El diablo también me viste a la moda... 

En retrospectiva, mi principal anhelo era escribir en este reto que el único personaje que me representa es aquel filántropo millonario que se disfraza de murciélago para combatir el crimen en las noches; o que mi cicatriz en la frente me asemeja con el elegido que derrotará al innombrable; o que cuando veo a Terminator destruir media ciudad con sus armas digo: “sí soy”, pero no, todos ellos son los personajes que me gustaría que me representaran, y que, en realidad, con quien me identifico es con Andrea de “El diablo viste a la moda”.

“El diablo viste a la moda” es una película estadounidense estrenada en el año 2006, dirigida por David Frankel y protagonizada por dos grandes actrices de la industria: Meryl Streep como Miranda Priestly, la editora de la revista más importante en el rubro de la moda, temida por todos quienes la conocen; y Anne Hathaway como Andrea Sachs, una soñadora joven que quiere incursionar en el mundo de la literatura y el periodismo.

La palabra clave es: “soñadora”. La verdad, tenemos el mismo sueño, el llegar a ser escritores y pertenecer a ese mundo. Eso es lo primero que me identifica con ella, sus metas y anhelos. Aunque no es lo que me lleva a conectar por completo con su personaje, sino su forma de ser. La primera Andrea, aquella que es incapaz de diferenciar entre dos cinturones de color idéntico, con su ropa obsoleta, holgada, cabello deslucido y cuerpo lejos de los estereotipos (o eso nos hacen creer), es como yo me veía en aquella época (y hasta hace poco).

Es curioso que con el paso del tiempo nuestras similitudes aumentaron. Lo admito, yo sufrí de una muy baja autoestima por mi físico, lo cual afectó mi propia percepción y la manera como me mostraba con los demás. Por muchos años, la transformación de Andy, aquella que dejó de lado sus inseguridades y despertó a la bestia de su interior, me hizo desear algo similar, salir de mi cascarón, dejar de quejarme, victimizarme y ser alguien más, aquel quien quería ser.

Pero las cosas cambiaron, en el 2024. Así como Andrea consiguió en Nigel un ángel que la guió en su cambio físico, yo también conseguí al mío. Mi proceso no fue tan fácil como el de ella, porque yo estaba lejos de tener un cuerpo perfecto (y aún lo estoy, esa grasa abdominal no se quiere ir del todo), aunque tuve un gran cambio, dejando la talla 40 por la 32. Cabe resaltar que mi ángel no me ayudó en eso, sino en mi cambio de vestimenta, por fin me vestí bien, demostrando quién soy en realidad.

Ahora yo también genero esas miradas y caras cuando me ven. Todos creen que siempre me he sabido vestir. Sin duda, no basta con una ojeada, quieren verme más, comentan sobre mí, tanto conocidos como desconocidos, cualquiera de quienes se topan en mi camino. Mi autoestima ha crecido de gran manera, lo que me ha hecho sentir seguro de mí mismo, creer en mí y luchar por mis sueños. Yo soy igual de trabajador, exigente y perfeccionista como Andy, no me quedo quieto y busco la manera de sobresalir en mi trabajo, otro hecho en el que nos identificamos. Inclusive, por algún tiempo, tuvimos el mismo tipo de jefa.

No fue una sola vez, sino dos. Dos mujeres retadoras, fuertes y temidas. Ellas me forjaron, me hicieron mejor persona. Así como ella, me tuve que enfrentar a personas temidas, capaces de hacer llorar a sus empleados. No fue fácil, pero eso también me convirtió en un reflejo de Andy. Si mi vida fuera una película, ella se identificaría conmig

Sin embargo, la travesía no ha terminado. Al final, luego de romper con todas sus creencias y convertirse en lo que juró destruir, Andy decidió salirse de ese mundo y encaminarse en su sueño, tras un viaje revelador que le permitió formarse como la persona que durante tanto tiempo quiso ser. Yo sigo en ese proceso, y, en algún tiempo (espero que sea muy poco), lograré lo mismo que ella, cumplir mis sueños. Por ahora, sigo en la etapa donde ella crece y deslumbra a todos con su ropa (a mí siempre me dicen de dónde consigo camisas tan bonitas -viva Shein-), pero pronto, romperé las cadenas que durante tanto tiempo me han anclado al mundo alejado de mis sueños, para convertirme en la persona que siempre he deseado ser, y ese día, podré afirmar que Andrea Sachs y yo, somos dos gotas de agua.

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