Ernest Hemingway escribió una vez: "El mundo es un buen lugar por el que vale la pena luchar". Estoy de acuerdo con la segunda parte.
La lluvia es constante. No intermitente, como en esos días donde algún rayo de sol traspasa los nubarrones raquíticos que dan tregua temporal a la precipitación.
Aquí la lluvia no cesa. Hoy no cesa.
Salgo a la calle, corroído por esta sensación tan cotidiana como el diluvio que ahora baña mi impermeable gris. Y me detengo en un detalle que ha estado ahí todo el tiempo, pero que algún sentimiento esquivo y engañoso no me ha dejado asimilar del todo: esta ciudad, además de caótica, es también gris. Es de un gris monótono que todo lo apaga. Alguien con su paleta de colores decidió mezclar los tonos exactos de un marrón pueril, un gris nocivo y un verde tuberculoso que se extiende por todos los recovecos de la urbe.
Tomo mi libreta de anotación y el tacto se me reciente ante la humedad de sus hojas. Busco un lápiz que juré haber guardado en algunos de los interminables bolsillos de aquel chubasquero. Nada. Tanteo en el bolsillo frontal de mi camisa, busco en los bolsillos mojados de mi pantalón. Ni una sola pista sobre dónde pudo ir a parar ese maldito lápiz negro.
Hoy es día de pistas, algo que no solo percibo ante la búsqueda de aquel carboncillo sino también ante la imagen que me estampa en el rostro lo que se avecina durante la jornada: cruzando la calle, y bajo la lluvia tornasolada, se encuentran los detectives Mills y Somerset. El primero, con un rostro intenso, parece guiñar un ojo en un intento por controlar el tic nervioso que atraviesa su entrecejo. El segundo, impávido ante el panorama, da media vuelta y comienza a dirigirse hacia el interior de un lugar presumiblemente escabroso. Esta especie de señal da claros indicios de un agotamiento, de un hastío ingobernable que ya no tiene parangón. El hombre está agotado, y siento una lúcida empatía por su situación.
Pero no hay tiempo para tanta meditación. Mills me toma rápido del brazo y me introduce, en un movimiento brusco, hacia una escalera que de entrada parece conducir a las profundidades del mismo infierno. Apenas puedo leer el nombre del lugar. La psicodelia de una música potente, la pintura abrasiva de aquellos muros, el hedor a axilas putrefactas; todo me causa demasiado impacto como para memorizar el cartel de neón puesto en la antesala.
Algunas personas se cruzan en nuestro camino. Los detectives intercambian ciertas palabras, pero no alcanzo a oír. En el centro de un pequeño pasillo la música es aún más estridente. Sujeto mi anotador con fuerza; aún no he podido escribir nada en él, y tampoco podría. Mi estómago está revuelto y no encontré el condenado lápiz negro.
Aquel pasillo se conecta de repente con varias habitaciones. Detrás de esas puertas es mejor no imaginar lo que sucede. Pero llegamos a la nuestra, a la puerta que nos convoca en este lugar aparentemente olvidado por Dios.
Está abierta y sobre la madera roñosa se lee “LUJURIA”. Una palabra escrita con sangre, la misma sangre que se derrama dentro de la habitación en la cama polvorienta, cruda. Sobre esa cama yace una prostituta, claramente asesinada de una forma cruel. Trato de apartar la mirada pero ahora ya no hay remedio. Mis pies se aferran a un suelo igual de podrido que todo el panorama. Observo a los forenses mientras los destellos de sus cámaras ciegan mi comprensión.
Mills me grita algo a corta distancia, pero estoy como en un embudo. Vuelve a vociferar con más fuerza y su voz ya no es un eco. Se acerca precipitadamente, exige que tome nota de la escena; me lo estampa en la cara. Somerset da un giro. También me observa, pero asumo que tiene algo más importante de qué ocuparse.
Cerca de la cama hay un hombre completamente trastornado, con el rostro desfigurado que no para de dar tumbos. Está maniatado a una silla, y sujeto a su cuerpo tiene un arnés cuya forma no logro determinar. Las sombras y las luces me marean, a punto estoy de caer en un bloqueo. Mi mente suplica por aquel bloqueo. Quiero salir de esta situación y volver a la superficie a buscar mi lápiz negro.
Pasan las horas y los detectives están devastados. No encuentran explicación ante este escenario dantesco. Solos en el cuarto de interrogatorios, observan a la nada sin poder descifrar quién se encuentra detrás de estos acontecimientos tan fieros.
Me encuentro en la sala contigua, tratando de volcar todo lo espeluznante en mi libreta; ahora con un bolígrafo que tomé de la oficina. Las letras parecen derrotadas, no son más que un puñado de tinta garabateada sobre hojas húmedas. No arrojan nada efectivo, no hay luz en estas letras. Dejo el bolígrafo a un lado y también me propongo a mirar la pared vacía. Afuera hay algunos ruidos, algún murmullo distorsionado. Observo la mesa despojada. Tengo la extraña sensación de que no debí levantarme esta mañana. El amargo despertar de la vida cotidiana me demuestra una vez más que el mundo carece de sentido. Por lo menos este mundo, tan áspero y destructivo.
Y vienen a mi cabeza algunas de las palabras que escuché de Somerset: “este tipo es metódico, y lo que es peor, paciente”. Resuelvo que me gustaría tener algunas de esas dos virtudes. A veces se es impaciente cuando el tiempo nos pisa los talones y nos devora con situaciones rutinarias. Estar aquí es una rutina devastadora. Pero estoy aprendiendo y vuelvo a tomar mi libreta y vuelvo a leer las miserables letras que anoté hace un rato. Un golpe seco y hosco abre la puerta, y me saca del ostracismo. Es Mills. Me dice que irán a beber un trago con Somerset, en una frase que disfraza de invitación absolutamente forzada. Dudo, tomo la libreta, intento decirle algo pero cuando caigo en la cuenta el ya no está. Lo veo irse por el pasillo, y veo también a Somerset, quien ha tomado su abrigo y su sombrero y observa la sala de jefatura desde una mirada repentinamente pasiva.
Los acompaño. Nadie habla demasiado. Los rostros de los detectives están apagados, hay en ellos una clara actitud reflexiva pero poco iluminada. Me pregunto como estará mi rostro, seguramente igual de extraño. O más apagado aún. Mi semana como aprendiz ha comenzado de la manera más cruenta. Pero supongo que el que se involucra en esto nunca sale ileso. Observo el rostro golpeado de Mills, el inquebrantable rostro de Somerset. Me llevo el vaso a la boca. El silencio solo es contenido por una suave melodía que suena en el bar.
Finalmente, Somerset se dispone a hablar y arroja la resolución del caso; tal vez la resolución de mi vida: la apatía es la solución. Y concuerdo, y observo a Mills. Y aquellas palabras siguen girando en mi cabeza durante muchos minutos. Estamos en un mundo apático. Nada nos importa más que resolver las cosas de manera inmediata sin ningún tipo de esfuerzo posterior. Todo es descartable, incluso nuestro compromiso con la verdad, nuestra conexión con la realidad.
Pasan algunos minutos más y el detective Mills se despide. Lanza una mirada menos intimidante que en los días previos. Me apresuro a confirmar que es la mirada de un niño al que pronto abandonarán. Somerset permanece en silencio, y a diferencia de Mills, su mirada es más recia; es la visión de un hombre que lo ha visto todo y que decide dar un paso al costado en beligerancia con el contexto que lo rodea.
Yo me quedo allí, pensativo mientras observo al detective Somerset recoger su sombrero y su chubasquero. No me dice nada. Su saludo impoluto sella la colaboración que hemos transitado en este día indescriptible. Se aleja y se adentra en la oscuridad de la calle.
La noche ha decantado. Me quedo un tiempo más sentado frente aquella barra. Los detectives no saben que a partir de mañana ya no iré a la oficina. Este mundo, tan particular, no entra en mis cabales. Y no puedo más que apartarme en busca de un mundo mejor. Será que yo tampoco puedo vivir en este lugar donde se cultiva y se abraza la apatía como una virtud. Prefiero irme a un lugar donde valga la pena esa lucha, o alguna lucha.
Y ojalá que los detectives atrapen pronto a su hombre. De esa manera me encontraré aunque sea un poco más satisfecho.




¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.