INDEPENDENCE DAY – MI HISTORIA  

Nunca me voy a olvidar de ese día. Pero en realidad, todo empezó la noche anterior.

Había salido sin rumbo, con la cabeza hecha un nudo. Esa mañana mi abuela, la mujer que me crió después de que mis viejos murieran en un accidente cuando era chico, había fallecido. Me quedé solo en este mundo. No tenía ganas de nada, pero terminé saliendo igual. Quería apagar el dolor con ruido, con luces, con alcohol. Cualquier cosa menos silencio.

Fue en esa fiesta donde la vi. Entre toda esa gente, con la música fuerte y la locura del lugar, sus ojos eran otra cosa. Se llamaba Alma. Bailamos, tomamos unos tragos, hablamos de cosas sin importancia pero con una conexión rara. Me sentí vivo por un rato. Antes de irme le pedí su número, pero me dijo que si el destino quería, nos volveríamos a cruzar. Me reí, medio incrédulo, y me fui a casa con la cabeza girando.

Al otro día, el mundo se fue al carajo.

Primero fueron los noticieros hablando de luces en el cielo. Después, las comunicaciones que se caían, los gobiernos pidiendo calma. Y luego... las naves. Enormes, cubriendo ciudades enteras. La gente salió a la calle a mirar, como si fuera un show. Pero era otra cosa. Cuando cayeron los primeros rayos, entendimos que no vinieron en son de paz.

Corrí por mi vida. Autos chocando, edificios cayendo, gritos. Todo parecía un sueño malo. Me refugié en un estacionamiento subterráneo, y fue ahí donde la volví a ver. Alma. Sucia, con un rasguño en la ceja, pero viva. Me miró y se rió con una mezcla de sorpresa y alivio. “El destino, ¿viste?”, me dijo, y por primera vez en todo ese infierno, sonreí.

Pasaron los días. Las ciudades grandes estaban destruidas, los gobiernos desbordados. Nos fuimos uniendo con otros sobrevivientes, tratando de entender qué hacer. Fue en un campamento improvisado donde escuchamos a un grupo de soldados hablar sobre una base alienígena que se había instalado cerca. Había que atacarla, pero los escudos eran impenetrables. Nadie sabía cómo vencerlos.

Yo no era soldado, ni científico. Pero algo en mí no podía quedarse quieto. Me acordé de algo: en una de las calles donde nos escondimos, vi a uno de los alienígenas herido. No estaba muerto. Me acerqué con cuidado y, entre su armadura rota, noté una especie de módulo que parecía dañado. Con ayuda de un técnico que conocimos, descubrimos que ese aparato generaba una frecuencia específica: la misma que usaban para mantener los escudos activos.

Con esa info, los militares organizaron una misión. Había que llegar a la torre central y colocar un dispositivo que emitiera una señal para interferir su sistema. Nadie quería hacerlo. Yo me ofrecí. No tenía nada que perder. Alma quiso venir conmigo, pero le pedí que no lo hiciera. Tenía que vivir, incluso si yo no volvía.

Esa noche, bajo la lluvia y con el cielo iluminado por las explosiones, me infiltré con un grupo reducido. La base alienígena parecía salida de una pesadilla. Criaturas enormes, tecnología imposible. Pero logramos llegar al núcleo. Colocamos el dispositivo. Yo cubrí la salida mientras los demás escapaban.

En un último momento de locura, uno de los aliens me vio. Corrí, esquivé un disparo que me voló por el aire. Herido, con el cuerpo temblando, logré escapar justo cuando los escudos de todas las naves del mundo empezaron a caer. La humanidad contraatacó. Misiones por todo el planeta destruyeron las naves una a una.

Me desperté en un hospital improvisado. Alma estaba ahí, llorando y riendo al mismo tiempo. Me abrazó tan fuerte que sentí que el dolor valía la pena. Habíamos sobrevivido. No solo yo… todos. La humanidad entera.

Desde ese día, todo cambió. El mundo, la gente, yo. Perdí mucho, pero gané algo que nunca esperé: un propósito… y amor.

LIGHT

Ilumina y aumenta su visibilidad — ¡sé el primero!

Comentarios 35
Tendencias
Novedades
comments

¡Comparte lo que piensas!

Sé la primera persona en comenzar una conversación.