La carga más pesada (2024) de Michel Hazanavicius es un poema antibélico cargado de esperanza y humanidad en la belleza de sus dibujos y su música. No es fácil conseguir lo que consiguió hacer esta película: hacer que el espectador vea algo terrible, pero que entre por los ojos de manera armoniosa.
No se trata únicamente de transmitir que “la guerra es mala”; sino de recordar que todas aquellas crueldades que alguna vez leímos, vimos y escuchamos existieron de verdad. Es un recordatorio de que todo eso fue real, pero de que también lo fue el amor. El amor de un padre que quiere que su hija viva, de una mujer que no es madre, pero que está dispuesta a sacrificar lo poco que tiene con tal de proteger a quien ahora es su bebé, de un leñador que resigna sus amistades y sus creencias arraigadas en pos de defender la vida de quien antes odiaba, de un hombre trastocado por los horrores de la guerra que se solidariza con una familia que no tiene con qué alimentar a su hija. Es una historia llevada a la pantalla de una profunda y conmovedora humanidad en los tiempos más difíciles.
A lo largo de esta película se despliega un abanico de emociones: no hacen falta muchos diálogos para entender la angustia de los personajes en su situación y sentirla también. El choque entre la deslumbrante animación que contrasta con lo que efectivamente está mostrando resulta en un cóctel emocional de lo más interesante. Es preciosa de ver, pero no es precioso lo que se ve: el perro, famélico y huesudo, la apatía y el desgano en los “pasajeros” del tren, el terror en la cara de una madre a que le arrebaten a su bebé.

Sin embargo, después de estar toda la película con el estómago en la boca y los ojos acuosos, la sensación final es de un abrazo colmado de esperanza y de fe. Porque, después de todo, hubo una sociedad resiliente que siguió adelante y que floreció entre el cemento. No es una película para reflexionar sobre la guerra y la miseria; es sobre el amor que brota a raíz de ellas. Al fin y al cabo, somos humanos y empatizamos naturalmente con otros humanos: acogemos a una bebé abandonada en la intemperie, donamos la leche de nuestra cabra para alimentarla, y lloramos sentados en la butaca porque nos sensibilizamos con ellos.
Muchas veces somos el leñador: pensamos que el otro es un rival, un opuesto, y un despiadado, sin corazón. Ni siquiera les damos la oportunidad de conocerlos, de entenderlos. Por eso, esta película nos hace un llamado de atención para ponernos en el zapato del otro y permitirnos pensar diferente: poner la mano en su pecho y sentir que “los despiadados”, al igual que nosotros, también tienen corazón.
Por Juana Bruno




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