Cuando E.T. conoció a Johnny: el alienígena que enseñó al rebelde a sentir. 

Un relato sobre la soledad, la pertenencia y la esperanza que sobrevive al dolor.

Yo no sabía lo que era la nostalgia hasta que empecé a recordar quién era cuando veía ciertas películas. E.T. el Extraterrestre y The Outsiders no tienen nada en común... o eso parece. Una habla de un ser de otro planeta que solo quiere volver a casa. La otra, de un grupo de adolescentes perdidos en la violencia de su entorno, tratando de sobrevivir emocionalmente a lo que la vida les impone. Pero si alguna vez fuiste un niño distinto, con demasiada sensibilidad o una rabia sin nombre por dentro, tal vez sí veas lo mismo que yo: dos almas rotas buscando algo que ni ellos sabían que necesitaban.

Cuando vi por primera vez E.T., yo era un niño que se sentía raro. No tenía palabras para lo que sentía. Solo sabía que, como E.T., me costaba entender este mundo. Su manera de tocar con el dedo y curar, de sentir miedo, de esconderse… todo me resultaba familiar. No porque yo fuera un extraterrestre, sino porque también me sentía fuera de lugar, como si no perteneciera aquí.

Años más tarde, ya adolescente, conocí a Johnny Cade en The Outsiders. Él no venía de otro planeta, pero su mundo era igual de extraño y hostil. Johnny vivía a la defensiva, con miedo, con una dulzura oculta detrás de un caparazón de supervivencia. A él no lo perseguía un gobierno, sino la indiferencia y el dolor de su realidad. Me vi en su mirada. En sus silencios. En su deseo de que algo —alguien— le diera un respiro.

Entonces imaginé: ¿qué pasaría si estos dos personajes se encontraran?

Me gusta pensar que E.T. no regresó del todo a su planeta. Que en alguna dimensión alterna, aún camina perdido por los márgenes de la sociedad. Que esa noche, mientras Johnny y Ponyboy huían, E.T. apareció entre la neblina. No como un milagro, sino como una coincidencia. Johnny, herido, lo miraría sin espanto. E.T., acostumbrado al rechazo, sentiría algo distinto: ternura. Y entre ellos no habría palabras, solo comprensión.

Johnny se dejaría tocar por ese dedo brillante. No para curar su cuerpo, sino algo más profundo. Su fe. Su capacidad de creer que algo bueno todavía existe. Y E.T., al mirar los ojos de Johnny, entendería que la soledad no es exclusiva de los que vienen del cielo.

Quizás así Johnny no diría “Stay gold” como una despedida, sino como una promesa de vida. Porque en ese encuentro improbable, algo se resquebrajaría: la dureza, el miedo, la costumbre de no esperar nada.

Yo fui Johnny muchas veces. Herido, callado, con la esperanza colgando de un hilo. Y también fui E.T., queriendo volver a una casa que nunca encontré. Pero si algo aprendí es que a veces, cuando dos personajes colisionan, no hay fuego ni destrucción. Solo una chispa. Y con suerte, esa chispa basta para volver a creer.

Tal vez eso es lo que hace el cine tan poderoso: nos da encuentros que en la vida real no suceden, pero que nos ayudan a sanar lo que sí dolió de verdad.

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