El primer sonido que escuché fue una melodía lejana, como la banda sonora de una historia que apenas comenzaba. Abrí los ojos y lo supe al instante: no estaba en mi habitación. A mi alrededor, los colores eran más vibrantes, los detalles más definidos. Incluso el aire tenía un filtro dorado, como si alguien hubiera ajustado la iluminación para lograr una estética perfecta.
Me puse de pie y miré mis manos. Eran las mismas, pero algo en su textura era demasiado pulido, demasiado cinematográfico. Entonces, lo vi: frente a mí, un letrero brillante en neón que decía "Club Noir". Y junto al letrero, una mujer con un vestido rojo, un cigarro encendido y una mirada que contenía toda la fatalidad de una película de detectives.
—Llegas tarde, detective —dijo con voz grave—. Espero que estés listo para resolver el caso.
Mi mente se sacudió como una cámara en un giro dramático. ¿Detective? No recordaba haber tomado ese trabajo. Pero los autos antiguos en la calle, los hombres con sombrero y los periódicos con titulares como "La ciudad en peligro" me daban una pista: estaba atrapado en una película de los años cuarenta.
Intenté pensar con lógica. Si esto era una película, ¿significaba que tenía un guion que seguir? ¿O podía cambiar el curso de la historia? Me acerqué a la mujer, dispuesto a preguntarle más, pero en ese instante, un disparo retumbó en la distancia.
—¡Nos descubrieron! —gritó ella—. Tenemos que huir.
Corrimos por callejones oscuros, esquivando sombras. Sentía la adrenalina, pero no era miedo. Era la emoción de una historia en movimiento. En algún punto me pregunté: ¿será este el clímax o apenas el inicio del segundo acto?
Cuando finalmente llegamos a un escondite, la mujer me miró fijamente.
—Tienes que decidir, detective. ¿Resolvemos el caso o buscamos una salida de aquí?
Miré mis manos una vez más. Quizás nunca volvería a mi vida anterior. Quizás esta era mi vida ahora. Respiré hondo, ajusté mi sombrero imaginario y respondí:
—Vamos a terminar lo que empezamos.
Y fue entonces cuando la historia cambió.
Desde ese momento, la línea entre lo real y lo ficticio se desdibujó aún más. Cada pista que seguíamos parecía llevarnos a un callejón sin salida, cada personaje con el que hablábamos tenía secretos ocultos. Había algo extraño en todo esto… como si la película se resistiera a llegar a su desenlace.
En una vieja biblioteca polvorienta, encontramos un documento antiguo con mi nombre escrito en él. Mi nombre real.
—Esto no tiene sentido —murmuré.
—Tal vez el guion está incompleto —respondió la mujer—. O tal vez tú nunca debiste estar aquí.
El misterio no solo era el caso que intentábamos resolver. El verdadero enigma era yo.
Justo en ese instante, las luces de la ciudad comenzaron a parpadear. Las sombras de los edificios temblaron, como si la estructura misma de este mundo empezara a fracturarse. Algo estaba fallando en la película.
—Tenemos que movernos —dijo ella—. Si el mundo se desmorona antes de resolver el caso, podrías quedar atrapado aquí para siempre.
Y entonces lo supe: encontrar la verdad no solo resolvería el misterio, sino que tal vez me daría una salida


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