De la creatividad infinita a la mediocridad absoluta | A minecraft movie | Migue Calabria | Sentido Critico 

Lo que alguna vez fue un sandbox sin límites, un terreno fértil para que la imaginación floreciera en cubos y pixeles, se transforma ahora en una película que parece construida con piezas prestadas y sin instrucciones claras.

Minecraft: La Película, dirigida por Jared Hess, aterriza en la cartelera como un experimento cinematográfico que, lejos de capturar el espíritu lúdico y expansivo del videojuego original, se siente como un producto hecho en serie, sin alma ni rumbo definido.

Desde sus primeros minutos, la propuesta se instala en la comodidad de una fórmula narrativa ya desgastada: el viaje del héroe sin vueltas, sin riesgos, sin corazón. En lugar de apostar por una historia con matices o personajes con conflictos reales, el guion opta por un camino seguro y funcional, más preocupado por acumular referencias al juego que por construir una experiencia cinematográfica memorable.

El resultado es una cinta que parece no tener idea de a quién se dirige: demasiado básica para los fans veteranos, demasiado confusa para quienes no están familiarizados con el universo Minecraft, y demasiado genérica incluso para quienes se conforman con un entretenimiento liviano. En lo visual, el film tropieza en su intento de emular la estética cúbica tan icónica del juego: si bien hay algunos escenarios que logran cierta gracia o creatividad, el CGI general deja bastante que desear. Se nota la prisa en la postproducción, los actores parecen flotar entre capas de render poco pulido y hay una evidente falta de cohesión entre el entorno digital y el mundo real. Todo eso empasta la inmersión, y lo que debería ser una experiencia visualmente encantadora se convierte en un desfile de efectos reciclados y texturas inacabadas.

Lo más rescatable, casi lo único, es la química descontracturada entre Jason Momoa y Jack Black: uno con su impronta de héroe despreocupado que parece no tomarse nada muy en serio (ni siquiera la película), y el otro con su clásico histrionismo caricaturesco, que por momentos saca alguna sonrisa genuina. El resto del elenco se pierde en el fondo, sin aportar nada distintivo. Hay humor, claro, pero no es precisamente brillante: algunas escenas logran funcionar, sobre todo las que se apoyan en la improvisación y el timing cómico de Black, pero muchas otras caen en el terreno del chiste fácil, con guiños forzados y gags pensados exclusivamente para chicos muy chicos. Incluso los números musicales —sí, hay canciones porque parece que toda película infantil las necesita— se sienten metidos con calzador, como si hubieran sido insertados en la edición final para cumplir con alguna checklist de productor.

A lo largo del metraje, la sensación es siempre la misma: esta película quiere ser muchas cosas a la vez y termina no siendo ninguna. Hess, que supo destacarse con su humor absurdo y personajes excéntricos, parece aquí limitado por las reglas del blockbuster familiar, y no logra imprimirle al proyecto ni su sello autoral ni una identidad clara. El espíritu de Minecraft, con su propuesta de libertad absoluta, de exploración constante y creación sin barreras, queda reducido a un decorado simpático pero hueco, sin el alma que lo convirtió en uno de los fenómenos más importantes de las últimas dos décadas.

Lo que podría haber sido una oportunidad única para reinventar el cine basado en videojuegos termina siendo una aventura olvidable, construida con bloques apurados, sin cohesión, sin chispa, una adaptación que confunde homenaje con imitación, y que en su intento de abarcarlo todo, pierde de vista lo más importante: el corazón de su propio universo.

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