Desperté en una sala de cine vacía. Las luces estaban apagadas, el aire olía a palomitas viejas y a polvo de nostalgia. Al fondo, el proyector ya estaba encendido. Una película comenzaba. No entendía qué hacía allí, pero algo me decía que no era un simple sueño. Lo supe en cuanto vi en pantalla a una mujer sentada sola en una cafetería… y me reconocí.
Era yo. Pero no una versión feliz o triunfadora, sino una rota. Una que se aferraba a su taza de café como si fuese lo último que tenía. Llevaba la misma chaqueta gris que me puse la tarde en que decidí rendirme. Aquel día en que apagué el celular, borré mis redes sociales y desaparecí del mundo.
Mi primera reacción fue querer correr. Gritar. Detener la proyección. Pero algo me mantuvo en el asiento. Como si una parte de mí supiera que debía ver eso. Que tal vez, tenía que revivirlo para entenderlo.
La película no seguía un orden lineal. Saltaba de un recuerdo a otro como lo hace la mente cuando no puede dormir. Vi a la niña que fui, sentada frente al televisor, soñando con ser escritora, directora, actriz… algo que tuviera que ver con contar historias. Vi a la adolescente que escondía sus textos por miedo a que se burlaran. Vi a la mujer adulta que empezó a vivir según las expectativas de todos, menos las suyas.
Cada escena dolía. Porque era real. Y porque era mía.
Pero entonces algo cambió. En una de las escenas, vi una versión mía que nunca había existido. Una mujer que decidió decir que sí al viaje que siempre quiso hacer, que se atrevió a cantar en público, que se reconcilió con su madre antes de que fuera demasiado tarde. Esa versión de mí era valiente. Imperfecta, pero libre.
La pantalla se detuvo en una escena: estaba yo, parada frente a un espejo, con los ojos llorosos, repitiendo: “ya no puedo más hasta aquí llegue”. Y entonces apareció algo que no recordaba: una voz detrás de mí diciendo: “Pero sí puedes… solo que aún no sabes cómo.”
Sentí un nudo en la garganta. Porque esa frase nunca ocurrió. Pero deseé con todas mis fuerzas que alguien me la hubiese dicho. Y comprendí algo que me cambió por dentro: tal vez, había despertado algo dentro de esta película no para ver lo que fue… sino para escribir lo que aún podía ser.
La sala se iluminó poco a poco. En lugar de butacas vacías, había versiones de mí misma: la niña, la joven, la adulta triste, la que no podía más … y todas me miraban en silencio. No juzgaban. Solo esperaban. Frente a mí, un guion en blanco.
Una hoja…
Un lápiz…
Y una pregunta:
"¿Pero qué vas a hacer ahora con tu historia?"
No lo dudé. Me senté. Y comencé a escribir. Esta vez, no desde el miedo ni la tristeza. Sino desde el deseo de volver a empezar… incluso si es desde el final lo lograre
Lo más buscado
No se encontraron resultados
- Escribe un artículo/historiaDales una razón para leer
- Empieza un debateHaz una pregunta o comienza un debate
- Crear una listaRecomienda tus películas favoritas
- Publica un videoSube un video de una reacción o una reseña

¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.