Cuando sabes que los sueños no duran demasiado, quieres hacerlo todo, y todo bien; si despiertas dentro de una película. 

Cuando regresaba de librar una batalla en el trabajo y me dolía mucho la cabeza, me senté en la silla frente a mi computadora y cerré mis ojos por un momento. Al abrirlos, no sé por qué razón, me parecía que mi casa se había convertido en el escenario de una película familiar en la que, al parecer, pasa de todo un poco.

Me levanté del asiento apresuradamente, con una especie de ansiedad causada por tanto trabajo, y buscaba alguna tarea por hacer como si se tratase de vida o muerte. Estaba realmente desesperado por encontrar eso que debía hacer, eso que en realidad no existía, pero que horas y horas de empleo sofocante me habían hecho creer que hacía falta todavía.

Muy velozmente, sacudí la cabeza de un lado a otro, tratando de despertar, porque estaba seguro de que estaba fuera de la realidad; pero esto fue en vano, pues, inmediatamente, y como si empezara la función, entró en escena quién me haría bajar los hombros y respirar de alivio. Mi hija, de 1 año, se arrastraba felizmente hacia mí, porque después de 12 meses no caminaba todavía, pero decía muchas palabras. Ella, con un rostro muy sonriente, y con una felicidad que solo las arruguitas de su cara pueden describir, depositó en mí un alivio inconmensurable cuando, luego de 10 segundos, cambió su rostro, como adaptándose a algún guion, para decir con voz de ballena bebé: ¡Papaaaá!

Tuve una conversación muy larga y amena con ella, en la que yo le daba consejos, y realmente parecía entenderme. Estaba seguro de que me respondía, aunque no lograba entenderla, y ella tal vez pensaba que yo la entendía, porque, aunque le decía disparates, continuaba con la conversación como toda una diplomática. Pero, de vez en cuando, se reía, con una expresión que sí podía descifrar con claridad, que decía: -Qué tontos somos papi-.

Después de mucho tiempo discutiendo de tantas teorías y caramelos, entró en escena la actriz principal; la mujer que cambió mi vida para siempre, mi esposa. Se reía de lo que conversaba con mi bebé, pero, logré perdonarla en ese mismo instante, puesto que ella no habla bebeñol. Me dio un beso en la mejilla y se sentó a mi lado para conversar sobre asuntos importantes. Nuestros planes de construir, nuestro tiempo juntos en casa, la crianza de la bebé y nuestro viaje en familia a una isla paradisiaca.

Teníamos muchos planes, y tomó horas planificar, sobre todo, porque mi empleo me limitaba de muchas cosas. Nunca tenía tiempo, siempre estaba desesperado por terminar una tarea, incluso fuera de mi horario de trabajo, y esto parecía que nunca acababa a pesar de obligarme a creer que con buena organización todo se arreglaría; lo que en realidad era falso y entristecedor.

A pesar de todo, optimista, y digno de quien está enterado de que está en un sueño pasajero, en el que, si se lo propone, puede encontrar la forma de volar, acepté toda la agenda con alegría. Preparamos horarios, responsabilidades, identificamos nuestras prioridades y cosas para corregir, como malos hábitos, aptitudes y formas de actuar que nos perjudicaran. También planificamos el viaje, con un plan de ahorros especial y un presupuesto alcanzable; e incluso nos animamos a invitar a nuestros amigos más cercanos para que nos acompañaran.

Todo iba hermoso, de verdad sentía que podía volar en cualquier momento; esta vez no era unos de esos sueños en los que no puedes correr, ni hablar, ni moverte. Era realmente hermoso el sentimiento de planificar con mi esposa, la mujer en incluso en mis sueños puede ayudarme a sentirme pleno. Y así fue. Como si el tiempo pasara volando, ansioso también por nuestra agenda, en un instante estaba trabajando menos, y compartiendo más con mi familia. De repente, aparecí en una casa nueva, construida y hermosa, justo como la queríamos, donde nuestra hija creciera cómodamente, y en otro instante, estaba en la plata de aquella isla a la que mi esposa quería volver a ir, pues desde nuestra luna de miel, no habíamos pisado nada que no fuese nuestros trabajos, la casa, o los mismos jugares de siempre de la ciudad.

Aparecí nuevamente en casa, satisfecho, con mi esposa, mi hija y otra hija en brazos, pues la familia tiene que crecer. En ese momento, pensé en mi trabajo, en volver a la rutina, pues había perdido algo de prestigio por no ser el mejor y más comprometido empleado; pero no volví a hacer esas tonterías, ni a cambiar a mi familia para poner en su lugar reconocimientos inútiles de quienes no piensan en mí ni en los míos. Tan solo disfruté todo, aprovechando mis ojos cerrados a la realidad de muchos.

Me senté en la silla de la computadora para empezar otro día, sentí un dolor de cabeza en ese momento, cerré los ojos y, cuando desperté, estaba en una película de ficción en la que era el protagonista, y debía librarme de ratas mutantes que controlaban el mundo para su bien a costo de la vida de cualquier persona. Después de librarme a mí, a mi familia y a la raza humana en el sueño, desperté. Feliz de ver a mi esposa y mis hijas, y listo para planificar otro año de sueños para cumplir en familia.

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