Aquella mañana desperté destellado por una luz que se colaba intensamente por la persiana apuntando directo a mis ojos. Era mi habitación, todo parecía normal, excepto esa extraña sensación de haber dormido por mucho tiempo, y no estaba loco, la verdad es que al igual que los demás sobrevivientes yo también había sido parte del proyecto Morfeo. Un experimento donde todos fuimos dormidos y supervisados durante un par de meses con el fin de borrar los recuerdos devastadores que nos habían quedado de la última guerra mundial, esto para evitar que tales imágenes mentales pudieran traer repercusiones negativas en nuestro comportamiento, alterando el orden pacífico y controlado dentro de nuestros sectores, los que ahora se conocen como vórtices.
Mientras me aproximaba a la ventana, y entre una confusión de imágenes intermitentes que rondaban mi cabeza, recordé que las personas más ricas y poderosas sobre la tierra habían derrocado toda forma de mandato ajena a ellos, dándose a conocer como Los Nuevos Gobernantes, quienes se hicieron cargo de la gran deportación de sobrevivientes de todo el planeta, conocida públicamente como La Convención Mundial De Huéspedes, a quienes nos agruparon dentro de los 21 vórtices existentes en Los Estados Unidos. Cada uno de estos vórtices alberga a una población diferente pero con creencias y pensamientos similares, eso con el fin de prevenir malos entendidos entre nosotros que pudieran ocasionar guerras innecesarias en el futuro.
Los sobrevivientes habían sido acogidos por una nueva generación donde no existía la pobreza, ya que allí dentro de los vórtices todos eran ricos pues los benevolentes y bondadosos nuevos gobernantes suministraban el nuevo dinero digital llamado “Réplicas” en una cuenta personal pero visible que se portaba en la frente de cada huésped. Este dinero era aportado a cada persona cada fin de semana, era como una fuente inagotable con la que se podía comprar cualquier cosa, excepto salir de nuestro propio vórtice.
Desde mi ventana en el vórtice 17 podía ver las extravagancias y excentricidades de mis vecinos, las cuales no solo consistían en autos de lujo, oro y derroche, sino hermosas figuras de mujeres traídas el sector 13, que más que mujeres reales eran unos artefactos vistosos y sensuales que aunque estaban finamente esculpidos carecían de alma.
Entre mi alterada consciencia se pasaban ligeras y borrosas interpretaciones a las que podía relacionar con recuerdos de mi pasado, pero esto no solo me ocurría a mí, sino a un pequeño grupo de habitantes ilegales que tuvieron que esconderse del sistema debido a que sus memorias no pudieron ser borradas, entonces se establecieron bajo el suelo americano conformando colonias de rebeldes que de vez en cuando solían aparecer en los vórtices para recolectar algo de alimento.
Aquel día que desperté no solo estaba confundido por tener tanta información sobre un mundo que no conocía, sino que mi trastorno más grande era no entender si ahora estaba viviendo un sueño, o si antes había estado soñando con un pasado que nunca existió. Al ver las hermosas figuras de esas mujeres despampanantes, se reflejaba en mi memoria una pequeña remembranza de una chica de la cual extrañamente me sentía enamorado. No era como las de afuera, era una real, tan deseable como ellas, pero que para mí resultaba mucho más intangible.
De momento las enormes pantallas ubicadas sobre los edificios dejaron de transmitir imágenes del nuevo mundo, o la gran Norteamérica, para quedar completamente iluminadas con una luz roja tan fuerte que oscureció el sol que nos alumbraba. En ese momento miré hacia abajo y pude ver a Robert. Por varios minutos no lograba saber quién era, pero de repente llegó a mi cabeza la idea de que era mi mejor amigo de la infancia, y también se me ocurrió que lo estaba esperando.
Robert había venido para que juntos estuviéramos a la espera de la nueva migración, pues ahora recuerdo que unos días antes se nos anunció que un letal virus del vórtice 19 se había fugado y amenazaba con eliminarnos a todos en muy corto periodo de tiempo. Al ver las pantallas encendidas en rojo pude entender que ese día había llegado, y mientras me alejaba de la ventana para bajar a la calle vi un periódico viejo sobre la mesa que posteaba la foto de esa hermosa chica por la que me sentía tan atraído. Era ella, la doctora Alice, una celebridad a la que los nuevos gobernantes le apostaban todo por su investigación sobre la cura para el letal veneno que se movía en el aire.
En el instante en que un estrepitoso sonido invadió el lugar, se esclarecieron aquellos recuerdos que me pertenecían desde antes del proyecto Morfeo. El intenso ruido hizo que me callera por las escaleras, y mientras mi cuerpo daba vueltas en cámara lenta, mi mente recordaba cada cosa ocurrida. No era una salvación, la guerra entre potencias había reducido la población mundial a un grupo tan pequeño que todos los habitantes de la tierra cabíamos en solo 21 sectores o barrios de los Estados Unidos.
El dinero regalado los volvió locos a todos. No existía violencia porque estábamos programados para olvidarla con el propósito de nunca dañar a otros, pero la última raza humana se estaba exterminando sola. Los ataques de depresión eran demasiado intensos y la rabia los invadía de tal manera que al no poderse desfogar esa ira contra nadie optaban por acabarse a sí mismos flagelándose con las únicas armas con las que contaban; sus propios dientes.
El panorama afuera se divisaba devastador, era como estar dentro de las peores partes del apocalipsis. Los súper autos, el oro, los diamantes y todos los lujos abundaban en las calles como si fueran una enorme venta de garage. A pesar de lo exuberante, todo se veía incluso más aterrador que la antigua y extinta miseria.
Confundido como un ebrio que acaba de despertar con resaca, me dejé llevar por la idea de seguir el juego en el que me encontraba, y mientras me aproximaba a Robert, una tropa de pacificadores llegaron para dirigirnos en masa hasta “La Carpa”; una mega construcción donde prometían cuidarnos pues allí nos resguardarían a todos, bueno, no a todos, porque yo no fui escogido, contrario a eso, uno de los agentes vestidos de blanco sacó un arma extraña y la puso sobre mi frente. Después de unos segundos el hombre disparó un golpe eléctrico tan poderoso que de inmediato mezcló la inmensa oscuridad de la muerte con el leve soplido de los gritos de otros que tampoco fueron elegidos. Mientras esos sonidos se iban convirtiendo en eco, una intensa luz poco a poco fue dibujando ante mí el hermoso rostro de la doctora Alice.
Había despertado, quizás más confundido que antes. Todo a mi alrededor lucía diferente, solo escuchaba el leve y dulce susurro de la hermosa mujer mientras me alumbraba los ojos con una pequeña linterna. Entre sonidos dispersos pude comprender que estaba dentro de un hospital, uno cualquiera. Me levanté con cuidado y me dirigí hacia la ventana ayudado por la doctora Alice que sujetaba con delicadeza mi brazo. Afuera todo se veía casi normal, habían personas afanadas, otras muy tranquilas. Habían carros viejos, otros muy nuevos. También personas finamente vestidas, otras muy descomplicadas, y por supuesto allí estaba Robert.
Me sentí renovado, mi mente comprendió que todo había sido un sueño, ahora recordaba que me había caído por unas escaleras y por eso estaba en el hospital. No puedo negar que por momentos también me sentía como un loco, pues los recuerdos de mi corta existencia en el vórtice 17 seguían tan reales que no lograba entender lo que me pasaba. Miré de lado contemplando la sensual silueta de Alice quien se alejaba despacio para salir de la habitación, pero al llegar a la puerta se giró y me miró fijamente a los ojos. Unos segundos después dibujo en su rostro una delicada sonrisa y me habló nuevamente.
─La vida es un juego que estás destinado a perder. ¡Bienvenido a La Carpa!.


¡Comparte lo que piensas!
Sé la primera persona en comenzar una conversación.