Hay una tarea que se dificulta cada vez más y es la de elegir tus películas favoritas. Y no sólo por elegir los títulos sino decidir cuántas son, si es que se puede tener un número finito de films que más nos gusten pero, ¿cómo definimos ante nosotros mismos cuáles son? ¿Cuál es el parámetro para seleccionarlas?. Es que a lo largo de mi vida existió una cuestión que, por miedo al que dirán, intentaba decir alguna cinta extravagante solamente para aparentar de más pero ¿ante quién y por qué?. Probablemente ante un esnobismo absurdo que ha juzgado constantemente a las personas por declarar sus gustos y es un error fatal caer ante estos individuos: tu película favorita es la que te gusta y punto, por algo es. A mí me gusta asociarlas directamente a recuerdos gratos o sentimientos y para no extenderme demasiado, elegí cinco cintas para que me conozcan mejor. Por supuesto, quiero que ustedes me digan cuáles (o cuál) son las suyas.
Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976)
Puede asegurar casi con certeza absoluta que no estaría donde estoy hoy si no hubiese visto “Taxi Driver” en mi adolescencia. El cine en general fue siempre algo muy presente en mi familia, es una realidad: cada vez que la economía lo permitía, íbamos al cine, alquilábamos una película en el videoclub de barrio o nos enganchábamos con lo que pasaba en los canales de televisión. Fue una actividad que estuvo presente durante toda mi infancia y entrando a mi adolescencia, ya con una computadora y acceso a internet, como cualquier ser humano en esa edad y momento comencé a descargar cosas piratas con el mítico Ares.
Allí encontré de casualidad y por curiosidad, una película de 1976 y me llamó la atención casi al instante ver a un joven escuálido con una cresta con estilo muy punk. Ese joven era Robert De Niro, ese film era “Taxi Driver” de Martin Scorsese, una obra maestra del séptimo arte. Pero por supuesto, a mis 15 años no sabía quién era Scorsese, qué significaba ser una “obra maestra” y mucho menos que De Niro había hecho otra cosa que no sea comedia, pero esa curiosidad pudo más que todos mi prejuicios y la miré en la peor calidad que existe en un monitor de tubo de calidad dudosa: aún así, con todo en contra, algo se activó dentro de mí. Siempre digo que después de ese visionado, mi mente no fue la misma. No fue la misma forma de ver películas, porque venía de un cine completamente convencional y comercial, pero esa joya (y para mí en ese momento, una rareza), me hizo entender que había algo gigante detrás de toda esa pasión.
Desde esa vez a los 15 años y ahora a mis 31, con cientos de pelis en el medio, intento ver al menos una vez al año la cinta que me cambió la vida, la que abrió una pasión inigualable en mi vida y que crece día a día un poco más. Gracias a Martin Scorsese, hoy puedo dedicarme a trabajar de lo que más me gusta y puedo entender que el cine es la pasión que nos mueve a todos.
Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore, 1988)
Hablando de pasión hacia el séptimo arte y de una llama prendida hace muchos años, ese sentimiento muchas veces no tuvo explicación. O sea, ver una película que te llene el alma y corazón (sea el género que sea), y sorprenderse con ella es muy difícil de poner a veces en palabras o imágenes, pero alguien lo hizo por todos nosotros: ese alguien es el director italiano Giuseppe Tornatore con su bellísima, inolvidable y emotiva “Cinema Paradiso” la que para mí, y con todo respeto a “Hugo” o “The Fabelmans”, es la verdadera carta de amor al cine.
Y la amo por dos motivos principales: por un lado porque demuestra cómo una sala de cine es el recinto para todos, sin importar clase social, edad o sexo. El mundo cinematográfico es el arte más popular del mundo y eso conlleva a que todos nos unamos de alguna manera y siempre sentí que las películas tienen ese poder mágico de poner de acuerdo a masas enteras de personas. Por otro lado, mi otro motivo es que “Cinema Paradiso” muestra como las películas están durante toda tu vida, desde que sos un niño y ves una pantalla gigante y te sorprendes, cuando sos adolescente y te enamorás o en la adultez o vejez, siempre está ahí, nunca te abandonará. Estará en tus recuerdos hasta el día que mueras y es, para mí, una de las sensaciones más bellas que un ser humano puede experimentar.
París, Texas (Wim Wenders, 1984)
Pero no todo es color de rosa en la vida: muchos nos hemos sentido desencontrados con nuestros propios presentes. Con miedos que nos paralizan o desmotivan y hasta nos hemos sentido hartos de ver películas. En mi caso, muchas veces me replanteaba lo que estaba haciendo con la crítica cinematográfica o la creación de contenido de películas, pero en muchos casos aparecía un film que me recordaba el por qué estaba ahí, que reanimaba esa llama de pasión y me hacía entender todo de nuevo: la que más fuerte me resonó en una de esas veces de odio fue “París, Texas” del querido Wim Wenders.
Y es que llegó casi como si estuviese planeado; me refiero a que tenía esta cinta en mi lista hacía muchísimos años pero por alguna u otra razón jamás le di play. Es como si el tiempo fuese tan sabio que no me dio la orden de verla hasta que llegue ese momento crítico y cuando lo hice, por favor, qué placer disfrutarla en mi ¿adultez? y entenderla de una manera tan madura. Aún me resuenan los diálogos tan punzantes, la relación padre-hijo que se desarrolla y el amor/abandono de una pareja, para luego del visionado sentir un vacío enorme y quedar completamente seco. Pero no seco de llorar, sino de esa sensación de soledad absoluta que sólo un maestro como Wenders puede retratar con tanta magia.
“París, Texas” llegó para salvarme de ese pozo de incertidumbre y se convirtió instantáneamente en una de mis favoritas de toda mi vida y la veo cada vez que intento autorescatarme de esos momentos tan difíciles.
Medianeras (Gustavo Taretto, 2011)
Y así cómo muchas veces me he sentido perdido o desencontrado con muchos aspectos de mi vida, el cine argentino fue el foco de un malestar por mucho tiempo. Nunca fui un gran fanático o defensor de lo nacional, y mucho menos un gran consumidor de él, renegando un poco de su calidad. No me avergüenza el admitirlo porque desde punto tan bajo surgió un amor inconmensurable por algo que no me agradaba y fue, cuándo no, gracias a una película: “Medianeras” llegó no sólo para hacerme apreciar el cine nacional sino también enamorarme mucho más de mi propio país.
La obra de Taretto es, en base, una romcom tan bien construida que la historia en si misma me parece bellísima, creando momentos y diálogos espectaculares. Pero también es un ensayo de la capital y la historia que esconden sus edificios o rincones tan particulares y hermosos, y una explicación de cómo funcionan las cosas allí. Estos dos aspectos se funden al hablar de la opresión de vivir en una gran ciudad y la soledad que uno puede llegar a sentir en un pequeño departamento y cómo una pequeña ventana puede traer mucho más que sólo luz. “Medianeras” es sin lugar a dudas, mi peli argentina favorita y una de las historias más hermosas que me ha tocado ver.
Harry Potter y la Piedra Filosofal (Chris Columbus, 2001)
En el último lugar pero no menos importante podría decir cualquier película de mi enorme lista de favoritas pero por todo lo explicado anteriormente, me quedaré con la que mejores recuerdos me trae y esa es la primera entrega de la saga de Harry Potter. ¿Por qué? Porque fue el primer VHS que tuve en mis manos gracias a mis padres, el cuál gasté al mirarlo cientos de veces junto a mi hermano y esos recuerdos quedarán en mi cabeza durante toda mi vida.
Luego de la primera película, todos fuimos grandes fanáticos de la saga completa y Harry Potter se convirtió en un gran símbolo para todos (ya habíamos leído los libros también), y ahí está el punto: no se trata si es buena o mala, ni siquiera podría analizarla objetivamente. Esta cinta es, para mí, una de las mejores cosas que me ha pasado en la vida y no habrá obra maestra que la supere.
Agustín López | Periodista | Crítico | Creador de contenido
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