarme, pero un fuerte dolor abdominal me devuelve de inmediato a mi posición horizontal.
—¿Qué demonios?
Remuevo la sábana que me envuelve, y me encuentro con el abdomen completamente vendado. Tengo una mancha circular de sangre a un lado de mi ombligo, justo en el mismo lugar donde el alemán me había disparado en el sueño.
Estoy herido.
Mi corazón comienza a latir a ciento cincuenta golpes por minuto y me invade una sensación nauseabunda. Comienzo a transpirar sin parar. El aire no me entra en los pulmones, y cuando creo que estoy al borde de un infarto, alguien irrumpe en mi habitación y se encamina hacia mí.
No lo puedo creer. El hombre viste un uniforme que conozco bien.
—Buenos días, caballero. Ya nos hemos conocido, pero me presentaré. Soy el coronel de las SS Hans Landa. Usted y yo tenemos que hablar.
No puedo articular una sola palabra. Nada de esto tiene sentido.
Él continúa.
—Se preguntará por qué está usted aquí, ¿verdad?
No sé qué responder.
El alemán se sienta a los pies de mi cama y con una sonrisa me dice.
—Hace unos días nos conocimos en lo de LaPadite. ¿Recuerda? Usted ayudó a escapar a Shossana Dreyfus. Yo le disparé. —Hace una pausa y encoge los hombros—. En fin.
Respira profundo y hurga en un bolsillo de su abrigo de cuero. Saca algo envuelto en un pañuelo de seda, al tiempo que me deshace con la mirada.
—Necesito que me diga qué es y cómo funciona esto.
Siento enloquecer por completo. No me salen las palabras de la boca. Estoy petrificado, abordado por el miedo.
Luego de un instante eterno puedo responderle.
—Es mi teléfono celular.
Fin.




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