Hay historias que lo eligen a uno. Eso pasa con The Last of Us. Uno empieza a verla pensando que se va a encontrar con zombis, tiros, supervivencia. Pero a los pocos capítulos te das cuenta de que lo que realmente estás viendo es otra cosa: una historia sobre el amor como necesidad, como impulso primario. Sobre qué hacemos cuando el mundo se rompe —y lo único que nos queda es alguien a quien cuidar.

Joel (Pedro Pascal), el protagonista, es un tipo seco, rudo, silencioso. A veces parece que ya no le queda alma. Pero no siempre fue así. Antes del apocalipsis tenía una hija, una vida, una rutina. Como cualquiera. Como muchos. Hasta que todo se fue al carajo. Primero en lo personal, después en lo colectivo. Y entonces se volvió eso: alguien funcional, alguien vivo… pero vacío. Alguien que no cree en nada. Hasta que aparece Ellie (Bella Ramsey). Y entonces, sin querer, sin buscarlo, tiene que volver a sentir. Volver a cuidar. Volver a perder el miedo —porque eso es lo más duro, ¿no? Volver a arriesgarse a que te quiten lo único que te sostiene.
Yo también soy Joel. No por la barba ni por la puntería. Soy Joel porque también viví en un mundo que parecía estable, estructurado, incluso predecible. Hasta que colapsó. Hasta que lo que parecía hogar, dejó de serlo. Y cuando todo se vino abajo, como le pasó a él, no me quedó otra que sobrevivir emocionalmente. Y encontrar, sin buscarla, a alguien que me hiciera seguir. No eran tiempos de zombis ni de desiertos texanos, pero eran tiempos igual de duros. Y cuando apareció esa persona, también supe que tenía que cuidarla. Que incluso si yo no estaba bien, eso no importaba tanto, porque lo urgente era que ella lo estuviera.

Como Joel, me adapté a entornos que no eran míos. Calles que no eran las mías. A formas de vida distintas, a rutinas nuevas, a gente con otro código. Y no por ingenuidad, sino por amor. O quizás, más exactamente, por necesidad de sentido. Como si cuidar a alguien fuera una manera de seguir respirando. Cuando todo lo que te era familiar desaparece, uno no se reinventa, uno sobrevive. Pero en esa sobrevivencia también hay una especie de ternura, una rebeldía silenciosa que dice: “esto no se acaba aquí”.
Lo curioso de Joel es que no es un héroe. Es un hombre dañado. No salva al mundo. No intenta arreglarlo. Solo quiere que no le arrebaten lo único que volvió a importarle. Es un tipo naturalmente bueno, pero obligado por las circunstancias a volverse duro. Violento, incluso. Y esa mezcla, tan incómoda, tan contradictoria, me resulta muy familiar. Porque hay momentos en la vida en que uno no puede ser solo noble. Toca ser hábil. Malicioso, incluso. Toca desconfiar. Pero sin perder la capacidad de amar. O de reconocer cuando alguien te importa más de lo que estabas dispuesto a admitir.

Lo que más me pega de la serie es que el vínculo entre Joel y Ellie no está basado en una decisión lógica. No es estratégico. Es visceral. Ella también está rota, también está buscando algo a lo que aferrarse, y en medio de todo lo que han perdido, lo único que queda es el uno para el otro. Es una relación que no se construye a punta de palabras, sino de actos. De silencios. De miradas. De decisiones difíciles. Y aunque no sepamos qué pasará en la segunda temporada, todo indica que Joel está contemplando la posibilidad de que, para protegerla, tenga que dejarla ir. Y eso, eso sí que es jodido. Porque ¿cómo soltar lo que te sostuvo?
Y es ahí donde esta historia deja de ser una historia apocalíptica para convertirse en una alegoría emocional. Porque The Last of Us no es sobre zombis. Es sobre pérdidas. Sobre segundas oportunidades. Sobre lo que estás dispuesto a hacer para no volver a quedarte solo. Y en ese sentido, Joel no es un personaje lejano, ni de otro mundo. Es ese tipo de hombre que ha sido golpeado una y otra vez, y que aún así, cuando le ponen una vida frágil en las manos, decide que vale la pena protegerla.

Yo ya pasé por ahí. Ya cuidé, ya me entregué, ya cargué con todo. Y también, como él quizá tenga que hacer, yo también solté. Me tocó armarme de nuevo. Reconstruirme sin esa misión que parecía tan clara. Pero lo curioso es que, a pesar de haber soltado, no he dejado de ser Joel. Porque en el fondo, uno no deja de ser quien se vuelve en medio del apocalipsis emocional. Solo aprende a vivir después de él.
Y por eso, sí: yo también soy Joel, aunque no haya hongos mutantes de por medio.





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