"LA FAMILIA NUNCA MUERE" (Continuación tras romper el DVD) 

Los fragmentos del disco brillaban como escamas de pescado en el suelo —justo como los vidrios rotos en la escena del atentado a Vito— cuando el televisor empezó a sangrar. No era metáfora: un líquido espeso y rojo goteaba del marco de la pantalla, empapando la alfombra con un olor a cobre y pólvora.

—¿Esto es un maldito juego? —grité, pisoteando los restos del DVD.

El eco de mi voz no sonó como yo. Era más grave, como la de Al Pacino en la tercera película.

Desde el baño, el grifo se abrió solo. El agua corría turbia, teñida de rojo. Al acercarme, vi que el espejo del lavamanos mostraba otra habitación: la oficina de Don Corleone en 1945, con Sonny sentado en mi sillón, acariciando a mi gato (¿cuándo lo había dejado entrar?) mientras me miraba sonriente:

"Los Bingotti mandan saludos, Mike. Dicen que te gusta cambiar los finales… Pero en esta familia, solo el Don decide".

El corazón me golpeó las costillas. Los Bingotti. Ese era el apellido del paciente que murió en mi mesa de operaciones hace un mes, el que llevaba un tatuaje de "Muerte a los traidores" en el pecho.

El teléfono sonó. Era Peliplat, pero la voz al otro lado era la de Tom Hagen:

"Michael, tu hermana Connie quiere hablar contigo. Está… molesta por lo del restaurante".

Connie. La única que sobrevivió a la venganza de Michael en la saga. En ese momento, algo se movió en el pasillo. Un crujido de cuero, como zapatos de hombre avanzando.

—¡No hay nadie aquí! —mentí, buscando desesperado algo con qué defenderme.

El gato saltó de repente, silbando hacia el espejo. Donde antes estaba Sonny, ahora aparecía yo, pero con el rostro desfigurado por dos agujeros de bala en la frente.

—"Así terminan los que rompen pactos", susurró mi otro yo antes de que el espejo estallara.

Los vidrios volaron hacia mí como esquirlas de recuerdos imposibles: yo disparándole a un policía en el ascensor del hospital, yo besando el anillo de un anciano con la boca cosida, yo enterrando un cadáver con mis propias manos en el jardín…

El sonido de un motor afuera me sacó del trance. El auto negro seguía allí, pero ahora tenía la matrícula "BING 666". La puerta trasera se abrió sola, revelando un asiento manchado de sangre y un sobre con mi nombre escrito en italiano.

Dentro, solo había una foto polaroid: yo, con el traje de Michael, sonriendo frente al cadáver de Sollozzo. Al dorso, una nota:

"La próxima vez, no despertarás".

Y entonces, el televisor encendido detrás de mí comenzó a reproducir El Padrino desde el principio. Pero esta vez… yo era el Don.



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