Alicia en el país de las maravillas 

Muchas veces pensé ¿por qué aquí? y no en otro lugar. ¿Y si estuviera en otro lugar me volvería hacer esa pregunta?

Me encuentro en una vida que quiero olvidar, siempre he tenido este deseo de despertar de este lugar, no porque sea una pesadilla en donde me persiguen unos gusanos blancos en donde lo único que quieren de mí es estar moviéndose por todo mi cuerpo y alimentarse de mi horror. No es eso por lo que quiero despertar de aquí, solo siento que aquí, donde me encuentro, no puedo ser libre y lo peor es que no puedo ver la jaula. Es invisible ante mis ojos. Estos eran mis pensamientos mientras caminaba por un bosque. No sé, tal vez tenía la esperanza de que las hojas de los árboles escucharan lo que no podía decir.

En fin, no importaba lo que pensara, las cosas nunca cambiarán; eso pensé.

Mientras caminaba, sentía algo raro a mi alrededor, es como si viera el bosque con otros ojos, de una forma diferente. Me detuve en un punto porque vi algo familiar y desconocido al mismo tiempo. Era el bosque. Su forma tan peculiar del espacio entre los árboles me hacía sentir que estaba en un laberinto de espejos. Era hermoso, no lo podía negar, pero me causaba un poco de curiosidad y miedo saber qué pasaría si me iba por ese camino.

Tiré una moneda que tenía en mi bolsillo derecho y decidí lanzarla. Cuando mi mano atrapó la moneda, no mostró su resultado. Solo guardé la moneda en su lugar. Sabía qué decisión tomar al momento de notar cuál quería que fuera el resultado de la moneda. Así que caminé por esos árboles.

No sé cuánto tiempo llevo caminando, pero lo que más me sorprende es el silencio entre estos árboles. Lo único que escucho son mis pasos y respiración.

Aún sigo caminando y el sol no ha cambiado de posición. Es como si el tiempo no existiera aquí. Hasta que noto algo raro: es un charco. Me voy acercando y noto que es un reflejo peculiar, es como un espejo líquido que confundí con un charco normal.

Noto mi reflejo, y así confirmo que soy yo. Lo siguiente que hago es acercar mi mano al espejo líquido. Lo que me sorprende es que no siento nada, es como si tocara el aire. Sigo bajando mi mano para tocar el fondo, pero no lo logro. Incluso meto mi pierna y sigo sin tocar el fondo. En el espejo líquido solo puedo ver mi reflejo, no puedo notar nada dentro de él.

Mi curiosidad me gana, así que acerco mi rostro al espejo líquido. Por instinto cierro los ojos y aguanto la respiración, pero después de unos tres segundos noto que no estoy en agua, así que abro mis ojos.

Todo pasó tan rápido. Fui arrastrada hacia el vacío. Sentía una gran presión en mi cabeza y veía flashes de luces a mi alrededor, de todos los colores. Trataba de gritar, pero no salía ningún sonido. Solo esperaba el golpe de cuando llegara al fondo de todo esto, pero no sucedió… no mientras estuve consciente. Aún seguía cayendo.

Es de noche, no sé dónde estoy, solo sé que me encuentro en el suelo y estoy cerca de un lago. La vista es hermosa. En el cielo puedo ver la luna, pero en este caso es de color púrpura, y las estrellas lejanas bailan al compás de una melodía que escucho silenciosamente.

Trato de descubrir de dónde proviene la melodía, pero cuando creo saber dónde está, la melodía me confunde y voy a ese nuevo lugar donde creo que está. Pero la melodía se mueve, mi mente aún no entiende de dónde proviene.

Solo después de unos intentos de tratar de descubrir su origen, me doy cuenta de que la melodía es el viento. No puedo ver al compositor, solo puedo escucharlo mientras miro a las estrellas bailando según el ritmo.

El ritmo es creativo e ingenioso, es como si te invitara a ser libre como el viento.

Decidí ir a buscar a alguien y poder saber dónde estoy. Mientras voy caminando, descubro que debo de estar en otro planeta o que definitivamente estoy loco.

No me cuestiono si estoy en un sueño, ya que me pellizco y trato de aguantar la respiración, y solo pude por 30 segundos, así que, según estas pruebas, no estoy soñando.

Pienso esto mientras veo a un conejo con un traje y un reloj en su mano. El conejo está enfocado en hacer que el reloj funcione —o mejor dicho, que no funcione— por cómo lo golpea con una roca. Después de darle unos buenos golpes, queda satisfecho con su trabajo y sonríe.

Sé que debería acercarme al conejo y preguntarle dónde estoy, porque es obvio que todos sabemos que un conejo no habla, y menos si usa traje.

Mientras si decido en acercarme o no, el conejo nota mi presencia y se acerca apresurado y me dice:

—¿Qué haces aquí? Se supone que debes estar despierta afuera.

—¿Me conoces? —dije yo sorprendida.

—Claro que te conozco, ahora dime, ¿por qué estás aquí?

—No lo sé, estaba caminando por medio de un bosque y me encontré con un charco, pero era más bien un espejo líquido, aunque no era de agua sino de aire... en fin, no entiendo qué pasó. La curiosidad me ganó y metí mi cabeza en el espejo líquido para ver qué había abajo, y solo recuerdo caer por millones de colores a mi alrededor y terminar en este lugar... y estar hablando con un conejo de traje.

—Todos tenemos algo de locura —dice él.

—¿Qué quisiste decir con eso de estar despierta afuera? —pregunto, confundida.

—Pues que ahora estás despierta adentro —responde el conejo.

—¿Adentro? ¿Adentro de qué?

—Pues de ti, ¿de quién más sería?

El conejo mira su reloj y exclama alarmado:

—¡Madre mía, voy tarde, muy tarde! ¡Adiós, adiós!

—¡Espera! —grito— ¿Qué hago? ¿Cómo puedo salir de aquí?

El conejo se da vuelta rápidamente y me lanza una mirada fugaz antes de continuar su carrera hacia un sendero que se pierde en la niebla. "No saldrás de aquí si no entiendes lo que estás buscando", me grita mientras se aleja.

Sigo observándolo mientras desaparece entre las sombras de los árboles, y algo dentro de mí se revuelca. ¿Qué quería decir con eso de que estoy "adentro de mí"? ¿No estaba yo simplemente en otro lugar, un lugar extraño y distante de mi vida habitual? El aire parece más espeso ahora, como si las palabras del conejo estuvieran aún flotando en mi mente, pidiendo ser comprendidas.

Decido seguirlo. La curiosidad, mi eterna compañera, me empuja hacia ese sendero oscuro. Mi cuerpo se siente liviano, como si el suelo que piso no tuviera peso. Cada paso que doy parece deshacer un poco más las preguntas que aún me atormentan, pero al mismo tiempo las incrementa.

Las estrellas se mueven de una manera extraña, quizás para mostrarme el camino, tal vez para confundirme más. En el horizonte, una luz tenue se alza como si me estuviera llamando. Algo dentro de mí me dice que allá encontraré las respuestas. La melodía que antes creí que venía del viento ahora me parece más concreta, como si la estuviera tocando alguien, o quizás algo, en lo más profundo de este lugar.

Al llegar a la luz, me doy cuenta de que no es solo una luz, sino una puerta. Es enorme, de un material iridiscente que refleja todos los colores del arcoíris. Mi corazón late más rápido, y una pregunta me atraviesa la mente: ¿Estoy lista para entrar?

Justo cuando estoy a punto de tocar la puerta, escucho una voz suave, pero clara:

—Tienes que comprender primero lo que realmente buscas antes de cruzar este umbral.

Me doy vuelta, y ante mí aparece una figura, tan etérea como el viento pero con una presencia imponente. Es difícil describirlo, pero su mirada parece saber todas mis dudas, todos mis miedos, y aún así no parece juzgarme.

—¿Quién eres? —pregunto, con la voz quebrada.

—Soy el eco de tus preguntas, la respuesta que has estado buscando sin saberlo. Solo tú puedes decidir si cruzar o regresar.

Mi mente se llena de preguntas, pero las palabras se me escapan. No sé si debo avanzar, si debo comprender más antes de seguir. Pero algo en mí sabe que el único camino hacia la libertad es enfrentar este momento, y decidir quién quiero ser, más allá de las respuestas.

La puerta resplandece ante mí.

La figura etérea frente a mí se desvanece lentamente, como si nunca hubiera estado allí, dejando tras de sí un aire de incertidumbre. El resplandor de la puerta brilla con más fuerza, y no puedo evitar sentir una mezcla de miedo y emoción. Decido cruzarla.

Al instante, una ráfaga de aire frío me envuelve, y cuando mis pies tocan el suelo del otro lado, todo cambia. Estoy de pie en un campo de flores gigantescas que parecen murmurar entre ellas. A lo lejos, escucho risas y gritos, y al mirar hacia el horizonte, veo una figura conocida.

Es el Conejo de Tiempo, aquel que antes había intentado explicarme que estaba "adentro". Está parado sobre una piedra, mirando su reloj de bolsillo con desesperación. Viste un chaleco de terciopelo rojo, con una corbata blanca impecable y una cadena dorada que cuelga de su pecho. Parece que no se da cuenta de mi presencia, ya que está demasiado enfocado en su reloj.

—¡Conejo! —grito, avanzando hacia él.

Al escuchar mi voz, el Conejo levanta la cabeza, y sus ojos, grandes y desorbitados, se posan en mí. Da un pequeño salto hacia atrás, asustado, pero luego sonríe.

—¡Ah, tú! Pensé que te habías quedado atrás. ¡Qué bien que has llegado! —dice, con una voz apurada pero llena de entusiasmo—. Debes ir rápido, muy rápido, o perderás la próxima reunión.

—¿Reunión? —pregunto, sin comprender.

—¡Sí, claro! ¡La reunión del Sombrerero Loco, por supuesto! —dice, agitando una mano como si fuera lo más obvio del mundo—. ¡Vamos, vamos, que estamos retrasados! No tenemos tiempo para perder.

Antes de que pueda hacer otra pregunta, el Conejo se da vuelta y empieza a correr. No tengo más opción que seguirlo.

Corro detrás de él, atravesando el campo de flores, hasta llegar a una pequeña cabaña construida de cartas de juego. Al frente, una gran mesa está puesta para un té, pero está completamente desordenada. El Sombrerero Loco está sentado en una de las sillas, lanzando tazas de té al aire con una sonrisa traviesa en su rostro.

—¡Ah, ya llegó la invitada! —exclama el Sombrerero, levantándose con una rapidez que desafía las leyes de la física—. Ven, ven, siéntate. No tenemos mucho tiempo antes de que todo se convierta en un caos aún mayor. Aquí todos están locos, pero lo divertido es que no sabemos quién está más loco que los demás.

Miro alrededor y veo a varios personajes que parecen salidos de un cuento que nunca había leído. A un lado de la mesa está la Liebre de Marzo, con una enorme copa de té en la mano, y un extraño zorro amarillo que lleva una pajarita. Todos hablan al mismo tiempo, riendo, discutiendo y señalándose unos a otros, pero no parece haber ningún orden en sus palabras.

—¿Qué está pasando aquí? —pregunto, un tanto desbordada por la situación.

El Conejo de Tiempo se detiene frente a mí, sonriendo de nuevo.

—¿Lo ves? Todos tienen algo de locura en ellos. Pero la pregunta es, ¿quién es el que de verdad está loco? —dice con voz enigmática.

—¿Tú? —me atrevo a preguntar.

—¿Yo? —responde el Conejo, mirando su reloj—. No, yo solo estoy aquí para asegurarme de que todos estén en el momento exacto en el que deben estar. Pero claro, ese momento nunca llega, y es por eso que todos en este lugar vivimos en una constante repetición de lo que podría ser.

En ese instante, el Sombrerero Loco se levanta y me señala con su dedo.

—¡Oh, tú eres la clave! ¡Eres la respuesta al enigma! —grita con una risa desbordante—. Tienes que decidir, ¿dejarás que este lugar te consuma o encontrarás el camino hacia tu libertad?

—¿Y cómo lo hago? —pregunto, desbordada por la confusión.

El Sombrerero me mira con intensidad.

—Solo puedes hacerlo enfrentando lo que está dentro de ti. Como todos aquí, necesitas dejar de correr detrás del tiempo. Debes dejar de huir de tus preguntas, y empezar a entenderlas. Esa es la única manera de liberarte. Si sigues corriendo detrás de lo que no puedes controlar, este lugar te atrapará para siempre.

Al escuchar sus palabras, una sensación de peso cae sobre mí. Como si hubiera estado corriendo durante toda mi vida, intentando escapar de algo que nunca entendí, algo que ahora, en este extraño mundo, comienza a hacer sentido. La melodía del viento vuelve a sonar, pero esta vez es más clara, como si me estuviera guiando hacia un destino que no puedo aún ver.

El Conejo de Tiempo y el Sombrerero Loco se miran entre sí, y por un breve momento, parece que todo el caos de este lugar se detiene.

—La elección es tuya —dice el Conejo—. ¿Volverás al mundo que conoces, o seguirás buscando en este lugar la verdad sobre quién eres?

Me detengo un momento, mirando a los personajes que me rodean. Cada uno de ellos es un reflejo de una parte de mí misma, un recordatorio de lo que podría ser si dejo que mis miedos y mis dudas se apoderen de mí. Pero en este lugar extraño, una chispa de comprensión comienza a prenderse.

—No sé si estoy lista para entenderlo todo —respondo—, pero tal vez lo que necesito es dejar de correr.

Y con esas palabras, doy un paso hacia adelante, hacia el misterio que se encuentra más allá de la mesa de té, hacia la puerta que siempre estuvo allí, esperándome.

Al dar ese paso, siento un cambio sutil, como si el aire se volviera más espeso, más pesado. Cada respiración que tomo me parece un poco más profunda, como si todo a mi alrededor estuviera alineado con una frecuencia que no logro captar completamente. Los árboles de cristal siguen brillando, pero su luz es más tenue, como si solo estuvieran observándome desde una distancia en que sus destellos no son tan nítidos como al principio.

El suelo, cubierto de piedras brillantes, resuena de manera extraña, como si cada paso abriera un eco en alguna parte lejana, quizá en otro lugar, en otro tiempo. Las notas del viento no suenan como una melodía, sino como susurros que se entrelazan, creando algo que no puedo entender completamente. Es como si estuviera caminando por una cuerda floja entre dos mundos, dos realidades que no puedo tocar, pero que están a la espera, al borde de mis pensamientos.

A lo lejos, aparece una sombra. Es difusa al principio, pero poco a poco toma forma: la misma figura que vi antes, la que hablaba con una voz que parecía venir de dentro de mí. No sé si es un reflejo de mi mente, o si es alguien —o algo— que existe en este lugar de alguna forma. Su presencia es familiar, pero desconcertante. Está en el umbral de un paisaje que parece cambiar con cada parpadeo. Un bosque que no es un bosque, un río que no es un río. Todo aquí parece tener una existencia fluctuante, como si fuera parte de un sueño que se desvanece a medida que lo intentas recordar.

Me detengo y la figura se acerca lentamente, sin decir una palabra. Es como si todo el entorno estuviera en suspenso, esperando algo. Algo que no está claro. ¿Un cambio? ¿Una decisión? ¿Un momento que debe suceder?

La figura finalmente habla, pero su voz es como una reverberación en el aire, más allá del tiempo y el espacio.

—¿Sigues buscando lo que ya no puedes encontrar? —me pregunta, sin una emoción aparente.

—No sé... —respondo, aunque la respuesta me deja un vacío dentro de mí—. ¿Qué es lo que quiero encontrar?

La figura sonríe, una sonrisa que no parece de este mundo, como si supiera algo que no puedo comprender, pero que de alguna manera debería saber.

—Eso... depende del lado en el que estés —dice, y su mirada se pierde por un instante en el horizonte, como si mirara más allá de lo que mis ojos pueden ver.

Me quedo en silencio, observando el paisaje que parece desvanecerse y reconstruirse con cada parpadeo. La luna púrpura se refleja ahora en un agua que no está allí, y el viento sigue sonando, pero no con la misma cadencia de antes. Es como si estuviera escuchando múltiples melodías a la vez, todas superponiéndose, fusionándose.

Entonces, la figura se da vuelta lentamente, como si estuviera tomando una decisión, o como si simplemente supiera lo que vendrá. Antes de desaparecer en la bruma, dice algo más, pero su voz ya no parece venir de ella, sino de todas partes.

—Estás al borde de un umbral, un umbral que no ves. Cada paso que das puede ser uno en el que atraviesas uno de muchos mundos, mundos que ya has visitado, y mundos que nunca imaginarías que existen. Pero el tiempo, aquí, es solo una ilusión. El camino no es el mismo para todos, porque no todos lo ven de la misma manera.

No hay más palabras, y la figura se desvanece como el eco de una canción que nunca pude entender.

Ahora, todo queda en silencio.

El viento cesa, y por un momento, el mundo parece estancarse en una quietud infinita. No sé si estoy en un sueño, en una realidad, o en algo intermedio. Algo me dice que el lugar en el que me encuentro no tiene sentido si lo intento racionalizar. Quizá nunca debí buscar respuestas, porque tal vez las preguntas son lo que realmente me ha mantenido aquí, a mitad de camino entre los mundos.

Miro a mi alrededor, pero nada parece fijo, ni siquiera yo misma. Tal vez este lugar es mi mente, o tal vez es otro, donde todas las posibilidades existen al mismo tiempo. Y mientras sigo caminando, la sensación de estar atrapada entre mundos paralelos se intensifica.

¿Es este mi camino, o el camino de alguien más? ¿Estoy en el mismo lugar, o estoy caminando por realidades que se cruzan y se desplazan sin que yo pueda alcanzarlas?

La respuesta parece flotar en el aire, un misterio que nunca se resolverá, pero que, sin embargo, me invita a seguir adelante, hacia lo desconocido.

Y entonces, solo queda una pregunta: ¿Realmente quiero encontrar una salida de aquí, o he estado buscando una puerta que siempre estuvo frente a mí?

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