Unos días atrás, en una entrevista, Mario Pergolini habló del futuro de la IA y del avance de las tecnologías robóticas. Dijo que en el futuro los maestros en las escuelas serán reemplazados por docentes virtuales. “Lo va a hacer, les guste o no les guste. La IA cada vez va a ser más conversacional y más lógica (la IA). Los chicos hoy ya están haciendo sus tareas con chat GPT. Hay menos nacimientos, menos jóvenes, más robots y más inteligencia artificial. Dentro de muy poco, va a haber robots en las calles de Buenos Aires. En 5 años se cree que va a haber tantos robots como celulares. Este año, se van a vender alrededor de casi un millón de robots. Ya están saliendo al mercado robots bípedos, antropomorfos. Se llaman robots de usos generales. Van a estar en tu casa, van a limpiar, van a ordenar, van a poder hacer las compras. Ya hay gente que está yendo con su robot a hacer las compras. Siempre quisimos tener esclavos. El robot es un gran esclavo y no te da culpa”, sentenció.
La polémica se generó en torno a sus dichos por el uso desafortunado de la palabra esclavo. Es cierto, la esclavitud fue quizás el mayor genocidio de la historia de la humanidad, no es una palabra para usar gratuitamente. Pero el futuro que anticipa el empresario mediático no parece estar muy lejos de las profecías distópicas que planteó hasta aquí Black Mirror. La tecnología entró en un espiral de aceleración en que los cambios serán mucho más veloces de lo que la cultura moderna puede asimilar y series como la de Charlie Brooker son una buena medida para tener presente qué impacto puede generar el avance de la robótica en combinación con la IA. La velocidad con la que aprende la IA avanza a pasos agigantados, según estudios ya está logrando un coeficiente intelectual de 120 puntos, el equivalente al de los seres humanos más inteligentes. Una persona que supera el 130 de CI (en torno a un 2% de la población mundial) es superdotada, y a medida que siga creciendo, la IA podría llegar a los 1000, algo a lo que ninguna persona sobre la faz de la Tierra podría aspirar. También es cierto que según cómo son configuradas, las IA pueden ser programadas incluso para desarrollar algún tipo de sentimiento.

Teniendo en cuenta que su principal fuente de información proviene de la experiencia humana, la cual absorben a través de los contenidos que compartimos a través de nuestras redes sociales, documentos y plataformas. ¿Cuáles serán los sentimientos que podrían los robots aprender de nosotros? ¿Qué tipo de ejemplo de civilización le estamos dando a las máquinas para que formen su carácter y su ideal de sociedad? ¿Será que la ambición, la violencia, la codicia, la destrucción del medio ambiente, las guerras, no van dejando una huella? Si fueras un robot lo suficientemente inteligente como para buscar quién es el principal enemigo del planeta sobre la faz de la Tierra, ¿a quién le apuntarías? ¿Cuál es el principal virus en nuestro ecosistema global sino nosotros mismos contaminando y depredando todo? ¿Sería un error si una inteligencia robótica entendiera que el principal enemigo de la vida en nuestro planeta somos nosotros mismos, los seres humanos, sus propios creadores? La figura freudiana de “matar al padre” nunca estuvo mejor puesta si lo que buscaran es un cambio de paradigma.

Pero, ustedes dirán, ¿no se trataba este artículo de Black Mirror y su séptima temporada? Claro que sí, porque lo que destaco de la serie es su capacidad de hacernos pensar. No son malos los avances tecnológicos, ni el avance de la ciencia: el problema son los usos y fundamentos existenciales que le damos como sociedad. Internet es una herramienta poderosa para encontrarnos, para pensarnos, para acortar las distancias entre las distintas culturas. Pero su razón de ser no pasa por ahí, pasa por ver qué plataforma genera más fieles, vende más publicidades. En ese plan los algoritmos buscan generar apps cada vez más adictivas que sin piedad van sometiendo a la humanidad a convertirse en esclavos digitales de contenidos que les llenan la cabeza de frustraciones, ambiciones, odio y falta de empatía. Fake news, desinformación, confrontación como fórmula para monetizar ese sometimiento “voluntario” al que nos condenan las redes. Y una concentración cada vez más grande de poder en manos de personas que no desarrollan avances tecnológicos pensando en el bienestar de la humanidad, sino en la liquidez de sus exorbitantes cuentas bancarias. Tiranos digitales, los reyes sin corona de la tecnocracia reinante.

Repasemos entonces, la intención narrativa de cada uno de los siete capítulos de la nueva temporada. El primero, uno de los mejores, es “Common People”. Un matrimonio feliz cae en desgracia cuando un tumor cerebral pone en riesgo la vida de una maestra. Una empresa le ofrece un servicio en estado de experimentación que le podría salvar la vida, y ante la desesperación, el marido acepta. Pero como lo que le importa a la empresa es el negocio y no el bienestar de la paciente, el mismo dispositivo que había llegado para salvar su vida la termina condenando a convertirse en una publicidad ambulante, con un servicio cada vez más difícil de pagar que los lleva a la ruina. Luego está “Bête Noire”, donde una joven creativa en una empresa gastronómica se encuentra en el trabajo con una ex compañera, la nerd de la división, a la cual le había hecho bullying en sus días de escuela. El circuito del poder había cambiado, donde ella antes era la que dominaba el vínculo ahora era víctima de la persona que manejaba la tecnología. Una metáfora simple para revisar en manos de quién estamos dejando las riendas de la humanidad, personas llenas de rencor -con argumento válidos- pero sin la menor intención de reparar el daño sino de pagar con la misma moneda en plan de venganza.

En tercer lugar está “Hotel Reverie”, un guiño al cine clásico donde lo que se pone en cuestionamiento es la mirada intolerante que la sociedad tuvo con respecto a las disidencias sexuales. Un miedo que frente a los discursos de odio que operan en el presente toma relevancia. “Plaything” es el cuarto episodio, una vez más el eje está puesto en el peligroso alcance que puede tener la tecnología si no definimos con claridad cuáles son los objetivos que persigue y controlamos su expansión. Un crítico de videojuegos arrestado por hurto y asesinato, abre las puertas para que un -aparentemente inocente- juego de consola tome el poder de la sociedad sometiendo a la humanidad a cambiar su lógica de odio y violencia.

Luego está “Eulogy”, donde un hombre descubre sumergiéndose en antiguas fotografías, cómo fue que su antigua historia de amor cayó en desgracia. Aquí, la frase “nada cambia tanto como el pasado” toma una dimensión concreta y real. ¿Quién escribe la historia de este tiempo? Es la pregunta que se impone. ¿La historia es una sumatoria de miradas o es sólo la perspectiva de los que “ganan”, o mejor dicho, de quién maneja el poder. La tecnología, en este caso, es un ayuda memoria para que el protagonista pueda entender su propia vida y asumir que no todo lo malo que le pasó fue responsabilidad ajena. Finalmente, la serie cierra con una secuela de otra temporada con “USS Callister: Into Infinity”. Los antiguos tripulantes de la nave espacial, que son clones de sus versiones humanas originales, buscan la forma de liberarse de una realidad híbrida, entre lo real y lo digital, que habita en un videojuego manejado por un joven desarrollador que se volvió un tirano de sus propias criaturas. Todo gira en torno a un mismo argumento: el problema no es la tecnología, sino quién la domina, con qué fines, al servicio de qué intereses, y con quiénes como víctimas-clientes de su progreso. Lo importante en Black Mirror, es que nos ayuda a pensar. Y eso, en un tiempo de pensamientos ya digeridos, es un gran logro.



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