Está es la historia de una mujer de 30 años, su padre de 54 años y una por la vida. Tengo desde los 16 años que comence a trabajar haciéndome cargo del hogar junto a mi padre quien cuando tengo 23 años decide irse del hogar, yo solo le despido y le digo que está bien! quedando sola con el sosten del hogar, dos hermanos varones de 19 y 20 años y una madre quien era ama de casa y venía acostumbrada a una mentalidad que tenían que mantenerla en lugar de apoyarla a sacar el hogar adelante, siguió con la misma actitud de solo ver novelas todo el día y quizás hacer el almuerzo, sus hermanos eran bastante machistas y aún cuando ella desde que comenzó a trabajar les compraba cosas ellos no reconocen nada de eso y son bastante desentendidos de las responsabilidades, me toca lidiar sola con toda esta dejadez y falta de compromiso por parte de mi madre y hermanos. Mi padre, quien a pesar de irse del hogar siguió al pendiente aún cuando ya eramos adultos, al principio pensaba que mi madre era una mujer sumisa y victima pero era lo que ella siempre quiso mostrar, sin embargo; se dedicó a hablar mal a los hijos de su padre logrando que los varones se pusieran en contra de él y faltarán el respeto cada vez que les veía, mientras la hija quiso jugar por si misma hasta darse cuenta que su madre era una mujer fría realmente y manipuladora, le gustaba que le ayudarán incluso hacia drama para dar lastima pero no ofrecía su apoyo en nada. A los 30 años tienen que operarme de un quiste y venía ya notando que mi padre tenía una estraña ronquera, le pedí que fuera al medico pero él insistía que cuando me operaran se ocuparía de él, fue quien estuvo en todo porque a mí madre le fastidiaba tener que hacer algo, cuando por fin salgo de la operación y mi padre va al medico a este le detectan cáncer en garganta lo que fue un golpe difícil, pero yo que soy una mujer sumamente fuerte de mente le incentiva y dice que el cáncer no tiene porqué ser sinónimo de muerte. Comienzan exámenes para operarle en una situación donde en el país hay problemas de inflación graves y apenas alcanza para comer, no cuento con mis hermanos porque ambos se desentienden, a su padre le tienen que hacer una operación de emergencia donde tengo que llevarlo al hospital y en el camino casi cargarlo y él es un hombre grande de 180 de altura y 110 de peso, mi padre se estaba ahogando ya que el tumor comenzaba a obstruir las vías respiratorias mientras esperabamos respuesta de los hospitales por un quirófano para operarle, al final tuvo que ser de emergencia y colocarle un traqueostomo. Vinieron tiempos aún más difíciles y múltiples operaciones donde mi padre poco a poco iba cambiando su aspecto físico, de un hombre fuerte a llegar al punto en que el tumor tomo el esófago y no poder deglutir los alimentos y tener que alimentarse por una gastrotomia.Camine todos los días pidiendo ayuda en instituciones dónde le negaban una y otra el apoyo económico que necesitaba para poder pagar radioterapia, quimio e insumos médicos, pero era tan insistente que al final llegó la ayuda. En muchas ocasiones caminaba sin nada de alimento en el estómago, sus hermanos solo preguntaban desde sus hogares como estaba su padre sin mandar dinero o acercarse a verle, su madre cuando ella le pedía apoyo al menos para quedarse con él en el hospital cuando le operaban ponía cara de molestia para que no le pidiera nada. A pesar de todo me hacía seguir luchando ese hombre que aún con dolor de tantas operaciones, sin poder respirar normal, hablar, dormir bien por el dolor constante y no poder probar alimentos seguía luchando por su vida y dispuesto a someterse a todo porque quería vivir aún en esa condición, había perdido gran cantidad de peso hasta llegar de 110kl a 70kl. Mi padre, aún en su condición quería seguir trabajando y lo único que pedía era que no lo incapacitaran porque el poder sentirse útil ganando al menos un poco de dinero le mantenía vivo y me repetía constntemente que yo era su fortaleza para seguir. Aprendió a leerle los labios y era la única que le entendía bien mientras que el resto de la familia no se preocupo por entenderle, podía tener conversaciones con mi padre mientras todos miraban preguntando: que está diciendo él? Mientras yo solo reía porque le entendía perfectamente el chiste, ya que mi padre a pesar de su condición era una persona muy graciosa y con un sentido del humor impresionante. Toda esta historia termina con nosotros en una mesa riendo, yo ya con 38 años y él con 61 y aún sabiendo que queda un largo camino de luchas por recorrer aún, porque la enfermedad sigue allí con ellos pero no quieren nombrarle siquiera para no darle la importancia que no merece.
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