Designios de mandato entre cortezas que pregonan una leyenda  

The Devil´s Bath está encubierta en un gran antecedente de la cinefilia nacional. En los años en los que BAFICI, nos tenía acostumbrados a una curaduría de alto vuelo, Ulrich Seidl (productor también de Moon que recientemente formó parte de la Competencia Internacional del festival), estuvo presente en sus grillas con películas como Import/Export (2007), o la trilogía Paraíso: Amor (2012), Paraíso: Fe (2012), Paraíso: Esperanza (2013). El gran cerebro detrás del film de Veronika Franz (co-guionista de Import/Export) y Severin Fiala, es un experto del tono en tanto a lo descarnado y a lo desagradable, que incursiona en el cine de género en una mentada producción que obtuvo un Oso de Plata a la Contribución artística sobresaliente, en el Festival de Cine de Berlín, y el premio a la Mejor Película en SITGES.

La presentada en el 25º Buenos Aires Rojo Sangre y pocos días después en la apertura de la Semana de Cine de Sitges en Argentina, es el mejor regreso a The Witch (2015), de Robert Eggers. Y no es el único. En el último BARS se presentaron tres Folk Horror que se contextualizan en la vida rural: The Severed Sun (2024) de Dean Puckett, y An Taibhse (The Ghost) de John Farelly, además de la aquí aludida.

En una descollante interpretación de Agnes, Anja Plaschg es la protagonista de esta historia que transcurre en la Austria rural del siglo XVIII, en un pequeño pueblo rodeado de inmensos árboles. La dupla de directores que hizo su debut con Goodnight Mommy (2014), otorga desde su ópera prima, bastas muestras sobre la incursión en turbias atmósferas que se instalan en una llamativa sensación de rareza. Y la ocasión para demostrar el estilo es inmejorable: una historia real sobre el sometimiento religioso. Como suicidarse era un pecado que dirigía a las mujeres al infierno, muchas de ellas decidían matar bebes, para ser ejecutadas públicamente y así evitar los designios del mandato.

La perversidad como principal herencia de Seidl, es el tono impreso de una narración precisa que se afianza con firmeza al empoderamiento de su universo. Los profundos bosques en los que se desarrolla la historia de Agnes y Wolf, la relación que ellos tienen con la madre de Wolf, y con la comunidad religiosa anterior a la Guerra de los Siete Años, un conflicto que se inició con la invasión de Sajonia por parte de Prusia en 1756, la humilde posada que consigue Wolf en pos de allí concebir una familia; son diseños que conforman el supracontexto perfecto, para llevar adelante una película ideal. La alianza de talentos halla su momento, y el hecho fáctico se vuelve especial, en un exclusivo conflicto que implica a mujeres, y que está basado en circunstancias reales, de ese tiempo y espacio tan puntual y presto a esa “real” escenificación.

El film de terror que pareciera no serlo, lo es porque cuenta algo turbio y terrorífico que no persigue los parámetros comúnmente establecidos. El terror se imprime en la prosa y en los detalles de lo despiadado que desde la misma se sugieren. Eso que se invita, también es parte de las acciones que incluyen decapitaciones o despellejamientos de animales, y del resto y el monumento del acto público, en el que yace la cabeza, de la decapitada en su sentencia de muerte.

El propósito injusto que sobrevuela el destino de Agnes, es el que desata esta descomunal historia de personajes. El aceleramiento de la descomposición de la psicología de la protagonista, en esa desencadenada caída hacia el infortunio, presenta a una referencia de la trama principal, con el mismo destino trágico de un sucedáneo en el cine moderno. Esa distinción en lo que se cuenta, que convierte a la obra en una desafiante a la norma, es apreciada por jurados de festivales prestigiosos como Berlín y Sitges, porque dentro de todo ello, Anja Plasch cumple un rol esencial, tanto en la apertura de la película, como en su tormentoso descenso.

En una lección de arte dramático, la actriz principal se apropia de todas las herramientas de la comunicación, al recorrer los signos cinéticos (que pueden ser de exageración, atenuación o neutralización), signos lingüísticos y paralingüísticos, con la certeza de estar circunscripta en esa alternativa temporalidad espacial, escondida en los recónditos y supremos bosques, albergada en ese inexplorado lugar del período. La demostración de talento de Plasch, es un elemento que engrosa las perspectivas de la producción. La mímesis durante la exageración o la atenuación, e incluso en el enmascaramiento, pero sobre todo en la gestualidad al informar el estado mental de Agnes.

La ganadora del premio a la Mejor Película del último Festival de Sitges, no solo formó parte de la competencia principal del Festival de Berlín, sino que además fue preseleccionada para los premios Oscar por su país.

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