Drama británico dirigido por Steve McQueen del 2011, sobre un guion propio en colaboración con Abi Morgan. Coproducido por Ian Canning y Emile Sherman. Música de Harry Escott, fotografía de Sean Bobbitt, montaje de Joe Walker.
Protagonizado por Michael Fassbender, Carey Mulligan, James Badge Dale, Nicole Behare, Hannah Ware y Lucy Walters.
McQueen apela a exhibir la cotidianidad de un personaje que representa, lastimosamente, a muchas personas que no pueden poner en palabras lo que realizan con acciones, es decir la adicción, la impotencia del no poder decir que tortura las mentes de los adictos, sean estos consumidores de sustancias o como en el caso de Brandon Sullivan (Fassbender), adicto al porno, la masturbación y el sexo. Una problemática de una gran complejidad, que no puede ser solucionada de modo simplista, pero mostrarlo en la ficción como un retrato crudo ya es un avance para que quienes son esclavos de los impulsos sexuales, puedan verse identificados y tomar conciencia de su propio dolor.
Si por un lado condenamos la represión de la sexualidad, llevada a cabo por gobiernos e instituciones públicas a lo largo de los tiempos, incluso con la complicidad de la censura mercantil en el mundo, el otro extremo es igual de nocivo: la falta de una sublimación sana que canalice la pulsión sexual (en términos psicoanalíticos, aunque otras escuelas psicológicas puedan darle una explicación quizás similar). Hablar de libertinaje como los religiosos es un error, porque no es un problema de exceso de libertad o de irresponsabilidad, sino que es de origen mental, del cual la persona, al no ser consciente, se encuentra atrapada y por lo tanto, la salida no es fácil.
No corresponde que en una crítica redacte como si fuese un especialista en psicología porque seria una estupidez. Formalmente, la obra de McQueen le da prioridad al espacio de la casa de Brandon, sin mucho adorno, bastante minimalista, un reflejo impersonal y grisáceo de su soledad sufrida, con un vacío personal que tapa con su propia adicción, alcanzando un nivel extremo cuando en su trabajo (es ejecutivo de una empresa, nunca se aclara su rol), tienen que mandarle a arreglar su computadora debido a que le encontraron una enorme cantidad de videos porno que la contaminaron de virus.
La incomodidad evoluciona hacia el malestar profundo, cuando Brandon se siente obligado a mantener a su hermana menor Sissy, una cantante terriblemente inestable, que padece, sin embargo, la misma raíz que su hermano, aunque portadores de dos problemas distintos: el denominador común de la falta de amor. Si bien ella no es adicta ni independiente económica-personalmente como su hermano, por el contrario, es demasiado dependiente en todo sentido de él, ella busca el cariño familiar y el amor romántico que no encontró en sus padres. Inconscientemente, Brandon también anhela un amor, que disfraza bajo la obsesión incesante de los encuentros sexuales, sean estos con prostitutas (chicas y hasta un tipo en un antro gay) o con mujeres que conoce no azarosamente, sino por propio deseo de búsqueda, logrando seducirlas.
El realismo incómodo se traduce en planos generales estáticos y temporalmente dilatados, con miradas y silencios incómodos entre los personajes, como cuando Brandon tiene una cita con Marianne (Nicole Beharie) o cuando, en carne propia, Brandon descarga sus emociones como el enojo, con una mirada perdida y una quietud reflexiva, que termina con un movimiento violento (movimientos tambié aplicados con Sissy) que subraya ese dolor interno. Incluso con el plano secuencia, en un solo plano lateral de Brandon corriendo por Nueva York, por cierto, muy parecida a nuestra Buenos Aires, se manifiesta la necesidad de liberarse de la tortura de oír en su departamento a su jefe fornicando con su hermana.
Los planos hiper-cerrados de las partes corporales de las mujeres (tetas, culos, y vaginas) connotan esa cosificación femenina a la que descendió Brandon, una decadencia moral insostenible. Su cuerpo expresa permanentemente autorepresión: postural y gestual. Tanto Fassbender como Mulligan se lucen actoralmente con un brillo total, vale destacar también a James Badge Dale, el jefe de Brandon.
La combinación entre la enorme carga que le produce a Brandon sostener a Sissy y el deseo satisfecho por un lapso temporal breve entre mujer y mujer, no lo perfilan como un seductor-cínico al estilo de Alfie, pero sí se puede, perfectamente, trazar un paralelismo entre ambos con respecto a resistirse al compromiso romántico, a huirle a éste como a la peste por temor a sufrir, portando una superficialidad individual que repercute en sus vidas diarias con una existencia que nunca se siente bien, no digo plena, porque el deseo pleno es la muerte en vida, siempre deseamos más, pero la crudeza de este film surge de una cuestión que no debe ser ignorada por nadie y que a veces calla con un silencio aterrador.
El resultado no es otro más que la culpa y la vergüenza.




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