Dentro de las numerosas ocasiones en las cuales la gran pantalla dio cabida al legendario personaje de aquel mago bretón de la temprana Edad Media, hemos escogido aquella que en 1998 interpretó Sam Neil, debido no solo a su excelente desempeño actoral, sino también a la gran flexibilidad que le supo imprimir a su personaje. En efecto, este “Merlín” no solo se nos presenta como un hechicero todopoderoso, sino también como un ser humano vulnerable en varias ocasiones, y especialmente en las escenas finales de esta serie, cuando todo su mundo cultural pagano es paulatinamente reemplazado por una nueva religión: el Cristianismo.
Dicho esto, es inevitable comparar a esta versión de Merlín con el otro mago mas famoso del cine, Gandalf, personificado en la trilogía de “El Señor de los Anillos” por Ian Mc-Kellen. Este último también exhibe sus puntos más débiles, casi humanos si se quiera, pero no al final sino al principio de su periplo, concretamente hasta que el inesperadamente exitoso combate con el demonio ancestral “Balrog” en los abismos de Moria lo convierte en una forma mas poderosa de hechicero, algo remarcado por su cambio de color, del discreto gris a un resplandeciente blanco. Esto le permite a Gandalf ponerse a la altura de su antiguo superior, el traidor Saruman, con quien ajusta las cuentas pendientes al final de “Las Dos Torres” y el comienzo de “El Retorno del Rey”.




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