Recuerdo esa tarde como si la tuviera tatuada en los huesos.
El viento era frío, la luz del sol apenas tocaba el suelo.
Susie y yo caminábamos juntas, hablando de tonterías, soñando con futuros imposibles.
Ella se adelantó unos pasos, atraída por una voz suave que surgió de la nada.
La vi desaparecer tras un cobertizo oxidado, cerca de la escuela, donde el mundo parecía olvidado.
Algo dentro de mí se removió. Un hilo invisible me tiró hacia adelante.
Corrí.
Corrí hasta quedarme sin aire.
Cuando llegué, vi al monstruo: un hombre extraño, su rostro desconocido, su mirada fría como el hielo.
Susie estaba allí, quieta, casi inmóvil, el miedo era tan palpable que parecía envolverla como una niebla densa.
—¡Déjala! —grité, y no sabía que mi voz podía romperse de esa manera.
El hombre volteó, y en esos segundos, nuestros ojos se encontraron.
Fue como un abismo. Él no estaba mirando a Susie; me estaba mirando a mí.
Su intención no era ella, era yo.
Y eso me salvó.
Y me condenó.
Lo empujé con todas mis fuerzas, lo suficiente para que Susie pudiera escapar.
Ella no miró atrás. No podía. El miedo la había dejado sin fuerzas.
Intenté correr también, pero el desconocido reaccionó demasiado rápido.
Su mano, fuerte como el hierro, se cerró alrededor de mi muñeca.
—No tan rápido —susurró, su aliento un veneno helado.
Susie nunca se detuvo.
Ella, sin saberlo, había recibido el regalo de mi sacrificio.
Yo, Rossi, me convertí en la sombra de su salvación.
El eco que absorbió la oscuridad destinada a ella.
Nadie supo qué pasó realmente.
Dijeron que me había escapado, que quizás me había perdido o que simplemente había sido una rebelde.
Buscaron en los lugares equivocados, como siempre hacen los adultos cuando no quieren enfrentarse a la verdad.
Susie regresó a casa.
Rota, pero viva.
Con cicatrices que nunca se curarían, pero con una segunda oportunidad.
Yo, en cambio, fui borrada.
Mi historia, un susurro en el viento.
Mis últimos momentos no fueron heroicos.
Fueron oscuros, llenos de miedo y desesperación.
La oscuridad me tragó lenta, como un pozo sin fondo, y mi alma quedó atrapada en una eternidad sin respuestas.
Ahora existo en un lugar donde el cielo nunca se oscurece.
Donde el tiempo no pasa.
Solo el eco de lo que pude haber sido.
Mi nombre nunca apareció en los titulares.
Mi rostro nunca estuvo en los recuerdos de nadie.
Pero cuando Susie sueña, a veces, en sus noches de pesadilla, cree ver una silueta en la distancia.
Una chica de cabello desordenado, con una sonrisa triste, caminando hacia el horizonte roto.
Soy yo.
Siempre he sido yo.
Y siempre lo seré.
Bajo este mismo cielo que, alguna vez, compartimos."


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