No quiero ponerme a hablar del plano secuencia, de lo que implica a nivel técnico ni de lo que implica a nivel narrativo; tampoco de cuándo se lo puede considerar como tal a pesar de los cortes y cuándo no, con el caso de Rope (Hitchcock - 1948) como emblema, dadas las limitaciones técnicas de la época. Mucho menos sobre cuándo es necesario, como escuché decir a un crítico hace unos días a propósito de la nueva serie estrella de Netflix, Adolescence, al tiempo que hablaba de lo prescindible del plano secuencia si los personajes van a recorrer no sé cuántos kilómetros, como si tuviera que ganarse el lugar solo desde la utilidad narrativa y ni lo técnico, ni lo estético, bastaran por sí mismos como justificación. Bueno, al final dije algunas cosas pero ya se pronunciaron al respecto Bazin, Aumont, Metz, incluso Godard, Tarkovski y tantos otros acerca del plano secuencia que no tiene mucho sentido que use este espacio para eso; en el medio, muchas películas que vale la pena discutir... pero no ahora.
Todo esto porque el sábado se estrenó Gatillero a nivel regional en BAFICI y por Competencia Internacional. Ya había pasado por algún que otro festival en Estados Unidos y ahora continuará con la recorrida esperando el debut comercial en salas de nuestro país para mitad de año. El vínculo se lo imaginan, Gatillero es un solo plano secuencia a efectos narrativos. Claro que dije que no quería hablar sobre eso pero la película representa una hazaña técnica y física, al mismo tiempo que logra imprimir el rigor que la narración requiere a través de este procedimiento y esto es lo más importante. Es el segundo largometraje de Cris Tapia Marchiori después de La noche más fría (2017) y tiene, además, otra cuestión interesante, iguala el tiempo de la historia al tiempo del relato: los 80 minutos de la película son 80 minutos en la vida de Pablo “el galgo” Correa, un exsicario que acaba de salir de prisión y que se encuentra haciendo trabajos menores, siempre delictivos, en el barrio donde creció. Una noche, en la Isla Maciel, mientras escapa de la policía, se topa con viejos conocidos, unos tipos pesados que trabajan para la misma persona a la que Pablo sirvió: La madrina, una narcotraficante de renombre y como le gusta decir a más de uno, la dueña del barrio. Lo cierto es que estas viejas amistades le ofrecen un “trabajo”, algo breve, ser gatillero en un par de casas o comercios. La idea parece sencilla, los hace, cobra, se va y aquí no ha pasado nada. Dinero fácil. Claro que estuvo fuera un tiempo, el barrio está cambiado y esas viejas amistades ya no son lo que eran, solo necesitaban un chivo expiatorio para sus planes. No voy a explayarme mucho más por razones obvias, pero si la película ya manejaba cierta tensión, todo lo que queda es la persecución sin respiro de un tipo que está en la cuerda floja, al que nadie le cree, y sin muchas herramientas más que una pistola, puntería y un estado físico impresionante.
Que se igualen los tiempos de relato y la historia no tiene que ver estrictamente con el montaje, porque esa equivalencia puede lograrse incluso con cortes; una típica conversación, por ejemplo, con los clásicos plano y contra plano. Equiparar ambos aspectos implica la tensión del tiempo real, y más si se trata de una situación donde hay un tipo buscado y muchos que lo buscan y todos tienen armas, aún más si de un lado hay narcos y del otro vecinos cansados de la corrupción. Sobre este último punto la película se hace fuerte y crea bandos, porque para el universo de Gatillero, malo no es el delinque, malo es el que traiciona o el que cruza una línea y este es un buen ejemplo porque Pablo, este delincuente desconfiado y tozudo, tendrá sus cosas pero empieza la película como ladrón y la termina como justiciero, un verdadero oxímoron en términos de representación.

La película es la persecución, la tensión y el desahogo. La injusticia y la bronca masticadas de un barrio que no se nombra pero que podría ser más de uno, con esos personajes que andan sueltos por ahí. “Poder es que te quieran” dice un amigo y con Nilda pasa eso, ella es la encargada del comedor del barrio por el que pasaron todos, hasta los que hoy mueven millones y lo que ocurra con ella será el punto de inflexión.
Y a propósito de estos personajes, hay un muy buen casting: el papel de Sergio Podeley como el galgo es consagratorio, después de una serie de trabajos más chicos y algunos vinculados al crimen como el recordado “mulo” del Negro Pablo en Okupas, (a quien la película le regala una cita), este es un regreso que vale cada aplauso del entregado en la función. Un despliegue de personaje sin respiro con altibajos de locura, adrenalina y desazón, pero nunca miedo. Siempre al frente y de frente, trepando paredes, escapando de los tiros y “poniendo el pecho”. Una de acción en un barrio bajo y vacío a altas horas de la madrugada, dónde ya no se puede confiar en nadie, ni en la policía.
El reparto lo completan nombres importantes como Matías Desiderio en el papel de Lalo, Mariano Torre en el papel de Noni y Julieta Díaz como la jefa de la organización criminal y hermana de este último, La Madrina, personaje que gana su reputación a fuerza de mitos y violencia. Del otro lado, los breves aportes de Ramiro Blas y Maite Lanata, padre e hija vecinos de la zona dispuestos a darlo todo para –de una vez y para siempre– sacar a los narcos del lugar. Todos representantes “del bien”, como la mencionada Nilda, interpretada por Susana Varela.
Gatillero es una buena película de acción del tipo solo al que le hicieron una cama, uno de esos vengadores no tan anónimos que ya no se fía de nadie. Con poco respiro, bien filmada y sin cortes –aunque dije que de esto no quería hablar–. Es una película que logra víncular la proeza técnica con el agobio narrativo, es decir: una película coherente que está hecha de la única manera que podía hacerse, con una cámara que sube y trepa techos en silencio, como el plano de apertura de Rope que pocos recuerdan. Una cámara que es compañera del protagonista y que tiene toda una coreografía detrás de él, para que no se note que está, para que nada parezca forzado cuando lo sigue a pie y después lo siga en moto o en auto. La vuelven a dar el martes 8 a las 13.30 hs. Aprovechen.



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