Título internacional: Muerte entre las flores - De paseo a la muerte
Título original: Miller's Crossing
Año: 1990
País: Estados Unidos
Duración: 115 min.
Dirección: Joel Coen
Guion: Joel Coen, Ethan Coen. Novelas: Dashiell Hammett
Sinopsis: El imperio de un mafioso irlandés se ve amenazado cuando su hombre de confianza se asocia con un criminal ambicioso.
“… no hay nada más ridículo que ver a un hombre correr detrás de su sombrero…”
En 1990, mientras Waterworld (1995) aún no existía como ese naufragio postapocalíptico que hoy se recuerda más por su fracaso que por su historia, los hermanos Coen estrenaban una obra que también pasó casi desapercibida: Miller’s Crossing. Y no porque fuera mala —al contrario—, pero a veces algunas películas llegan antes de que el público esté listo para ellas.
Ambientada en los años 30, en plena Ley Seca, esta producción nos mete de lleno en el mundo de las mafias irlandesas e italianas, los sombreros fedora, los callejones húmedos y las decisiones que, una vez tomadas, ya no pueden deshacerse. Todo eso atravesado por una historia tan enredada como fascinante, donde lo importante no es tanto lo que pasa, sino cómo se va desarmando la red de lealtades y traiciones entre personajes que siempre parecen saber más que el espectador.

El protagonista, Tom Reagan (Gabriel Byrne), es la mano derecha de un jefe mafioso irlandés que se ve atrapado en una maraña de intereses cruzados, decisiones arriesgadas y fidelidades que cambian de forma. Pero más allá de su complejidad narrativa —marca registrada de los Coen—, esta cinta es un festín visual: cada plano parece un cuadro, con una estética sombría y meticulosamente cuidada, y un guion afilado que exige atención, pero recompensa con creces.
¿Por qué entonces pasó tan desapercibida? Lo interesante es que Miller’s Crossing nace en un contexto donde el cine estaba mirando hacia otro lado. 1990 fue un año fuerte: el cine era de colores brillantes, explosiones, héroes musculosos o comedias livianas. Y, además, ese mismo año se estrenaron pesos pesados como Goodfellas, Dances with Wolves y The Godfather Part III, títulos que acapararon todas las luces y dejaron a esta joya en la oscuridad. Otra razón podría ser que no era una propuesta fácil. No tenía héroes carismáticos ni acción desbordada. Era sutil, ambigua, profundamente literaria. Y en una época donde el cine apostaba por lo directo, Miller’s Crossing, con su historia de mafiosos existencialistas, parecía no tener lugar. Un film de gángsters sin glamour. Un rompecabezas moral en tiempos de soluciones fáciles.

Dato curioso: los Coen sufrieron un gran bloqueo creativo mientras escribían el guion. Tanto así, que lo dejaron en pausa y, en medio de ese paréntesis, escribieron Barton Fink (1991), que terminó ganando en Cannes y se volvió otro clásico de su filmografía. La ironía: la trama trata sobre un guionista con bloqueo creativo.
Otro detalle interesante es la influencia de El halcón maltés y Cosecha roja (de Dashiell Hammett), que atraviesa la película de punta a punta. Es un homenaje al cine negro clásico, pero con ese humor retorcido y áspero tan Coen que hace que todo sea un poco absurdo y poético a la vez.

Verla hoy es redescubrir una parte fundamental del ADN de los hermanos Coen. Antes de Fargo (1996), antes de No Country for Old Men (2007), ya estaban ahí los dilemas morales, los antihéroes sobrios, la violencia absurda y la belleza del caos.
Si nunca la viste, tal vez sea hora de saldar esa deuda. Y si ya la viste, sabés que es de esas películas hechas con mucho corazón (¿Qué corazón?) a las que siempre vale la pena volver.
Por Evelyn.
Saludos desde la oscuridad.


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