El despertador no sonó esa mañana. Tampoco lo necesitaba. Me despertó una voz femenina, clara, entonada, diciendo:
"La protagonista abre los ojos, sin saber que su mundo está a punto de cambiar para siempre."
Abrí los ojos, confundida. La habitación en la que estaba no era la mía. Tenía un aire vintage, como de los años 60. Paredes empapeladas, una radio antigua sonando jazz suave, y un sol que entraba por la ventana como si estuviera coreografiado.
Me levanté despacio, esperando que fuera un sueño. Pero algo no cuadraba. Cada vez que decía o hacía algo, una música incidental se deslizaba suavemente por el aire, como si alguien estuviera editando mis pasos. Me miré en el espejo del tocador. Llevaba un peinado perfecto, maquillaje impecable y un camisón que parecía sacado de una película de época.
Y entonces lo entendí. No estaba soñando. Estaba dentro de una película.
Salí de la habitación, y lo primero que vi fue a un hombre con traje gris, apoyado contra el marco de la puerta, con un cigarro en la mano y sonrisa de galán de cine.
—"Buenos días, muñeca" —me dijo, con un acento que sólo los actores pueden lograr.
Lo miré con los ojos entrecerrados.
—¿Dónde estoy?
Él río.
—En el Acto I, claro. Aún no sabes nada… pero lo harás.
Y desapareció, caminando entre una neblina que apareció de la nada.
Intenté huir. Crucé calles que parecían escenografías. Fui a un parque donde la gente se movía en perfecta sincronía, como extras siguiendo una coreografía. Cada vez que intentaba hacer algo "fuera de guión", el cielo se oscurecía ligeramente, como si el director desaprobara mi improvisación.
Fui al cine del centro, desesperada por respuestas. Y fue ahí donde me vi a mí misma… en pantalla. Yo, caminando por esas calles, con el mismo camisón, hablando con el mismo hombre de traje. La película se estaba desarrollando frente a mí, en tiempo real.
Fue entonces cuando apareció Él. No era un galán, ni un héroe típico. Era el proyeccionista.
—Tú no perteneces aquí —me dijo, sin levantar la vista del carrete de película que giraba lentamente—. O sí… depende de lo que decidas.
—¿Qué es esto? ¿Un sueño? ¿Una trampa?
—Es una historia. Y estás en ella. Pero la pregunta no es cómo saldrás… sino si quieres salir.
Me congelé.
Porque, a pesar del miedo, sentía una extraña libertad. Nadie envejecía, nadie sufría de verdad, y todo, absolutamente todo, tenía banda sonora. Pero también sabía que no era real. Que ese mundo tenía límites escritos en guiones, finales impuestos, líneas que no podía cambiar.
—¿Y si me quedo? —pregunté.
Él sonrió.
—Entonces esta película se convierte en tu vida. Y el mundo real, en un recuerdo borroso que nadie más verá.
Esa noche, regresé a la habitación del principio. Me acosté en la cama perfectamente tendida, la música suave otra vez flotando. Cerré los ojos.
Y cuando los abrí…
Estaba en casa. O eso parecía.
Pero desde entonces, a veces escucho una voz en off cuando hago algo importante. A veces la música se intensifica cuando me cruzo con alguien especial. Y a veces, sólo a veces, me pregunto si realmente desperté… o si sólo pasé al siguiente acto.


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