El día después... del día después 

El día después…del día después

Desperté la mañana del día 24 de julio del año 2032, abrí los ojos en el escenario de una película escrita con la tinta sangrienta que ambientó la guerra fría, "El día después". Durante horas, con una mirada agrietada, viví el aterrador efecto del holocausto nuclear en la vida de millones de personas, contradictoriamente, nunca firmaron compromiso con la guerra.

Como antorcha humana me uní a los protagonistas, Jason Robards y John Lithgow. Al igual que ellos viví la experiencia de ver como miles de seres humanos volatizaron su esencia en un resplandor de fotones. La trama original fue dirigida por Nicholas Meyer, solo que cuando desperté el director era el robot más granado de la inteligencia artificial, el fulano aunque tenía rasgos humanos mostró un lenguaje corporal con ademanes psicopáticos, su mirada de animal carroñero transmitía desconfianza.

Después que los bomberos sofocaron el fuego dejado por las armas nucleares protagonistas del día después, el director dio un receso para reponer calorías, el invierno nuclear con su calor de infierno aumentó el hambre en mis tripas. Me dirigí al espacio destinado a los que no eran ni actores principales ni secundarios, quizás terciarios o cuaternarios. Debíamos almorzar en un restaurante situado al lado de las granjas familiares donde yacían los silos nucleares en Kansas City. Para continuar las siguientes escenas de destrucción nos sirvieron lo más nutritivo de la comida chatarra.

Cuando me dirigí al baño escuché que el director discutía con otro ser por teléfono, utilizaban el lenguaje monocorde de la diplomacia internacional, recordé a los dignatarios de las superpotencias cuando deciden negociar la paz. Según lo que entendí la película había sido para alertar en torno al holocausto nuclear, pero que el verdadero día después estaba por comenzar, pues él en su rol de director de la nueva versión, con la inteligencia artificial disponible logró descifrar códigos recontraultrasecretos y estaban dispuestos a lanzar el gran ataque dentro de una hora.

Por más que lancé patadas e intenté zafarme de la pesadilla no pude despertar. Tomé conciencia de mi nueva realidad. Yo no era yo, ahora era un personaje de una película de los años ochenta. Corrí para alertar a la humanidad que el verdadero día después estaba por materializarse, debía gritar a los cuatro rumbos cardinales que del enfrentamiento generado por superpotencias nadie quedaría para narrar el cuento, cuando me disponía a cumplir mi propósito Terminator y una caterva de androides se abalanzó para detenerme.

Pese a mis sesenta, las adoloridas hemorroides y mi barriga de hígado graso me escapé del fisicoculturista, también eludí a despampanantes robots con la agilidad de Nadia Comaneci. Como “cucaracha en baile de gallina” llegué al espacio cinematográfico donde filmaron “La Mosca”, película dirigida durante el año 1986 por David Cronenberg. Encontré que el científico Seth Brundle había perfeccionado el método de teletransportación, pero no habían encontrado quien se atreviera a ingresar a la capsula, a pesar del excelente pago nadie quería vivir la experiencia de ver su genital desprendido en un inodoro.

No había oportunidad para el miedo o la duda. Cuando Aliens el octavo pasajero estuvo a punto de agarrarme me introduje en la capsula donde Jeff Goldblum se transformó en mosca. El artefacto de avanzada tecnología sabía de antemano el lugar del planeta que siempre yo había querido conocer, así fue que en menos de un microsegundo me llevó a la formación geológica más antigua del planeta, el Monte Roraima.

La arenisca del Eón Proterozoico con una antigüedad de entre 1,700 y 2,000 millones de años se presentó ante mi vista, solo que como arribé el día después también fue consumida por el fuego que trajo al invierno nuclear.

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