Cuando terminé la escuela primaria fue la primera vez que temí por crecer. Tenía 12 años y muchas ganas de comerme el mundo. Haber crecido con infinitas películas de Disney Channel, me había dejado bien en claro que la etapa que se venía se suponía que sería la mejor: El periodo de la rebeldía, la libertad, el momento donde tus sueños deberían empezar a cumplirse.
Hoy, lo único que deseo es volver.
Jenna Rink (Jennifer Garner) es una adolescente de 13 años que está cansada de su edad. Atrapada en sus inseguridades adolescentes, y la necesidad de dejar de ser invisible, lo único que desea de cumpleaños es tener 30. Escapar del ahora para llegar a su futuro idealizado es clic que le abre un camino difícil de retornar.
En Jenna me veo constantemente.

Al igual que ella, mentiría si dijera que todo lo que viví después de los 12 años fue espantoso. Graduada de la secundaria con excelentes promedios, amigos, carrera soñada, y una infinidad de viajes que nunca me hubiese imaginado experimentar. Pero ya no tengo 12 años.
Me sorprende pensar que a esa edad, me moría de ganas por ser independiente: Soñaba con ser famosa y vivir una vida soñada sin trabajar. Me imaginaba independiente, sin espacio para la sensación de enamorarse.
El 90% de mi Diario de Violetta son escritos que afirmaban mi deseo de ser grande, de serlo todo. Imaginaba un mundo fantástico en el que no existía la ansiedad, el estrés ni ningún problema social como la envidia o la competencia. Estaba en ese punto intermedio en el que no era lo suficientemente grande, pero tampoco seguía siendo una nena.
Si tuviera 30 me hizo reflexionar sobre la infancia, como una etapa que hay que cuidar, no apurar. Ya no volví a entusiasmarme por mi cumpleaños, ni a disfrutar la Navidad de la misma manera. Ahora miro las series y películas en plataformas, no espero días a que las pasen de nuevo por la televisión. Extraño ser inocente, comer sin pensar en el qué dirán, vestirme con lo que realmente me gustaba, no para seguir un patrón. Extraño lo que era mi hogar a los 12, muñecas, juegos de mesa, y la comida de mi mamá, que por razones que desconozco, sabía diferente. Me extraño bastante, esa chispa que me caracterizaba cuando me rodeaba de las cosas que me gustaban. Bailar por horas frente al espejo mientras cantaba los temas de Hannah Montana o Selena Gómez. Tener la posibilidad de decidir, si jugar un rato más con mis muñecas, o usar Youtube como las chicas grandes.
Si pudiera moverme en el tiempo, aunque fuera solo por un día, elegiría sin dudar volver a ser esa nena que aún miraba el mundo con asombro.

Jenna me enseñó que, pase lo que pase, puedo llevar a mi versión pequeña dentro de mí para siempre. Podré tener 20, 30 o 50 años, pero esa versión chiquita seguirá entusiasmándose cada vez que esté rodeada de algo que le guste. Seguirá recordando con nostalgia cada serie y película vista en la televisión del living y, lo más importante, volverá para abrazar cada etapa difícil que esté atravesando.
Esa versión pequeña me recuerda quién soy cuando todo parece nublarse. Me ubica, me da calma, y me devuelve la ilusión cuando el mundo adulto se vuelve demasiado serio. Gracias a ella, sigo creyendo en la magia de las cosas simples.



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