Recogido de un basural, había sido llevado contra mi voluntad a un lugar en donde una vez dentro, padecí estoicamente los efectos de una abstinencia abrupta y absoluta. Nadie se mostró comprensivo ni esperaba que así fuese, y tras seis años, seis meses y seis días de soportar todo aquello que se suponía aseguraría mi reformación total, conseguí finalmente la libertad de poder salir de allí con la condición de volver cuando cayera la noche, so pena de ser expulsado de aquel lugar. Pero esto me tenía sin cuidado. Entre las cosas que había aprendido tras ese arduo período, era a tener autocontrol. Y aunque se habían encargado de brindarme la posibilidad de identificarme con un propósito, la verdad sólo la sabía yo; y era que me importaba una mierda su discurso sobre fuese lo que fuese. Lo sabía errado, inconsistente y contradictorio. Sin embargo, pronto había llegado a la conclusión de que si manifestaba conocerlo, aceptarlo y tener fe ciega en este, era cuestión de tiempo destacar por este mérito por sobre otros y que decidieran asignarme realizar alguna cosa de relevancia mayor. Y, para mi suerte o no, así fue.
Tras finalmente obtener el derecho de salir, busqué inmediatamente la casucha de donde me sacaron, y tras haber amontonado absolutamente todo lo que aún quedaba allí, le prendí fuego a dicho cúmulo de cosas que en su mayoría había tenido alguna utilidad o propósito respecto a aquella praxis maldita. Sólo me quedé con el viejo cofre de lapislázuli que aún no descifraba cómo diablos abrir, y el álbum de fotografías que alguna vez me regaló mi madre en vida.
Incinerado todo lo que alguna vez había atesorado con vehemencia, marché con el cofre de lapislázuli en mi mano izquierda y el entrañable álbum de fotografías heredado de mi difunta madre en mi otra mano rumbo al automóvil en que los otros cuatro aguardaban por mí, pues sabían, como hermanos de aquel confinamiento forzado y de pretendida redención genuina de su respectivo pasado; que no solo había incinerado por completo todo rastro de nuestro estigma compartido, sino que también había quemado las naves pues luego de cada uno ejecutar su parte no habría vuelta atrás.
Llegado a mi destino y mientras me aproximaba cada vez más a la vanguardia, pude advertir que la intensidad con que vociferaban sus proclamas los manifestantes, acontecían en paralelo tentativas explícitas de atravesar las líneas de defensa dispuestas allí con la finalidad de contener cualquier intento de sobrepasarlas y responder con violencia a la violencia: aquella que ejecutada desde el lado contrario, supuse por mera experiencia; se tratarían de actos realizados por alguno que otro perro infiltrado allí para justificar eventualmente reacciones cada vez más enérgicas de las fuerzas policíacas que delimitaban con su presencia los perímetros hasta donde se les permitía a los manifestantes llegar.
Indiferente a la evidente escalada paulatina de esta, me dirigí hacia una de las líneas de contención pues encontrarlo detrás de alguna era cuestión de tiempo. Ansiaba verlo ya con su fusil vetusto y quizás obsoleto, parado quien sabe si con miedo o entusiasmado por al fin tener la oportunidad legítima desde un punto de vista legal de accionar su maquinita y jugar a ser un cachaco en tiempos cuando los terrucos asolaban la capital. Definitivamente, encontrarlo era mera cuestión de tiempo. Tan solo tenía que hacerlo sin que los otros cuatro lo advirtieran, en el momento justo en que las líneas avanzaran en formación y desataran su odio en lo que ya veía que se transformaría en una turba contra verdugos sedientos de ver sangre derramarse limpiamente en el asfalto, y simplemente aprovechar ese momentáneo caos para acercarme a él.
La marea infernal se desató de golpe y no tuve otra opción más que buscar algún lugar desde donde poder presenciarla sin correr riesgo alguno. Los perros arremetían con sádico frenesí a cualquiera que no tenga su estúpido uniforme, aunque pude ganarme con ver que como era de esperar, a cuatro sujetos, aquellos que habían brindado momentos antes un pretexto para desatar la masacre, sin asco ni vergüenza, no tocaron y tras un fingido “Vuelve aquí conchatumadre”, atinaron luego simplemente a dejarlos descaradamente pasar dentro de sus filas. Tras decidirme a pasar el rato estando seguro debajo de unas rejas de un almacén subterráneo abandonado, cabilé si tendría alguna utilidad proseguir con aquel propósito que extasiado contemplé horas atrás y que había jurado derramando mi propia sangre que daría mi vida si fuese necesario para consumarlo. Supuse que sería útil. Decidí entonces desarrollar mi parte. Que tanto de aquel elíxir carmesí se derramaría esa noche enloqueció a la bestia dormida y entonces despertó. Además, desarrollar mi parte me permitiría alcanzar a Chombo aunque también a Jesús, pero al menos hacer ésto incrementaría las posibilidades de ejecutar mi venganza.
Sigilosa pero decididamente fui aproximándome a la plaza mayor. Reventaríamos las rejas y las puertas ulteriores con la inmolación de mis otros tres hermanos, y entraría a Palacio por el vestíbulo principal. Pero tras esperar a que marcaran las 6 y 6, nadie llegó. Sin embargo, pude oír detonarse las cargas explosivas de los otros tres casi una tras otra no muy lejos de allí. Con certeza los habían masacrado y no habían tenido otra opción que inmolarse. No hacía falta pensar en a cuántos perros habíamos convertido en pedazos sanguinolentos de carne aún viva. La bestia entonces súbitamente enloqueció otra vez y me señaló que mi destino sería otro. Ese bastardo moriría esta noche.
Lo busqué apenas escatimando ser visto pues de todas formas seguía puesta la indumentaria de los hostiles. Lo busqué y sabía que la bestia lo buscaba a él también. Lo busqué como un loco, atravesando fuego cruzado y saltando trincheras improvisadas. Hasta que los vi. Chombo se hallaba jugando al cachaquito junto a un contenedor de basura y no muy lejos, estaba Jesús debajo de unos los postes que aún no habían sido reventados. Dándole un uso práctico al silenciador acoplado a mi arma, sumí en casi una total oscuridad la calle tras bajarme al único foco de luz visible. La bestia se agazapó.
—Conchatumadre, Ramírez.—Dijo el marrano hijo de puta con su lengua gagosa.
—Mierda, Chombo. —Dijo Jesús, casi tímido. —Se me pasó. ¿Viste algo?
—No deberías estar aquí.
—¿Quién chucha anda ahí?
—Calla conchatumadre. Jesús, corre.
Y Jesús partió raudo. Y se fue lejos. Hasta perderse de vista.
—Oe, tú; pastrulo reconchadetumadre. —Le dije. — Óyeme bien, mierda. Estoy forrado de dinamita hasta el cuello. Dispara, y estarás junto a mí rezando en las puertas del Cielo rogándole a Santo Pietro para que te dejen entrar.
—Ahh… Jajaja. Eres tú, loquito. ¿Qué fue de ti? ¿No tendrás un caño de cloro para que me pases el dato. Me cago de sue…
Desenvainé en ese instante un matacerdos y apoderada la bestia de mí, me avalancé sobre él. Su filo salía y entraba fácil de su grasa abdominal.
—Marrano hipócrita hijo de…
Una ráfaga centelló entonces en la penumbra. Con mis manos inútilmente intentaba contenerla. Quizás la bestia me había abandonado. Mi sangre manaba cual vino carmesí de mis entrañas, cayendo sordamente en el asfalto.
—Pero qué… mier.. da. Yo me largo.
La lluvia había inutilizado las cargas explosivas y las balas habían hecho mella en mis entrañas que poco a poco empaparon por completo de rojo vivo la enigmática caligrafía labrada en bajo relieve del hexaedro de lapislázuli.
Apunto de perder la conciencia y avisorando mi inminente muerte deseé con la más absoluta vehemencia, poder seguir vivo para desollar al cerdo y entonces, como si de la nada emergieran cosas, apareció un misterioso camarada que exactamente a 66.6m de distancia reventó la femoral de quien fuese alguna vez un “hermano mayor” a quien debiera obediencia.
Luego de un grito desgarrador que nunca supe si fue de él o mío propio, perdí finalmente la conciencia.
Desperté al tercer día ataviado de una bata blanca en la segunda planta de un hospital público.
—Parece cosa del Diablo. O de un milagro. Depende de cómo quieras verlo. —El misterioso camarada que había ejecutado el tiro contra mi presa se hallaba sentado allí, junto a mi cama, fumando un cigarrillo. —Ésos que llaman médicos, no paran de comentar entre sí el excelente estado de salud con el que se encuentra este heroico soldado. No se explican cómo sin evidenciar en tu cuerpo causa alguna para desfallecer en medio de tal infierno, no exista otra explicación plausible más que esa. O que simplemente te hayas quedado dormido.
Me tomó un par de minutos entenderlo todo.
—Si a estas alturas me preguntas si alguien puede oírnos...
—No lo haré.
—Bien.
—Tengo un par de preguntas.
—Bien.
— Qué obtengo y qué te llevarás a cambio.
— No puedo responder eso pero si tienes prisa, Chombo está en la habitación del costado y Olvidaron un bisturí en debajo de tu cubresábanas. Tus documentos y tu nueva identidad se hallan guardados junto a tu indumentaria en un locker al que tendrás acceso si se lo pides a Jazmín, la única enfermera que lleva el cabello suelto. Si se lo pides a otra, tendrías que esperar a tu alta médica, y eso ocurriría en como mínimo 6 horas más. Por último, vive como se te dé la puta gana. Te sorprenderá quién eres y de cuánto eres dueño ahora. Por último, se te notificará con anticipación toda información relevante. Sólo recuerda que no eres un gato.
— ¿Que no soy gato?
— Podrás hacerte el huevón pero entre tú y yo sabemos a qué me refiero. Este trabajo es brutal. Tengo que estar en... Ya es hora. Tengo que irme. Adiós.
Y mientras el humo del cigarrillo se desvanecía, pude notar que no tenía olor.



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