
No es ningún secreto: Woody Allen está enamorado de París desde hace décadas. Él mismo ha contado que durante el rodaje de su primer guion para cine, ¿Qué tal, Pussycat? (1965), aprovechaba cada momento libre para perderse en las calles parisinas. Ya en Todos dicen I love you (1996), parte de su encantadora comedia musical transcurría entre Nueva York, Venecia y, claro, París. Sin embargo, durante años, los elevados costos de producción lo disuadieron de filmar una película enteramente ambientada allí.
En los últimos tiempos, Allen encontró en Europa un apoyo entusiasta: productores dispuestos a ofrecerle presupuestos razonables y libertad creativa. Desde Match Point (2005) en adelante, inició una suerte de "gira europea" por ciudades como Londres, Barcelona y, ahora, París, antes de llegar a Roma. Salvo la excepción de Whatever Works (2009) —un regreso efímero a Nueva York con un guion escrito treinta años atrás, en la época de Manhattan—, su cine reciente se dejó seducir por el viejo continente.

Con Medianoche en París (2011), una de las últimas grandes joyas de su filmografía, Allen abandona la estructura coral de películas anteriores y se entrega por completo a una visión profundamente subjetiva de la ciudad. El proyecto, desde su anuncio, generó expectativas y curiosidad: ¿cómo retrataría Woody el París de sus sueños? ¿Qué papel cumpliría la entonces Primera Dama, Carla Bruni, en una aparición casi anecdótica? ¿Por qué la primera promoción parecía tan frívola, casi un cliché turístico?
Los primeros minutos del film —una sucesión de postales parisinas sobre una melodía nostálgica de Sidney Bechet— parecen confirmar esos temores. Sin embargo, como ocurre a menudo en el cine de Allen, detrás de la aparente liviandad se esconde una reflexión más profunda.

En el París de Medianoche en París, los atardeceres bañan los jardines y las orillas del Sena en tonos ocre; los monumentos, los cafés y los cines se funden en una atmósfera de ensueño. Los campos de Giverny —inmortalizados por los impresionistas— quedan, como nos recuerda el protagonista, "a solo media hora del centro".
Gil (Owen Wilson) e Inez (Rachel McAdams) son una joven pareja estadounidense que visita París mientras acompañan a los padres de ella en un viaje de negocios. Alojados en el lujoso Hôtel Bristol, sus días transcurren entre compras, visitas guiadas y cenas sociales, siguiendo el camino previsible de una vida futura en Malibu. Gil, un exitoso guionista de Hollywood, sueña en cambio con convertirse en novelista y escapar del vacío existencial que siente.

En sus salidas, deben soportar a Paul (Michael Sheen), un amigo pedante que despliega su cultura como un escudo de superioridad. Frente a Paul e Inez, fascinados por el mundo material y la apariencia, Gil parece cada vez más un extraño. La incomodidad crece, sobre todo cuando se cruzan con discusiones políticas: los padres de Inez, fervientes defensores del Tea Party, consideran a Gil poco menos que un "comunista" en potencia.
La gran brecha ideológica y emocional se materializa no solo en sus conversaciones, sino también en su forma de vivir París. Para Gil, la ciudad representa un anhelo: otro tiempo, otra sensibilidad, otra vida. Y es entonces, caminando solo por callejuelas húmedas y adoquinadas cerca de la medianoche, cuando París le revela su verdadero rostro. Como en un hechizo, un viejo automóvil se detiene junto a él, y Gil es invitado a viajar, literalmente, al pasado: a la efervescente bohemia de los años 20, donde conocerá a figuras como Hemingway, Picasso, Dalí y Zelda Fitzgerald.

Woody Allen construye así una fábula moderna sobre la nostalgia, el deseo de escapar de la propia época y la dificultad de aceptar la imperfección de lo real. Con humor, ternura y un dejo de melancolía, Medianoche en París celebra el poder de la imaginación y el arte, pero también nos recuerda que ningún tiempo pasado fue tan perfecto como nos gusta creer.
La magia siempre ha sabido darle un giro a las intrigas de Woody Allen: ha servido para potenciar el humor, reforzar el tono onírico de sus relatos y subrayar su reflexión constante sobre la necesidad de escapar de un presente mediocre o sobre el miedo a la muerte. Ahí están los recuerdos convocados a voluntad por el protagonista de Annie Hall (1977), los fantasmas de La comedia sexual de una noche de verano (1982) y de Scoop (2006), Alice flotando sobre Nueva York en Alice (1991) o los hipnotismos de El hechizo del escorpión de jade (2001).

Medianoche en París prolonga esta veta fantástica, pero con una diferencia crucial: aquí, el hechizo —en ambos sentidos de la palabra— emana de toda una ciudad. La idea de mostrar a París como una ciudad mágica, capaz de abrir fisuras en el tiempo, podría sonar ingenua en el papel. Sin embargo, Allen demuestra rápidamente la fuerza narrativa que esa premisa encierra. Una noche cualquiera, deambulando a solas por callecitas desiertas a la medianoche, Gil ve aparecer un antiguo Peugeot, de esos que ya parecen pertenecer a un museo. Invitado a subir, sin entender bien lo que sucede, el protagonista descubre que ha sido transportado a los años veinte. Y no es una recreación turística ni una fiesta de disfraces: en ese mundo, conoce realmente a Scott y Zelda Fitzgerald (encarnados con gracia por Tom Hiddleston y Alison Pill). En un bar, se cruza nada menos que con Ernest Hemingway (Corey Stoll), quien lo introduce en el círculo literario de Gertrude Stein (Kathy Bates).

Es en el salón de Stein donde Gil conoce a Adriana (Marion Cotillard), musa irresistible de pintores como Picasso y Modigliani, cuyo magnetismo eclipsa aún más la figura superficial de su prometida. Este pasado no es solo un refugio: es también un espacio de inspiración, de descubrimiento y de deseo. Allí, Gil no solo recibe consejos para su novela, sino que también se convierte en una suerte de guía involuntario para artistas que apenas están dando sus primeros pasos. En un pasaje hilarante, sugiere, sin querer, el argumento de El ángel exterminador a un joven Luis Buñuel, quien no entiende del todo la lógica de su propia futura obra maestra.
Para Gil, el París de los años veinte se convierte en el verdadero "Edad de Oro". Pero Allen, con su habitual ironía, no se detiene ahí: el film explora cómo esa nostalgia tampoco tiene fin. Cuando Gil y Adriana fantasean con quedarse a vivir en aquella época, descubren a su vez que muchos habitantes de los años veinte sueñan con una época aún anterior: la Belle Époque. Así, Gil y Adriana terminan en un Maxim's de leyenda, rodeados de figuras como Lautrec y Gauguin, en un París que parece aún más vibrante y mítico que el suyo.

La película, entonces, se revela como una meditación melancólica sobre la idealización del pasado. Cada generación tiende a ver su propio presente como insatisfactorio y a mirar con anhelo hacia una supuesta época dorada que, probablemente, tampoco fue tan perfecta. Allen plantea que ese impulso de nostalgia es inherente a la condición humana: ni París, ni los años veinte, ni la Belle Époque pueden colmar la insatisfacción de fondo que atraviesa a sus personajes.
En este sentido, Medianoche en París se inscribe en el mismo registro temático de Conocerás al hombre de tus sueños (2010), donde también se exploraba —aunque con un tono más ácido— la búsqueda de la felicidad y el sentido ante la certeza de la muerte. Aquí, Allen elige una aproximación más liviana, más luminosa, aunque no por ello menos triste en su núcleo.

Es cierto que la película, vista en perspectiva, no alcanza la perfección de sus grandes obras: algunas situaciones se repiten, ciertos diálogos resultan menos afilados que en otros tiempos, y la moraleja se torna, por momentos, demasiado explícita. Sin embargo, eso no impide que uno salga del cine con una sonrisa melancólica en los labios. La carta de amor a París —ese "centro del mundo" que parece contener en sus plazas y cafés todo un universo de belleza perdida— es de una ternura contagiosa. Woody Allen se regala, y nos regala, un paréntesis de felicidad bajo la lluvia parisina. Como él mismo sabe, esa felicidad será efímera. Pero mientras dure, vale la pena dejarse llevar.




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