El monstruo está entre nosotros: ‘The Host’ y los hijos del miedo 

La primera vez que vi The Host no sabía bien con qué me iba a encontrar. No había visto casi nada de cine coreano y la conseguí en un disco trucho, comprado en un viejo puesto de revistas que hoy ya no existe (ahora es un café de autor que vende flat white al paso). La compré más por curiosidad que por convicción. Imaginaba algo parecido a un Godzilla del siglo XXI: un monstruo digital, mucho efecto especial y secuencias de acción.

Pero lo que encontré fue mucho más incómodo. Una parábola política disfrazada de película de terror, una sátira encubierta en una tragedia, una fábula sobre la familia —y sobre el miedo— que, sin saberlo, fue mi puerta de entrada al cine de Bong Joon-ho. Desde entonces no dejé de seguirlo.

Porque el cine, cuando es honesto, no necesita que uno esté listo. Y The Host no espera que lo estés.

El río como herida abierta

Estrenada en 2006, dirigida por Bong Joon-ho (que años más tarde seria el rey de Los Ángeles con su Oscar por Parasite), The Host parte de un hecho real: la contaminación del químico agente naranja en bases militares estadounidenses en Corea del Sur. Bong toma esa historia como punto de partida para crear una película que no se conforma con denunciar: cuestiona, molesta y utiliza el mix de géneros para desarrollar su idea.

El argumento, en apariencia simple, es el siguiente: una criatura mutante emerge del río Han y secuestra a una niña. Su familia, desorganizada, torpe y emocionalmente fracturada, intentará rescatarla mientras el gobierno (local y extranjero) responde con protocolos absurdos, mentiras mediáticas y represión. El monstruo asesina, sí. Pero también lo hacen el miedo, la burocracia, la negligencia institucional. Bong construye un triángulo de horror entre la criatura, el Estado y los medios, donde nadie es inocente.

Bong Joon-ho: entre la risa y la rabia

Uno de los logros más notables de Bong es su capacidad para mezclar tonos sin perder el control. The Host pasa del drama familiar al cine de aventuras en segundos. Los personajes lloran de forma ridícula, discuten en medio del caos, se caen, se pelean, se reconcilian. Y sin embargo, nunca se siente impostado. Porque la vida es así: absurda incluso en la tragedia.

La criatura está diseñada como un Kaiju japones. No parece salida de una superproducción hollywoodense, sino de una pesadilla biológica plausible. Su aparición es rápida, brutal, pública. No se oculta, no se revela lentamente como en Alien. Está ahí desde el principio, al sol, en un parque, en plena tarde. El terror es inmediato, visible, compartido. Y, a partir de ese momento, lo que queda es el eco del ataque: el pánico social.

La familia protagonista es uno de los mayores aciertos de la película. Nada de héroes perfectos: están rotos, distraídos, torpes. El padre, Gang-du, es casi un inútil; la hermana práctica tiro al arco pero sufre bloqueos mentales; el hermano es un intelectual fracasado. Y sin embargo, entre todos construyen algo parecido a la resistencia.

El miedo como ideología

Aquí es donde la película deja de ser solo una gran historia de monstruos y se convierte en una advertencia. Porque The Host no habla de una criatura: habla de cómo las sociedades reaccionan ante el miedo. Y ahí, la figura del Estado se vuelve central.

Desde el momento en que ocurre el ataque, el gobierno comienza a construir un relato paralelo. Declara una supuesta epidemia. Aíslan a los afectados. Mienten. Manipulan. Utilizan el pánico para justificar medidas extremas. Y si todo esto te suena conocido, es porque lo es.

El miedo, cuando se institucionaliza, se convierte en herramienta de control. Es más fácil gobernar a una sociedad asustada. Es más sencillo instalar discursos autoritarios cuando hay un “otro” al que culpar: el infectado, el extranjero, el monstruo.

Y ese es uno de los hilos que conecta The Host con el ascenso actual de la extrema derecha en el mundo. Porque esa ideología no crece en el vacío: crece donde hay incertidumbre, desempleo, crisis habitacional, inseguridad. Crece donde alguien (un líder, un partido, un influencer) logra nombrar al enemigo. Y muchas veces, ese enemigo es tan fantasmal como la criatura del río.

De Corea al mundo: el eco del discurso autoritario

En Corea del Sur, la relación con Estados Unidos es tensa. Bong lo muestra con sarcasmo feroz: los estadounidenses aparecen como ignorantes, arrogantes, incapaces de asumir responsabilidad. En una escena clave, un médico estadounidense opera sin saber lo que hace y termina matando a un paciente. Es un retrato mordaz de la intervención extranjera disfrazada de ayuda.

Pero no hace falta irse tan lejos. En Estados Unidos, el discurso antiinmigrante, el miedo al “otro” y la glorificación del orden por sobre los derechos se ha convertido en moneda corriente. En Europa, los partidos ultra conservadores capitalizan cada crisis para ofrecer soluciones simples a problemas complejos. En América Latina, discursos mesiánicos que prometen “mano dura” ganan elecciones en base a un enemigo difuso: la inseguridad, la pobreza, la “casta”.

Lo mismo hace el gobierno en The Host: nombra una amenaza, exagera sus consecuencias, instala la paranoia. Y en medio del caos, castiga a los que se desvían de la narrativa oficial.

La criatura verdadera

Entonces, ¿quién es el verdadero monstruo? ¿El mutante del río? ¿El virus inventado? ¿El Estado represor? ¿O es, como sugiere Bong, algo más profundo: ¿el miedo como cultura?

The Host no ofrece una moraleja clara. No hay redención total, ni victoria épica. Hay pérdida. Hay dolor. Hay una resistencia pequeña, casi insignificante, pero terca. Como esa familia disfuncional que, a su manera, resiste. Como tantos de nosotros.

El cine de Bong Joon-ho es político no porque quiera aleccionar, sino porque observa. Y lo que observa en The Host es un mundo donde las estructuras de poder son tan peligrosas como cualquier monstruo digital. Un mundo donde el caos se aprovecha para instalar el orden por la fuerza. Y donde la única defensa real está en el afecto, en la comunidad, en no creer todo lo que nos dicen.

Final con eco

Terminé de escribir esta crítica con noticias de “último momento” bombardeando las pantallas de la tv: la muerte del Papa, amenazas, discursos de odio, guerra arancelaria. Y pensé, de nuevo, en esa criatura arrastrando cuerpos por el río. En la cara de terror de Gang-du. En los gases, en los trajes de aislamiento, en los gritos apagados por altavoces.

The Host tiene casi veinte años, pero sigue hablando. Porque los monstruos cambian de forma, pero nunca se van del todo.

Y como dice un personaje de la película:
“Si no podés confiar en nadie, al menos confiá en tu dolor.”

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